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Venezuela 2021: ¿contracción prolongada o incipiente respiro?

Toma de El Nacional

Leonardo Vera

Un reporte ampliamente difundido del banco de inversión Credit Suisse sorprendió hace unos días a los analistas locales al pronosticar un crecimiento del PIB para la economía venezolana de 4%, lo que en perspectiva constituiría el primer año de crecimiento registrado durante el gobierno de Nicolás Maduro (que preside el país desde abril de 2013). Pero un par de semanas más tarde, el Fondo Monetario Internacional, en su nuevo informe de “Perspectivas Económicas Globales” (WEO), ha puesto a Venezuela en un panorama sombrío de recesión prolongada con una contracción económica de 10% para este año.

A decir verdad, para una economía que viene de experimentar una contracción acumulada de casi 75% en los últimos 7 años, con un terrible año 2020 (cuya caída en producción se estima cercana al 25%) crecer al 4, o decrecer al 10 por ciento, no marca una diferencia tan notable, como en efecto lo sería en una economía de crecimiento más estable. Lo que se necesitaría en Venezuela para pasar del escenario negativo al positivo es un impulso mínimo vital.

Credit Suisse fundamenta este pronóstico en dos aspectos a resaltar: (a) el relajamiento de los controles y (b) el uso masivo de otras monedas distintas al bolívar, que se va traduciendo gradualmente en una recuperación del poder de compra.

En efecto, sin la pesada carga que por años impusieron los controles (especialmente a la asignación de divisas y de precios), las unidades productivas en Venezuela, con una enorme capacidad ociosa, podrían eventualmente responder con cierta elasticidad en el corto plazo a las mayores órdenes de compra y otras señales de demanda. Por otro lado, la producción petrolera viene recuperándose gradualmente, aunque sin nuevas y urgentes inversiones la recuperación del sector tiene un techo bajo.

Pero el mayor problema que tiene hoy Venezuela para crecer está justamente por el lado de la demanda interna. La inversión pública está paralizada y el gasto de consumo del gobierno se ha contraído dramáticamente con la caída nominal en los ingresos internos y de origen petrolero. Por el lado privado la poca inversión se circunscribe al sector comercial y en general, el principal problema que las empresas aún manifiestan es la baja demanda. La Encuesta Cualitativa de Coyuntura Industrial de Conindustria para el 4to trimestre del año, revela justamente que el aspecto que más ha impactado en la producción de productos industriales es la baja demanda (seguida de la competencia de productos importados).

El reporte de Credit Suisse pone gran confianza en la masificación de la dolarización y los efectos que tendría sobre el poder adquisitivo, pero ese proceso está mostrando sus límites. La empresa Ecoanalítica ha realizado 3 sondeos en los últimos 13 meses (antes y durante la pandemia), intentando medir la penetración de la dolarización en 10 de las mayores ciudades de Venezuela y los resultados ya no muestran los incrementos significativos de antes (64,3% de las transacciones comerciales en febrero 2020, 65,9% en noviembre 2020, y 67,1 en marzo 2021). Sólo un paso decisivo hacia la dolarización oficial y/o financiera, o un régimen multimoneda, permitiría vislumbrar más avances en este aspecto.

En una coyuntura que no está exenta de cambios, la posibilidad de que la economía venezolana pueda montarse en una senda de expansión depende de ciertos factores críticos de gran, mediano o bajo impacto, con diferentes probabilidades de ocurrencia.

De gran impacto sería la apertura de un proceso de negociación política que con apoyo internacional conlleve una flexibilización de las sanciones y la búsqueda de un mínimo consenso sobre la transición. De gran impacto sería también una decisiva y bien organizada campaña para iniciar el proceso de vacunación en masa de la población contra el covid-19. Pero estos son factores que, aun vislumbrando un alto impacto, quizás tengan hoy, una muy baja probabilidad de ocurrencia.

Otros factores que pueden producir un mediano impacto sobre el ritmo de actividad económica están asociados a: (a) un alza significativa en los precios del petróleo, (b) cambios críticos en la Ley Orgánica de Hidrocarburos, que configuren un conjunto de incentivos para nuevos entrantes e inversiones, (c) ciertos acuerdos parciales con el sector privado que mejoren el marco regulatorio, el clima de inversiones, los derechos de propiedad y las controversias judiciales, (d) un programas masivo de transferencias de activos y una nueva Ley de Inversiones o en las llamadas Zonas Económicas Especiales y (d) la oficialización de la dolarización con alcances al sector financiero. Todas estas opciones parecen ubicarse en un rango de mayor probabilidad de ocurrencia, pero jamás tendrían los impactos que saquen a Venezuela del aislamiento y el conflicto,  y  cubran con una estela de salud a la población.

Desde luego, siempre está la opción de no hacer nada nuevo, de proseguir y avivar el conflicto político y la marcha fatal, infectada de una anemia perniciosa que nos ha llevado a ser la nación más pobre del continente. La gran verdad que se nos revela en esta dramática historia reciente, es que Venezuela y su economía, comenzará a ser otra cuando ese lastre deje de ser una opción.

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