Opinión y análisis

El valor del dinero: La parábola del colector y el bombero

Extraído de: El Nacional

Hasler Iglesias

Por la Avenida Andrés Bello de Caracas circula un autobús, aunque quienes lo abordan lo llaman camionetica. Son tiempos de pandemia y estrechez económica, pero esto no evita que todos los asientos estén ocupados y varios pasajeros vayan de pie, sin indicios del tan nombrado distanciamiento social. Al llegar a una esquina se encuentran con una estación de servicio. “Petróleos de Venezuela” se lee en el aviso, aunque la gasolina que surtan en ese preciso instante venga de Irán. Agitando en el aire un fajo de billetes que a duras penas logra sostener en su mano, el colector del autobús le grita al bombero: “¡Cámbiame estos bolívares por unos dólares!”. La respuesta negativa del bombero no se hizo esperar y el colector, indignado, le respondió: “¡Pero si estos valen más!”.

Este curioso hecho puede generar diversidad de reacciones. La realidad es que los billetes que el colector sostenía (De Bs. 50.000, 20.000 y 10.000) han escaseado desde hace mucho tiempo y su única utilidad es la de pagar el transporte público superficial, aunque algunos tímidos billetes de un dólar comienzan a hacerse cada vez más frecuentes. El colector diariamente recibe billetes de dólar y da el vuelto en bolívares, en efectivo, a 30% menos de su valor. El bombero, por su lado, cobra a 0,50 dólares el litro de gasolina (Harían falta 18 de los billetes de más alta denominación que le ofrecía el colector para pagar un litro de gasolina). 

Si el bombero no utiliza transporte público difícilmente podría necesitar los bolívares que le ofrecía el colector. He ahí la disparidad de preferencias: en el mundo del colector, los bolívares en efectivo valen oro; en el mundo del bombero, no valen nada. 

El valor del dinero no es más que una percepción. Se lo atribuye cada persona de acuerdo a la utilidad que percibe de él. Para un caraqueño los pesos colombianos no tienen demasiado valor, pero para un tachirense son la moneda de curso corriente. Nadie estaría dispuesto a recibir reales en Maracaibo, pero en el sur de Bolívar los prefieren antes que otra cosa. La hiperinflación sepulta el valor de la moneda y lleva a las personas a buscar depósitos de valor que sí cuenten con su confianza. No es más que el concepto que los economistas usan recurrentemente: “cobertura”, refiriéndose a resguardar el valor del dinero en activos -o divisas- que no se devalúen tan rápido como el bolívar. 

Venezuela ha llegado a extremos inimaginables hace una década. Hace pocos días se anunció la ampliación del cono monetario. Ahora tendremos billetes de Bs. 200.000, 500.000 y 1.000.000. Es un nuevo capítulo de una serie que los venezolanos ya conocemos muy bien: Emiten nuevos billetes, aplican reconversión monetaria, anuncian reformas que nunca se concretan, pero no hay cambios en la (in)disciplina fiscal. La inflación sigue subiendo, el tipo de cambio mantiene su alza, y el poder de compra y el valor del bolívar caen a nuevos niveles de profundidad. 

La política fiscal y monetaria de Venezuela en el siglo XXI se ha convertido en un manual de cosas a evitar por gobiernos sensatos y que aspiren a promover el desarrollo económico de su nación. Cuando los nuevos billetes aparezcan -si es que lo hacen en cantidades suficientes, cosa que no ocurrió con los anteriores billetes “nuevos”, bomberos y colectores quizás compartan billetes, pero me atrevo a augurar que si llega a pasar, no será por mucho, hasta que no se implementen cambios sustanciales en la política económica, y en la dirección política del país. 

Sería ingenuo pensar que esos cambios ocurrirán bajo la actual configuración de poder en el país. El régimen que tuvo los mayores ingresos petroleros de la historia de Venezuela los utilizó para desmontar la institucionalidad democrática, implementar mecanismos de control social y construir una coalición internacional dedicada al saqueo de los pueblos. El talento para alcanzar el desarrollo nacional fue expulsado por la vía de los hechos, y se ha asfixiado a la educación y a la empresa privada, con el afán de controlarlo y dominarlo todo. 

El valor del dinero no se recupera de un plumazo, ni por decreto. Tras él hay todo un entramado de confianza que hace falta para que un país completo acepte usar una moneda como medio de intercambio y depósito de valor. Pensar que un régimen que ha hecho tanto daño podrá recuperar la confianza de todo un país es un despropósito. Para que todos, caraqueños y tachirenses, zulianos y bolivarenses, colectores y bomberos, compartamos una unidad monetaria, es indispensable un cambio político que recupere la confianza de propios y extraños, y una dirección política capaz de implementar reformas sensatas y con sentido de reconstrucción.

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