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A ciento cincuenta años de la Comuna de París: Las ciudades comunales

Tomada de La Vanguardia

Tomás Straka

El cielo por asalto

El sesquicentenario de la Comuna de París pasó más o menos desapercibido. La triple circunstancia de la pandemia del COVID, de la debilidad mundial del comunismo en el sentido clásico y, dentro de Venezuela, del gran fardo de nuestros propios problemas y aniversarios del 2021,  hizo que pocos pensaran en aquellos tres meses que, según la famosa frase de Karl Marx, fueron un intento de “asaltar el cielo”.   No obstante, si en alguna parte del mundo la influencia de la Comuna se ha asomado con fuerza ha sido, precisamente, en Venezuela.  La Ley de Ciudades Comunales, en la que la Asamblea Nacional ha avanzado mucho en estos meses, rescata la fraseología y muchas de las ideas producidas durante la Comuna, o desarrolladas a partir de su experiencia por más de un siglo de pensamiento socialista.

Hay que recordar que la Comuna fue para el socialismo del momento, pero sobre todo para Marx, una especie de gran laboratorio en el que parecieron probarse sus teorías sobre la revolución.  No fue fortuito que tomar el cielo por asalto pasara a ser uno de los grandes lemas del comunismo.  Como dijo Marx en su ineludible  La guerra civil en Francia: “la Comuna de París había de servir de modelo a todos los grandes centros industriales de Francia”, hasta que “el antiguo Gobierno centralizado tendría que dejar paso también en provincias al gobierno de los productores por los productores.”  Esto significó que el tipo de organización que se ensayó en París bajo el gobierno de su Consejo Comunal se convirtió en el camino a seguir para la construcción del socialismo o del comunismo.  Es decir, ese proceso que al principio se creyó relativamente rápido, y que habría de llevarnos al “cielo” en la tierra.  

No sabemos qué tan lejos esperan llevar las ciudades comunales su potencialidad revolucionaria, pero en cualquier caso pareciera tener el objetivo de quebrar todo lo que ha sido nuestra forma de organización municipal.   No es poca cosa, como quiera que se trata de la base de nuestra institucionalidad política, con más de cuatrocientos años de tradición, en la que se afincan cosas tan importantes como nuestra idea primigenia de representación.  De hecho, justo con la que se fundó el primer gobierno plenamente autónomo (en realidad independiente) en 1810, se convocaron las primeras elecciones modernas ese año y se reunió el Congreso de 1811.  Y en gran medida se hizo otro tanto para separarnos de Colombia (la convencionalmente conocida como Gran Colombia) en 1830.  Y se hizo una y otra vez en distintas crisis, incluyendo el muy importante Congreso de Municipalidades de 1911 y la descentralización de 1989. 

Para tener una idea del alcance de la ruptura, en el presente artículo vamos a repasar un poco lo que significó para el pensamiento socialista la idea de Comuna, y en la entrega que viene haremos un repaso de nuestra larga tradición municipal.  No insinuamos con esto que el resultado de la Ley de Ciudades Comunales será necesariamente un modelo como el soviético, o que el hecho de que se promulgue significa que su aplicación refleje vivamente su texto.  Pero sí es bueno tener una idea del linaje en el que se inserta mucho de lo que se quiere implementar, y sus diferencias con aquel al que espera sustituir, o con el que se combinará de algún modo. 

El estallido de una revolución

Inicialmente Comuna no significaba otra cosa que municipio, ni los communards de París fueron todos comunistas.  De hecho, la mayor parte era republicana y democrática, tal vez un poco jacobina.  Pero su rápida radicalización hacia la izquierda, sus políticas de controles de la economía y subsidios, la forma en la que se construyó un orden nuevo sobre el que se había venido abajo, la bandera roja que asumió (inicialmente jacobina, pero ya entonces socialista), así como su final martirio, colocó a la Comuna y a sus comuneros casi de inmediato en el panteón de los héroes del socialismo, del comunismo y del anarquismo, que entonces aún estaban más o menos unidos.   Como ha señalado el historiador Horacio Tarcus, “La Comuna  fue fecunda forjadora de imágenes y símbolos”, y siquiera en ese espacio (que no es menor) sigue influyendo hasta hoy.

Veamos brevemente los hechos. Ese “cielo” que los comuneros quisieron asaltar en París, no sólo se hallaba en medio de una situación infernal, sino que terminaría, casi literalmente, en un infierno.  El contexto era el de la Guerra Franco-Prusiana (1870-1871) que estaba resultando en un verdadero desastre para Francia.  En relativamente poco tiempo, el ejército francés pasó de la ofensiva a la defensa, y de allí a la retirada.  Al final todo se saldó en la batalla de Sedán, una derrota de proporciones épicas.  En ella,  básicamente todo el ejército francés desapareció, el emperador Napoleón III fue capturado y, con eso, la monarquía y el Estado se vinieron abajo.  En medio de aquel desastre, un grupo de políticos proclamaron la república en París, en parte con la idea de ofrecer alguna resistencia.  Pero no había caso: tal había sido el desplome que no quedó otra alternativa que solicitar un armisticio.   Francia perdió dos provincias y el rey de Prusia pudo darse el lujo de proclamarse Kaiser de toda Alemania nada menos que en Versalles.  La  humillación fue tan grande que pronto despertaría el revanchismo y se proyectaría en dos guerras más: la Primera Guerra Mundial,  con todo su horror, y la nueva (y acaso peor) humillación de 1940, a la que siguió el trauma de la ocupación nazi.  Si de algo pueden enorgullecerse los franceses y alemanes es de haber encontrado un camino de amistad en la posguerra.

