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Con la fuerza inconmensurable de nuestra palabra, podemos hacer nuestra contribución a Venezuela

Tomada de Tal Cual

Andrés Caleca

El 21 de agosto del presente año, un grupo de amigos -ciudadanos, sin más- procedentes de distintas partes del país, nos reunimos en Caracas para compartir nuestras preocupaciones, angustias y esperanzas sobre el momento actual venezolano y conversar en torno a cuál debería ser nuestra contribución en la búsqueda de una salida al terrible laberinto en el cual está inmersa nuestra nación.

Para abrir la reunión, pronuncié unas palabras y quiero compartir con ustedes por este medio una selección de lo que allí dije con profunda convicción:

…Una alianza antinatura  ha confiscado el poder para desgracia de Venezuela: una alianza entre los rezagos de la izquierda estalinista… con el militarismo secular incubado en el tejido nacional desde el inicio mismo de la República. Ese militarismo que nace con los fueros especiales concebidos para reconocer a quienes lucharon por nuestra independencia, a los prohombres del Ejército Libertador… que se reparten tierras, negocios y gobierno de aquel descampado sangriento que luego convirtieron en república independiente de Colombia. Ese Ejército Libertador desaparece como tal por efecto del tiempo y por su dispersión en pequeñas tropas particulares de cada caudillo; pero no desaparecen los fueros, una especie de derecho de pernada de los hombres de armas sobre la Patria. Gómez crea la institución militar “moderna”, que derrota a los caudillos y se consolida hasta hoy, pero la crea a su imagen y semejanza: un cuerpo pretoriano para defender al dictador y sus intereses, donde la soberanía, el patriotismo, la defensa del país, de su patrimonio y de sus gentes, es una retórica irreal que esconde intereses de poder militarista que perviven hasta hoy. Por supuesto que ha habido, y hay todavía, militares institucionales con una hoja de vida impecable, algunos languideciendo en las cárceles de la tiranía, pero el dominio del militarismo ha sido evidente; hoy más que nunca, convertido… en guardaespaldas de la caterva de Miraflores.

Y… el tercer componente de la coalición de poder, es esa especie de lumpen posmoderno que son las bandas criminales, pranes de las cárceles, narcotraficantes, garimpeiros y grupos guerrilleros colombianos, entre otros, cuyo poder territorial se extiende a los largo de todas nuestras fronteras, las que hoy, por cierto, son más porosas que nunca en la historia y cuya acción alcanza regiones enteras como  Guayana, o bolsones impenetrables como zonas de los estados centrales y hasta en las grandes ciudades.

…En la esencia del desastre, está la perversa operación de destrucción de nuestro experimento democrático; esa democracia centralizada de partidos, esa república civil que intentó construirse por primera vez en nuestra historia a mediados del siglo pasado; entre trancas y barrancas, es cierto, como todos los procesos humanos, pero que deparó la época de mayor prosperidad de nuestra historia, esa es la verdad. Hoy, esa institucionalidad incipiente, ha desaparecido: los partidos políticos que le servían de soporte, en una debacle indetenible; los poderes públicos convertidos en mamotretos inservibles: un ejecutivo que no tiene control de la Hacienda Pública, ni del territorio, ni de la soberanía nacional, con un país invadido por fuerzas extranjeras como nunca antes desde el nacimiento de la república, sometido a los designios y los intereses de las grandes potencias; un parlamento que ni legisla, ni controla y ni siquiera parlamenta; un poder judicial de los peores de la historia… unos poderes regionales y municipales quebrados, …como lo saben sobre todo quienes viven en el interior del país. El reino de la arbitrariedad, de la indefensión del ciudadano y de los bienes de la república, en medio de una corrupción generalizada como no habíamos visto nunca, que hace palidecer a todos los nefastos personajes de nuestra historia, donde un Pérez Jiménez, un Guzmán Blanco, un Gómez, parecen niños de pecho al lado de esta gente.

Sobre esa base, y no podía ser de otra manera, el desastre: la nación arruinada. La infraestructura física literalmente destruida: carreteras, autopistas, vías de penetración rural tragadas por la maleza; puertos, aeropuertos, avenidas y calles de los centros poblados, todo, en el peor estado que jamás hayamos conocido, retrotraen el nivel del transporte 100 años atrás, a la Venezuela incomunicada de inicios del siglo pasado. La electrificación del país y el sistema de servido de las aguas, en estado gomecista. El sistema de salud en colapso total; no solo la seguridad social, la cual es cierto que nunca logró consolidarse, o la red de grandes hospitales, sino la virtual desaparición de todo el sistema de dispensarios y centros de atención primaria, hasta los CDI y los módulos de Barrio Adentro que ellos mismos crearon, incluyendo toda la red privada; hoy son miles los que mueren de mengua en sus casas o a las puertas de los hospitales.

La economía, en una contracción propia de una guerra devastadora, pero sin que aquí se haya producido ni una batalla. La industria, la agricultura, el comercio, la banca, los medios de pago y la moneda, el salario, las pensiones; todo destruido, aún y sobre todo, las empresas que ellos expropiaron o las que ya tenía el Estado venezolano, incluyendo PDVSA. Y por si fuera poco, como telón de fondo de toda esta tragedia, el ecocidio de los sistemas más frágiles de Guayana; un ecocidio que tardará no menos de un siglo en recuperarse.

