
Alonso Moleiro
El análisis sobre el derrumbe de Venezuela va mucho más allá del crónico pulso en torno a los alcances de la corrupción y los efectos de las sanciones internacionales. A Venezuela la ha quebrado, además, un modelo económico, una estrategia de desarrollo y una concepción del Estado. El fracaso de Venezuela está escrito en cada una de las líneas del tristemente célebre Plan de la Patria, la carta de navegación de la gestión chavista, un texto que deberá ser estudiado por los venezolanos de las generaciones venideras para poder comprender los contenidos de la hecatombe actual.
Queda a la vista que lo que ha vuelto a fracasar con rotundidad es la tentativa de construir un modelo económico que pretender contestar, superar y trascender la economía de mercado, una de las grandes convenciones del mundo moderno, el nudo funcional del capitalismo, la única baza fiable que ha diseñado la humanidad con acierto para darle alguna racionalidad a la producción y distribución de bienes y servicios.
La economía de mercado puede ganar o perder influencia frente a la presencia del Estado como garante teórico de la voluntad general, y ambas deben armonizar como el hombre y la máquina, pero el mercado nunca puede desaparecer del todo, y no deben ser desconfigurados sus elementos constitutivos, porque de lo contrario sobrevienen deslaves multidimensionales como el venezolano, que han tenido manifestaciones similares en otros parajes: derrumbe productivo, descontrol de los precios, estallido del desempleo, pulverización del salario, escasez generalizada de bienes y hambre.
El derrumbe de la Unión Soviética y el colapso de todo el campo socialista había sentado una especie de jurisprudencia sobre estos temas. El socialismo real, castrador, inviable, pesado y tonto, fracasó sólo, cocido en la salsa de su ineficacia disfuncional. La tentativa revolucionaria venezolana, que tuvo tiempo y recursos para optar por una estrategia de desarrollo inteligente y realista, con un camino propio frente al dogmatismo, optó por recorrer la precaria cartografía de la izquierda ortodoxa de la mano de una gerencia pública particularmente ineficaz y corrupta.
Cada vez que se vuelve a meter en problemas con sus ministros insuficientes y sus precarios diagnósticos, la plana dirigente chavista corre a pedirle ayuda al “modelo neoliberal” que tanto ridiculiza para regresarle estabilidad a su programa político de dominación.
No es la primera vez que sucede. Ya antes otros modelos políticos vinculados al socialismo real han ensayado repliegues y aperturas relativamente similares, abriendo espacios en la economía y la sociedad con reformas parciales que permitan profundizar su autoridad sobre la población. La deriva contemporánea del régimen chino sería la expresión más acabada de esta tendencia.
Los mandos chavistas decidieron promover el conflicto con el capital nacional, relativizar el valor de la propiedad, intervenir compañías, burocratizar las normas, controlar tasas de interés y precios, fomentar invasiones, estatizar activos e invertir millones de dólares en proyectos estatales y comunales fallidos, inconducentes, en más de una ocasión disparatados.
La zona de conflictividad con la propiedad privada y la sobrerregulación de la gestión económica, junto a una corrupción de carácter sistémico, pudo expandirse camuflada en actitudes jacobinas e intransigentes frente al adversario para apropiarse de los recursos de la república, y terminó gestando un colapso muy hondo, el reino de la desinversión, con trastornos fiscales y monetarios de extrema gravedad.
La necrosis de la gerencia pública chavista produjo una disfunción casi total en Petróleos de Venezuela, y la absurda prolongación, por 17 años, del control de cambios, oficializó múltiples escalas para la coima a los promotores de la corrupción y todos sus familiares.
Lo que ha fracasado es el sesgo por regular ganancias empresariales; la obsesión en promover conflictos en torno al capital y la propiedad; el diagnóstico peregrino, infantil, antieconómico, que consiste en suponer que los precios suben únicamente porque el dueño de un abasto lo decide, y no por que la inflación es una enfermedad del cuerpo social de la economía, ciencia que es necesario comprender con sus límites y contraindicaciones.
Fracasó, pues, de nuevo, otra vez, por enésima vez, el socialismo distributibista, las interpretaciones y filo marxistas sobre los medios de producción y el control obrero. Las instituciones han fracasado en medio del silencio cómplice, negadas a la contraloría ciudadana, fuero natural de la impunidad, ilegítimas frente a la población. Fracasó la obsesión comunal, el cooperativismo, el control desproporcionado sobre la economía, la ola de nacionalizaciones, la demagogia con las consignas, el conflicto con el capital internacional.
El fracaso nos baila en las narices, pero es preciso comprenderlo, caracterizarlo y categorizarlo. La tarea más urgente que tiene la sociedad venezolana es extraer algún aprendizaje concreto de esta tragedia histórica. Por muy obvia que nos luzca su confección y su empaque, las posibilidades de tropezar con la misma piedra en los meandros del fracaso siempre son amplísimas
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