Pero volvamos a inicios de 1871. La Guardia Nacional (la milicia ciudadana de reserva, que se movilizaba en casos de emergencia) acantonada en la ciudad se negó a rendirse.  París venía de sufrir meses de asedio, bombardeo, escasez y creciente caos, pero no había caído (en parte, la verdad, porque a los prusianos no les importó tomarla).  Como suele suceder muchas veces, un grupo de combatientes ven en la rendición una especie de traición, pero con el agregado de que muy pronto esto se combinó con descontentos y tensiones sociales bastante más profundas. Temiendo una rebelión –que en efecto estalló el 18 de marzo de 1871- el gobierno se refugió en Versalles, por lo que la Guardia Nacional asumió el control de la ciudad.  El asalto del cielo había comenzado.  Y con mucha más fuerza que en 1848.  Si a algo se pareció aquello fue a 1792.  En otro texto ineludible de Marx, El dieciocho brumario de Luis Bonaparte, el filósofo y político dijo refiriéndose a 1848 aquella famosa frase de que la historia primero se presenta como tragedia, para después reproducirse como farsa, y señalaba cómo los revolucionarios de 1789 o 1792 se disfrazaron de romanos, para que los de 1848 se disfrazaran (en sus gestos, en sus discursos, en sus banderas) de los de 1792.  Los de 1871 se disfrazaron de ambas cosas, pero aquello terminó siendo algo nuevo.

París se quema: ¡se quema París! 

La Guardia Nacional era dirigida por un Comité Central (primera imagen y símbolo que tomaría después la izquierda), que asumió el gobierno del municipio (la Comuna).  Convocó a elecciones universales –aunque no tanto como para darle el voto a las mujeres-  de las que salieron electos 92 comuneros para formar el nuevo órgano de gobierno, el Consejo Comunal (otra imagen que adquiriría una fuerte carga simbólica).  Se tuvo el gesto de nombrar como presidente al socialista Luis Blanqui, en aquel momento preso.  Eso sólo bastaba para explicar a cualquiera el rumbo que estaban tomando las cosas.  Los siguientes dos meses y medio se hizo lo suficiente para sentar el modelo de las revoluciones socialistas del futuro.  A las medidas antes señaladas de control de los alquileres, condonación de deudas, restricción de horarios de trabajo, establecimiento de una educación popular y laica, siguió el desmontaje de todo el aparato institucional.  Se crearon consejos en cada barrio, se reorganizaron los servicios públicos con los empleados y obreros, se adoptó el calendario de la Revolución Francesa y, tan pronto como la república envió tropas a someter la rebelión, se organizó una defensa armada, que resultó mucho más eficiente que todo lo imaginado.

 Como suele suceder, la guerra civil radicalizó e hizo cada vez más violenta a la Comuna. Inspirados por la memoria -¡oh tragedia y farsa!- del Terror jacobino, los comuneros fusilaron a numerosos contrarrevolucionarios (o sospechosos de tales) y, en el paroxismo, como prueba de qué tan profundo se cambiarían las cosas, decidieron nada menos que incendiar todo el París central (¡el París de Hausmann!).  Demostrando hasta dónde pueden llegar las pasiones y la rabia, embadurnaron de brea a numerosos edificios y les prendieron fuego. No sabemos si la canción infantil venezolana de “París se quema, se quema París” viene de entonces, pero bien pudiera servir como el himno de aquel momento.  Aún se tratan de cuantificar las enormes pérdidas del patrimonio artístico de aquellos días.  

Para mayo finalmente el ejército logró someter a los comuneros.  La venganza fue de varios miles de fusilados (se calculan unos 30 mil muertos) y al menos 40 mil presos y deportados a las colonias.  Marx, y con él todos sus seguidores, habrán visto en aquello un camino al cielo que imaginaron del socialismo, pero para muchos otros fue sólo la confirmación de los horrores que podría acarrear la revolución.  En particular una más radical que la jacobina: la socialista. Fue un camino muy largo para que el socialismo lograra decantar entre quienes siguieron glorificando la violencia al estilo del incendio de París (que los ha habido, y muchos), con los que finalmente optaron por la ruta democrática.  A esto hay que sumar lo ocurrido en Rusia cuarenta y seis años después. Cuando volvió a plantearse la reorganización del poder sobre la base de consejos (recuérdese, de nuevo, soviets: la URSS podría traducirse como Unión de Repúblicas Socialistas de los Consejos).  Ni el Estado desapareció, ni se llegó a un reino de igualdad, prosperidad y libertad.  El resultado fue  justo lo contrario. 

Siglo y medio después pareciera que tanto el sueño de tomar el cielo por asalto, como sobre todo el modelo de la Comuna, están desechados.  El comunismo suena más a la quema de París, bien por la destrucción inmediata, como por la que ocurre poco a poco por los resultados de su administración, y ni los países que siguen declarándose comunistas (entre ellos, y eso no se debe dejar pasar, a la segunda economía del mundo, China) parecen muy interesados en conmemorar a la Comuna, entonando la Internacional y con una Marianne blandiendo la bandera roja.  Pero por donde menos, rebrota la tradición.  En Venezuela se habla de consejos comunales, de estructuras plenamente descentralizadas, de revolución. El tiempo dirá qué tan lejos podrán llegar, pero, en cualquier caso, es útil tener estas referencias a la hora de analizar a las ciudades comunales.  

En la próxima entrega veremos qué ha sido históricamente lo que esta ley espera sustituir.

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