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El desafío iraní

Foto: Reuters

Félix Arellano


Irán constituye un tema complejo y desafiante en la agenda internacional; una amenaza para la paz y seguridad, tanto por su programa nuclear, caracterizado por una marcada opacidad, como por la política expansiva de su fundamentalismo religioso chiita y la añoranza del viejo y glorioso imperio persa; estrategia expansiva que se apoya fundamentalmente en las milicias paramilitares.

En el espectro de amenazas destaca su posición beligerante en el Medio Oriente, frente a todos los vecinos sunitas (la gran mayoría de países árabe) y, en particular con Israel. Por otra parte, una creciente amenaza contra los valores occidentales y, en especial, contra Estados Unidos. Actualmente también empiezan a encenderse las alarmas en la región, por su activa presencia política en países como Cuba y Venezuela.

Sobre el caso específico de Venezuela, recientemente Monseñor Mario Moronta ha alertado muy claramente sobre el proceso de islamización de nuestro país y, en su escrito ha resaltado: “Lejos de lo que muchos piensan, a los iraníes no les interesa tanto como a otras naciones los recursos venezolanos (ciertamente que sí hay un interés en ellos)… lo que les animó a ‘penetrar’ Venezuela lo están consiguiendo: fijar una base estratégica de carácter geopolítico,… Venezuela se convierte ahora de una manera clara y ‘pacífica’ en un partner de Irán, permitiéndole que ponga sus bases de operaciones en nuestro país… No es cuestión de recibir petróleo, o de compartir el uranio… no seamos ingenuos. Su presencia tenía y tiene un objetivo de tipo geopolítico: lograr un espacio de penetración en un lugar privilegiado de América Latina”.

Dos elementos son claves en la agresiva estrategia internacional de Irán. Por una parte, el fundamentalismo religioso, sustrato para la conformación de la red de grupos paramilitares defensores del chiismo, por otra, el rechazo a los valores occidentales: las libertades, la democracia y la defensa de los derechos humanos, que tiene como epicentro a los Estados Unidos, pero también el histórico rechazo al Estado de Israel.

La tensa relación con los Estados Unidos, que podría ser calificada como expresión de una “guerra fría”, inicia desde que la revolución islámica, encabezada por el ayatolá Ruhollah Musavi Jomenei, asume el poder en 1979, con la salida del Shah Mohammad Reza Pahlevi. Desde ese momento se registra una larga lista de desencuentros y hostilidades, entre las que destacan: la toma de la Embajada de los Estados Unidos en Teherán y el mantenimiento de varios diplomáticos como rehenes desde 1979 a 1981. Luego, el apoyo que Estados Unidos brindó a Irak en la guerra contra Irán, que se extendió desde 1980 hasta 1988. En los últimos años han sido varios los ataques de milicias chiitas contra intereses norteamericanos.

En el plano doméstico, con la revolución islámica se ha incrementado el autoritarismo, reduciendo sensiblemente los espacios de libertad. Si bien aún existen elecciones, y un grupo reformista intenta mantenerse en la vida política con una fuerte represión, toda candidatura debe ser aprobada previamente por el actual líder supremo el ayatolá Ali Hoseini Jameni y su Consejo de Guardianes.

En este contexto, la Guardia Revolucionaria, una rama de las Fuerzas Armadas creada por la revolución islámica en 1979, que se calcula en más de 125 mil efectivos para acciones de tierra, mar y aire, y que se complementa con un grupo paramilitar (Basij), que se calcula en unos 90 mil miembros, ejerce un papel decisivo en el control y mantenimiento de la hegemonía en el orden interno.

Para acciones especiales a nivel internacional, se ha conformado un grupo de elite denominado Al-Quds, cuyo máximo líder, el General Qasem Soleimani fue asesinado en una operación especial de los Estados Unidos el pasado 03 de enero del presente año. En materia de equipamiento se calcula que la Guardia Revolucionaria cuenta con misiles balísticos de medio y corto alcance, que han sido utilizados, entre otros, en la crisis de Yemen.

En la estrategia de expansión internacional de la revolución chiita un recurso fundamental lo constituye la red de grupos paramilitares que se ha extendido por varios países. Uno emblemático es el Hezbolá, establecido en el Líbano, que se estima cuenta con una fuerza de más de 25 mil miembros y uno de sus objetivos fundamentales es el enfrentamiento con Israel.

