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La tecnocracia, los populismos y los peligros para la democracia

Alex Fergusson

En su libro más reciente (La Tiranía del Mérito), el filósofo político Michael Sandel, reflexiona sobre los tiempos peligrosos que corren para la democracia en el mundo.

Él aprecia las amenazas, en el crecimiento de la xenofobia y del apoyo popular a figuras autocráticas que ponen a prueba los límites de las normas democráticas, pero señala que igual de alarmante es el hecho de que los partidos y los políticos tradicionales comprendan tan poco y tan mal el descontento que está agitando las aguas de la política en todo el mundo.

No en vano, las élites políticas y económicas de Europa, EE.UU. y América Latina están ahora alarmadas, y con razón, ante la amenaza que representan los autócratas con respaldo populista, para las normas de convivencia democrática, pero, no obstante, aún no admiten su papel causante del resentimiento que desembocó en la reacción populista.

No ven que las turbulencias que ahora estamos presenciando en el seno de las democracias tradicionales son una respuesta política de la gente a un fracaso igualmente político de proporciones históricas, que deriva de su forma tecnocrática de concebir y representar “el bien común”, su modo de definir el “éxito social” y sus categorías de “ganadores y perdedores”, basadas en el mérito.

En particular, la faceta de la intolerancia y el fanatismo que encierra la protesta populista, es una airada condena a décadas de creciente desigualdad y a una globalización que beneficia a quienes ya están en la cima, pero deja a los ciudadanos corrientes sumidos en una sensación de desamparo.

También es una expresión de reproche a un enfoque tecnocrático de la política que hace oídos sordos al malestar de las personas que se sienten abandonadas por la evolución de la economía y la cultura.

Esos agravios no son solo económicos, pues no tienen que ver únicamente con los salarios y los puestos de trabajo, sino que atañen también a la moral, la cultura y la estima social.

Tal sensación de desamparo también se alimenta, por contraste, con la frustración que representa para la gente, el fracaso del desempeño gerencial de los regímenes populistas autoritarios instalados, para garantizar eficiencia y equidad económica, social y política, y lograr el bien común.

La concepción tecnocrática de la política, basada en la idea general de que los mecanismos de mercado son los instrumentos primordiales para conseguir “el bien público”, está desprovista de argumentos morales sustantivos, y trata asuntos susceptibles de discusión ideológica y política como si fueran simples cuestiones de eficiencia técnoburocrática, reservada a los expertos.

La visión tecnocrática de las democracias occidentales, acota Sandel, corta el vínculo entre “éxito y juicio moral”.

El “bien común” está definido por el Producto Interno Bruto (PIB), pero obvia el hecho de que el aumento de la producción y venta de medicinas (pues hay cada vez menos salud) y de armas (pues cada vez hay más guerras), por ejemplo, aumentan el PIB de un país, y no tiene nada que ver con el bienestar en la sociedad.

Lo mismo pasa con la poca relación entre la aplicación de la Ley y el logro de la Justicia y con la educación formal como fuente de herramientas para enfrentar la vida con probabilidades de éxito, para vivir mejor y para convivir.

Por otro lado, se puede constatar sobre el terreno, que la fe en que “si trabajas y tienes talento puedes ascender socialmente”, dice Sandel, ya no encaja con los hechos observados; y tampoco la concepción del “éxito” como la capacidad creciente de producción y consumo, y como sinónimo de “felicidad”.

Como consecuencia, el discurso público se abstiene, cada vez con más frecuencia, de abordar las grandes cuestiones morales y cívicas que deberían ocupar el centro del debate político, hoy.

Así, el bien común ha terminado siendo concebido, principalmente, en términos económicos, y tiene cada vez menos que ver con el cultivo de la solidaridad o con la profundización de los vínculos de la ciudadanía consigo misma y con la naturaleza que conforma su soporte de vida, que con la satisfacción de su necesidad de producir dinero y consumir bienes.

El reinado de la visión tecnocrática, al proceder en el discurso público como si fuera posible externalizar el juicio moral y político hacia “el mercado”, o hacia “los expertos”, ha conducido al vaciamiento de significado y de sentido del debate democrático y transferido las decisiones políticas a los despachos de los organismos administrativos, los bancos centrales, las bolsas de valores (a menudo influidos por los consorcios industriales, comerciales y financieros) y hasta los grupos de presión que hacen lobby en las campañas electorales de los partidos.

Este vaciamiento está en la base de la xenofobia, el apoyo a las autocracias, la intolerancia, los fanatismos raciales, religiosos o nacionalistas, y también de la violencia social en todas sus formas.

Pero eso no es todo. Ahora que el centro de gravedad de la actividad económica, gracias a la revolución tecnológica, se ha desplazado de la fabricación de bienes hacia la gestión de dinero, y la sociedad premia con recompensas desproporcionadas a las gestoras de fondos y a sus clientes (como los artistas y deportistas), a los banqueros, y a otros miembros de la clase profesional (los CEO por ejemplo), la estima que mereció “el trabajo”, en el sentido tradicional del término, se ha vuelto frágil e incierta.

La conclusión del filósofo es demoledora: Eso es lo que estamos presenciando en la actualidad, como consecuencia de cuatro décadas de globalización impulsada por el mercado. Se ha vaciado el discurso público, se ha desposeído de poder a los ciudadanos corrientes y se ha propiciado una reacción populista adversa, que trata de revestir nuestra desnuda arena pública … la democracia occidental … con un manto de nacionalismo … o de populismo autoritario … intolerante, resentido y vengativo. Para revitalizar la política democrática, es necesario que encontremos el modo de potenciar un discurso público más robusto desde el punto de vista moral, un discurso que se tome más en serio el corrosivo efecto que el afán de éxito económico tiene sobre los lazos sociales que constituyen nuestra vida común.

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