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Una defensa razonada de los primeros acuerdos en México

Alonso Moleiro

La oposición política y las fuerzas sociales que integran la sociedad democrática venezolana deben interpretar con criterio los modestos índices de recuperación económica y social que se están registrando en algunos sondeos demoscópicos.

Comenzando por reconocer que, aún dentro de su modestia, estas mejoras no dejan de tener su importancia, y que no tienen sentido molestarse ante ellas, negarlas, o regatearles su pertinencia.

 Despachar alguna de estas mejoras, aludiendo el presunto espíritu “conformista” subyacente en el país; o renegar de ellas, bajo el supuesto de que el acreedor de esta tibia recuperación que describimos es Nicolás Maduro, constituye una gruesa equivocación.

La economía venezolana se ha recuperado este año porque ninguna economía del planeta puede estar toda la vida en caída libre. Esta recomposición, que sigue siendo poco relevante y que viene acompañada de una crisis inflacionaria muy lejos de estar resuelta, ha sido consecuencia de una rectificación de los mandos del gobierno bolivariano, que luego de quebrar a la nación administrando toda suerte de vicios y distorsiones con enfoques equivocados, ha decidido, en silencio, ejecutar parte de los correctivos en el orden fiscal, monetario y cambiario que la oposición y los economistas independientes le han venido recomendando.

Los pasos hacia adelante que pueda ofrecer el comportamiento económico del país tienen un sesgo inercial, y en ningún caso quieren decir que Nicolás Maduro tenía la razón, que éste ha obtenido una victoria política, o que, necesariamente, en lo sucesivo, su gobierno monopolizará los gustos y opiniones de las mayorías en los meses que se aproximan regalando dádivas o haciéndonos olvidar lo vivido.

Todo eso dependerá, finalmente, de cuán dispuestos estemos en la acera democrática a contar las cosas cómo las hemos visto, sin plegarnos a comparsas adulantes y complacientes con los poderosos, como parece haberse puesto de moda en una parte del país.

Maduro ha logrado quedarse en el gobierno a pesar de la matriz ilegítima de su proceder en estos años. Esta es una circunstancia que es necesario reconocer sin engañarse. El terrible deterioro de la vida cotidiana del país, que se expresa en la crisis humanitaria que denunciaron los partidos de la Oposición en 2017, tiene una vigencia de, al menos, nueve años: los tiempos en los cuales se consolidó una grave crisis cambiaria que se tradujo en el desborde de los precios, junto a una agresiva y descontrolada política de estatizaciones en el comercio y la industria que lastimó gravemente la estructura productiva del país.  La corrupción hizo necrosis en las fibras del gobierno bolivariano y se concretó el hundimiento de Petróleos de Venezuela, aquella empresa estatal de los años de la democracia que tanto orgullo nos producía.

La crisis de los servicios y el desborde delictivo habían minado ya el ánimo popular de las bases del chavismo. Las encuestas (algunas de las cuales concurren a los medios únicamente para hablar mal de la Oposición) lo vienen registrando desde hace años.  Ese malestar se expresó en las crisis políticas y de orden público de 2014 y 2017. Estos son los factores que explican la victoria electoral de la Oposición en las elecciones parlamentarias de 2015. Venezuela era una nación mayoritariamente chavista que ahora dejaba de serlo.

Para disimular su responsabilidad en la quiebra de la nación, el gobierno de Maduro se negó a publicar las cifras de la economía y no volvió a presentarle el Presupuesto Nacional al Parlamento, como lo obligaba la Constitución. Sus diputados bloquearon todas las investigaciones anticorrupción, sus funcionarios no quisieron asistir a las interpelaciones parlamentarias, y sus dirigentes se negaron a aceptar la responsabilidad de Rafael Ramírez en los fraudes a la nación concretados en PDVSA.

No se hablaba de sanciones, porque no se habían producido: se culpaba por entonces a la “guerra económica de la burguesía.” Era lo único que tenía para mostrar una clase política irresponsable y antinacional, que paradójicamente había administrado poco antes el volumen de recursos más grande de nuestra historia.

Las sanciones internacionales en contra del chavismo, que ciertamente vinieron agravar aún más el problema para el Estado venezolano, se concretaron cuando Maduro se hizo reelegir a todo evento en 2018.

Luego de estas tormentas, desde 2022 Venezuela vive un nuevo momento político. La Oposición fracasó de nuevo.  Algunos dirigentes opositores todavía no lo han querido reconocer. Hemos aprendido que el deterioro de la situación general del país no se ha traducido, necesariamente, en resultados en favor de una transición a la democracia. Hemos aprendido que no es cierto que las cosas se ponen mejor en la medida que empeoran.  Maduro se ha impuesto por la fuerza, y esto es muy grave, pero, a diferencia de los tiempos de Chávez, no ha logrado convencer.

Es responsable abrirle las puertas a un acuerdo parcial que permita el desembolso de recursos congelados en el exterior para atender la alarmante situación de deterioro social que se vive en amplias capas de la población. Es bueno que algunas compañías multinacionales obtengan licencias para levantar la producción petrolera. La venezolana es una sociedad sedienta de soluciones. Divorciarse de este norte argumentando abstracciones puede tener algún impacto en los foros del exterior, pero implicaría suicidarse políticamente dentro de Venezuela.

 No es malo que haya gente que tenga plata para comer en un restaurante, que tengamos béisbol profesional con estadios llenos o que lo turistas regresen a Margarita luego de varios años. Nadie que viva en Venezuela puede avergonzarse porque regresen los conciertos internacionales, o porque, por fin, una familia disponga de un dinero adicional para celebrar el día de las Madres. Invocando algunas de esas razones, muchas personas se fueron del país para tener una mejor vida.

Se aproximan un par de años surcados por acuerdos delicados y endebles. Es probable que en 2023 algunos índices de la economía mejoren un poco más. Maduro y el chavismo harán lo posible por triunfar “por las buenas” en las presidenciales de 2024, monopolizando la narrativa de las sanciones internacionales como única causa de la tragedia histórica de estos años. Estará acompañado de un indigno coro de políticos, intelectuales y gerentes privados interesados en hacerle el juego.

Los sondeos de opinión más recientes señalan que el interés en participar en unas primarias no es tan bajo como se piensa. Hay una molestia justificada con los partidos opositores, pero el cambio político sigue siendo anhelado como una necesidad urgente por 72 por ciento de la población.

Que el chavismo se salga con la suya dependerá de que exista un liderazgo nacional responsable dispuesto a contar las cosas como sucedieron desde 2013.

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