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El Futuro de Venezuela: Distopía catastrófica o utopía posible

Tomada de Viento Sur

José Castrillo

Desde tiempos inmemoriales el ser humano como ente individual o como miembro de una comunidad o polis, ha tenido gran curiosidad por conocer su mañana, el porvenir, el devenir, el futuro. Esa inquietud, dada su condición efímera por ser mortal, ha ocupado parte de su quehacer a lo largo de su historia como ser consciente. En tal sentido ha apelado a magos, hechiceros, a los astros, a los oráculos, a los dioses, en busca de respuestas sobre lo que vendrá. Esa inquietud sigue todavía vigente.

  Los estudios prospectivos se han venido consolidando en los últimos 40 años en todo el mundo, particularmente en Europa, Norteamérica y Asia, donde centros de estudios especializados hacen reflexiones multidisciplinarias sobre el futuro en el largo plazo.  En tan sentido, se han elaborados trabajos de carácter nacional, regional y global sobre problemas, riesgos, amenazas y potencialidades existentes para la humanidad, que han permitido exponer insumos claves para gobiernos, empresas y sus sociedades, con el fin de definir estrategias u hojas de rutas para, desde el presente, gestionar eficaz y eficientemente los retos que pueden suscitarse, que ya se vislumbran en la actualidad.

  Ejemplo de ellos, son los trabajos e investigaciones sobre el impacto del cambio climático, o de las tecnologías disruptivas como el 5G, la Big Data, la inteligencia artificial, la nanotecnología, la robótica y el ciberespacio.

  En Venezuela, algunos individuos  y organizaciones  han venido desarrollando trabajos y reflexiones de tipo prospectivo, lamentablemente dado el clima de polarización política y social, han caído en saco roto, en los centros de decisión o poder. A ello le agregamos nuestra cultura de no planificar a largo plazo, y solo trabajar  basados en la coyuntura o cálculo político de corto plazo.

  Nuestro país, con la llegada de la democracia en 1958, vivió un proceso de modernización política, económica y de movilidad social que configuraba un glorioso futuro o porvenir a mediano y largo plazo. Si bien es cierto logramos importantes tasas de crecimiento económico, una red de infraestructura eléctrica en todo el país, acueductos, hospitales, carreteras y autopistas, programas de desarrollo agrario que mejoraron las condiciones de vida de muchos venezolanos, y nos colocaron como una de las naciones de América Latina con  las mayores tasas de progreso social y económico, a mediados de los años setenta. Ese proceso se ralentizó, por la interacción de variables exógenas y fallas internas en materia de economía política (el manejo partidista de la renta petrolera).

  En los años 90 es evidente la crisis del modelo político y económico  que nació en 1958, y un conjunto de eventos catastróficos comprobaron el quiebre de la tendencia de modernización del país: el Caracazo en 1989 y los intentos de golpe de Estado en febrero y noviembre de 1992.

 Cumplido en parte el programa político que emergió del Pacto de Puntofijo y por otra parte, agotado por la corrupción política y económica, la esperanza de un glorioso futuro se impuso con la antipolítica y en una figura outsider que logró llegar al poder por el voto en 1998.

Chávez prometiendo otro glorioso futuro, enamoró a las grandes mayorías sociales y tomó un conjunto de medidas políticas, económicas y sociales, que si bien es cierto impactaron positivamente en el bienestar en dichos segmentos, estas medidas no fueron viables ni sostenibles en el tiempo (otra vez el manejo partidista de la renta petrolera).

Hoy más 20 años después de la llegada de la revolución bolivariana al poder, las ideas de una Venezuela independiente, soberana, potencia, quedaron en el deseo, si vemos la triste realidad política, económica y social que vivimos en la vida cotidiana. Todos los indicadores económicos y sociales nos señalan que ese glorioso futuro  no está en el horizonte.

  Debemos hacer una reflexión sobre nuestro futuro, en términos de colectividad, partiendo de dos visiones claramente excluyentes: la Venezuela marcada por una distopía catastrófica donde las tendencias dominantes se prolongan en el tiempo y espacio; o una Venezuela que se levanta para hacer realidad una utopía posible basada en un compromiso amplio y consensuado de todos los sectores que hacen vida en el país, para apoyar el cambio que nos señale la estrategia u hoja de ruta, que nos conduzca a una Venezuela democrática, progresista, inclusiva, con un desarrollo económico sostenible y diversificado, adaptado a la economía globalizada del siglo XXI.

Nuestro futuro como sociedad está marcado por las actitudes y decisiones que emprendamos o no para cambiar la realidad dominante: asumimos la actitud de que no hay nada que hacer, o valientemente decidimos hacer algo por cambiar una realidad no deseada. El futuro no está escrito en piedra, depende de lo que decidamos hacer hoy.

José Castrillo. Politólogo/Magister en Planificación del Desarrollo.

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