La educación y el deporte, soportes esenciales del futuro próspero y digno de cada individuo, de cada familia y de la sociedad, abandonados en todos sus niveles, una verdadera catástrofe imposible de soslayar por sus implicaciones en el mediano y el largo plazo. Amén del rezago científico y tecnológico que no tardará en ubicarnos en el subsuelo de las tablas que miden el desarrollo de los países del mundo.

Este cuadro desolador, por supuesto que tiene un efecto terrible sobre el hombre y la sociedad. Millones de nuestros compatriotas están devastados, postrados por el hambre, el desempleo, la pobreza, la insalubridad. Por primera vez en 100 años, tres generaciones de venezolanos, sucesivas, viven en peores condiciones que la generación precedente. Sin futuro, los más jóvenes abandonan la patria en el mayor éxodo de nuestra historia; los otros, en la indefensión, la desesperanza, la anomia.

Ahora bien, queridos amigos, ante esta crisis general, ante este panorama desolador, nosotros no podemos ser indiferentes ¡no! Nosotros queremos insurgir, rebelarnos, pelear, luchar, como todos los que estamos aquí hemos hecho toda la vida. Contribuir en lo que podamos y cómo podamos, donde seamos más útiles y efectivos, en la enorme tarea, en el gigantesco esfuerzo de impedir que el totalitarismo se entronice definitivamente, o que el país estalle en mil pedazos.

…no podemos ser solo espectadores de este drama y su desarrollo, esperando en la inercia que algo pase. Podemos y debemos ser actores, porque tenemos experiencia, tenemos entusiasmo, intuimos sendas que podemos abrir y transitar, [junto] a todos los venezolanos que entiendan con nosotros que la derrota del autoritarismo es indispensable para garantizar el futuro de la nación, y que la democracia, el retorno al camino de la democracia, pero no de la democracia imperfecta que intentó construirse y cuyas limitaciones e imperfecciones los que estamos aquí denunciamos y combatimos en su momento, sino una democracia plena, moderna, es la única posibilidad de enderezar los entuertos y recuperar el futuro.

…La libertad creadora del ciudadano, la libertad societaria, política, de conciencia. La libertad económica. La igualdad de todos los hombres ante la ley, el imperio del Estado de derecho. La posibilidad de elegir y cambiar el gobierno del Estado; la independencia de poderes y el coto a los límites de todo poder. La política como instrumento de consenso, pero también de la canalización útil del disenso. La voluntad de la mayoría, pero también el respeto absoluto de la minoría, del distinto, del diverso. Una democracia que se sustente, principalmente, en la reverencia absoluta ante de la dignidad del hombre.

Hay mucho qué hacer. Lo primero, y quizás lo más importante en esta tarea autoimpuesta de desarrollar ciudadanía, es la tarea de hacer pedagogía de la democracia. Adelantar todo un programa de trabajo de difusión del ideal democrático, de su contenido, de sus formas, de su significación en la sociedad del siglo XXI…

Para ello, es indispensable el estudio y conocimiento del país que nos va quedando después de estas dos décadas de distopía chavista, agravada por la realidad universal de la pandemia. Venezuela ya no es lo que era antes del chavismo, ni siquiera lo que era antes de la pandemia. ¿Qué país somos hoy? ¿Cuál es el entramado de relaciones sociales predominantes, de qué tipo, cuál su alcance y diversidad? ¿Cuáles serán los actores sociales del cambio, cuando hay una crisis estructural de partidos, gremios, sindicatos y todas las organizaciones societarias tradicionales? ¿Qué tipo de economía es esta economía de bodegones, lavado de dinero, bachaqueo, ilegalmente dolarizada? Entre muchos otros objetos de estudio.

Pero ojo, son cosas que debemos estudiar y promover que se estudien, no para el regodeo intelectual o para descubrir cómo movernos y sobrevivir en esa nueva realidad; sino para cambiarla, para contribuir desde nuestro espacio en la formulación de estrategias y tácticas útiles para derrotar a la autocracia; para ser parte de ese intelectual colectivo que es imprescindible construir para dotar a la praxis política, de una teoría que la enmarque, que la direccione, que la haga dar un salto cualitativo, desde una lucha reivindicativa, económica, de revancha frente a la injusticia y los atropellos, a una lucha política capaz de conquistar el poder.

Debemos ayudar a diseñar y proponer una alternativa, una misión, una visión del futuro plausible, creíble, que pueda motivar a la sociedad, sobre todo a nuestros jóvenes, y hacerles partícipes del entusiasmo por conquistar el futuro que ahora parece esquivo…

Tenemos un enemigo formidable frente a nosotros… Pero tenemos también, una mayoría aplastante que los rechaza; una mayoría descontenta que hay que convertir en mayoría política capaz de protagonizar una indetenible rebelión civil, frente a la cual las bayonetas no sirvan absolutamente para nada. Con la fuerza inconmensurable de nuestra palabra bien dicha, bien pensada, aguda y lacerante, podemos hacer nuestra contribución a Venezuela.

Termino estas palabras, citando las de un venezolano excepcional, Alberto Adriani, quien las pronunció hace casi 100 años:

‘Cada cual cumple con su patria como le resulta posible. Lo importante es que hagamos bien, sin pereza y con fe, las cosas que se nos encomiendan… [Porque] es preferible morir pronto en medio del combate por un ideal que valga la pena, y no alcanzar una vejez inocua y embalsamada´

Categorías:Destacado, Noticias

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