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Venezuela, una nación sin Estado

Tomada de Porlavisión

José Ignacio Guédez Yépez

Después de 20 años de una tiranía criminal, Venezuela es hoy un estado fallido. Actualmente no hay educación pública, salud pública ni servicios públicos mínimamente eficientes. Igualmente los salarios y la moneda de curso legal no tienen ningún valor real. Tampoco hay instituciones legítimas e independientes que representen y protejan a la población. No hay vigencia efectiva ni de la constitución nacional ni de los derechos humanos, ni tampoco un sistema de seguridad social universal. No existe seguridad ni jurídica ni personal, sino un sistema represivo y arbitrario altamente politizado. En definitiva, no hay Estado, porque las tiranías son justamente eso, la ausencia de Estado y la ley del más fuerte para oprimir a poblaciones indefensas. 

Si este es el diagnóstico, entonces el objetivo debe ser revertir esa situación reconstruyendo un Estado democrático, liberal y descentralizado. Pero no es suficiente con levantar la bandera del “Estado de derecho” que es indispensable, se requiere también comenzar a hablar de un “Estado de bienestar” que restituya un sistema de seguridad social, recupere el valor del salario y de las pensiones, y mejore los servicios públicos, incluyendo la salud y la educación. Esa debe ser la propuesta para movilizar a la mayoría en contra de la tiranía, sobre todo ahora que comienza a imponerse de facto un modelo criminal de supuesta bonanza económica que excluye al 95% de la población. Es un “sálvese quien pueda” que normaliza la ausencia de Estado y que no por casualidad está siendo aplaudido por una élite que con espeluznante cinismo lo disfraza de capitalismo y libertad económica amparada en el mito chino. 

No en vano alguien acuñó el término de “fantasmas económicos” para referirse a esos más de veinticinco millones de venezolanos que, en la actualidad, no solo son inexistentes dentro de la economía formal, sino que además  tampoco representan una carga para un Estado que renunció a proveerle servicios públicos de cualquier tipo. No solo son pobres sino que además están desasistidos y excluidos. Más que fantasmas son zombis que no viven de su trabajo y deben salir a la calle a rebuscarse con lo que chorree de esa reducida élite, cada vez más a gusto con un Maduro que dice en público que le gustan las “papitas fritas” con aceite de trufas. Y si uno pregunta por la delincuencia debe estar preparado para oír cosas tan terribles como que el Estado mata a los delincuentes y que por eso hay cierta seguridad. El caso es que la pobreza extrema roza el 80% ya, como lo señala la reciente encuesta Encovi que refleja en cifras la catástrofe.

Que el chavismo haya terminado asimilado a la derecha más extrema no debe extrañar. Lo que debemos tener claro es cuál es nuestra esencia irrenunciable que nos diferencia de esa mutación de extremos ideológicos. Se trata de la libertad y la democracia, aterrizadas en principios como la separación de poderes, la legalidad, el libre mercado, la pluralidad, la alternancia y la igualdad ante la ley, entre otros. El chavismo siempre fue autoritario y arbitrario, todo lo que ha intentado ha sido bajo su esquema absolutista, por eso no funciona ni en su etapa paternalista ni en esta de ausencia del Estado y abandono a la población.

Ya no se trata solo de renunciar a la libertad como ideal y a la democracia como modelo, el paradigma actual que se pretende imponer va más allá y consiste en asumir como positiva la dinámica entre una burbuja social aislada y un Estado fallido y mafioso que renunció a sus fines. Por tanto no se oirá hablar de educación ni de salud, mucho menos de salario digno y pensiones. Ningún presupuesto público estará destinado a atender las competencias que corresponden por ley, ni a nivel nacional ni mucho menos en lo que respecta a lo regional y local. Solo quedará alguna dádiva para la sobrevivencia, en medio de bodegones y casinos que alimenten la ficción de una supuesta recuperación económica. Ya hay una creciente oferta política adaptada a este esquema de malentendida convivencia y normalización, como si Maduro fuera su propia transición, una que sorprendentemente es apoyada por una minúscula cúpula (política, empresarial y militar), pero que convierte en fantasmas a la gran mayoría de la población.

Y todo esto en medio de la crisis de la pandemia que ha generado un consenso mundial en torno a la necesaria acción del Estado como requisito para recuperar la economía. Estado con libre mercado, sin duda, pero Estado al fin. Mientras tanto en Venezuela se cree que hay crecimiento económico porque proliferan los “food trucks”, a pesar de que hay generaciones perdidas a causa de la desnutrición, la tasa de mortalidad infantil se disparó a niveles medievales y la esperanza de vida se redujo tres años. En la Venezuela actual el supuesto “laissez faire” no solo es una falacia que choca con la arbitrariedad permanente de la tiranía, sino que en el mejor de los casos, significa un abandono genocida a millones de personas.

Reconstruyamos pues el Estado en Venezuela, tanto en lo institucional y jurídico, como también en lo social y económico. La suma de Estado de derecho con Estado de bienestar, amalgamado por el requisito indispensable: la libertad. Este debe ser el objetivo, lo demás es rapiña, la selva, la renuncia a la política y el holocausto social. Si el problema es el Estado, entonces la solución es el Estado, eso sí, democrático, liberal y descentralizado. Se trata del presente y futuro del 95% de los venezolanos, hoy abandonados y condenados a la inexistencia.

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