Pero existen otros grupos paramilitares promovidos por la revolución fundamentalista chiita, tal es el caso de la milicia Huthi en Yemen; el apoyo al grupo Hamás en Palestina; los Talibanes en Pakistán y Afganistán; la yihad islámica en Egipto. En el caso de Irak se estima que Irán apoya varios grupos, tales como: Asaib Ahí al-Haq, Kateb Hezbolá, Organización Badr y las Fuerzas de Movilización Popular. Por otra parte, conviene destacar el apoyo que ha brindado Irán a la dictadura de Bachir el Asad en la guerra civil en Siria

Durante la administración del presidente Barack Obama las tensiones con Irán se reducen, toda vez que su administración optó por una estrategia de contención, en particular del programa nuclear iraní. Estrategia que contó con el apoyo de la Unión Europea, China y Rusia, lo que llevó a la firma del acuerdo nuclear 6+1 (14/07/2015), con una activa participación de la Organización de Energía Atómica de las Naciones Unidas. Los críticos del acuerdo, que son muchos, consideran que no logró contener los avances del programa nuclear y, muchos menos, la política expansiva apoyada en milicias paramilitares.

Con la llegada de Donald Trump al poder el conflicto se incrementa, en parte, debido a la decisión del presidente de retirarse del acuerdo nuclear 6+1, adoptada en mayo del 2018, dando paso a una estrategia de máxima presión contra Irán, que incluye la aplicación de sanciones económicas, lo que ha incrementado la llamada guerra fría. Ya finalizando la administración Trump, podríamos afirmar que la estrategia de máxima presión tampoco generó resultados efectivos; por el contrario, ha estimulado una reacción más agresiva del gobierno teocrático de Irán, tanto en lo que respecta al programa nuclear, como a su actuación internacional.

Ahora bien, un elemento interesante en la estrategia del presidente Trump ha sido el esfuerzo de coordinación con varios gobiernos árabes sunitas, para mejorar las relaciones con Israel, incluso llegar a su reconocimiento oficial, como ha sido el caso de los Emiratos Árabes Unidos y Bahréin, lo que permite conformar un muro de contención frente a la expansión iraní.

Ante la estrategia de máxima presión del presidente Trump, la revolución islámica ha fortalecido sus relaciones con los gobiernos críticos de los Estados Unidos. En este contexto, destaca la conformación de una asociación estratégica con China, el incremento de las relaciones comerciales con Rusia. También avanza en las relaciones con Turquía, no obstante de participar en bandos diferentes en los conflictos de Siria y Libia. En estos momentos un gran aliado en el Medio Oriente es Qatar, por el apoyo que le brindó ante el embargo que aplicó Arabia Saudita en el 2017.

Otra ficha que ha incorporado Irán en su enfrentamiento geopolítico con los Estados Unidos, tiene que ver con el fortalecimiento de su presencia política en nuestra región, utilizando como cabeza de playa a los gobiernos de Cuba y Venezuela. Al respecto, para fortalecer las relaciones políticas con los gobiernos radicales de la región, el canciller de Irán, Mohamad Yavad Zarif, viajó a la toma de posesión del presidente Luis Arce en Bolivia y luego realizó una gira oficial por Venezuela y Cuba.

Conviene destacar que Irán mantiene unas relaciones complejas con América Latina; al respecto, con los países que mantiene importantes relaciones comerciales, como son los casos de Brasil, Argentina y Uruguay, presenta diferencias políticas y, por el contrario, con sus estrechos aliados políticos las relaciones económicas son débiles.

Para la nueva administración de Joe Biden, que asume el gobierno de los Estados Unidos el próximo año, el caso iraní representa un gran desafío, entre otros, por las complejas implicaciones geopolíticas y económicas en el Medio Oriente, pero, además las diferentes estrategias utilizadas por cada uno de los partidos, tanto republicano como demócrata, no han resultados tan efectivas, en consecuencia, se requiere creatividad y mayor coordinación con los países aliados para definir la estrategia que permite establecer controles, tanto al programa nuclear, como al expansionismo fundamentalista iraní.

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