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Evo Morales y su ruptura con el MAS: ¿un nuevo comienzo o el fin de una era?

Tomada de EFE

Maykel Navas 27.03.25

La renuncia de Evo Morales al Movimiento al Socialismo (MAS) marca un punto de inflexión en la política boliviana. Después de casi tres décadas liderando el partido que lo llevó al poder, Morales decidió postularse nuevamente para la presidencia, esta vez bajo la bandera del Frente Para la Victoria (FPV), un movimiento que, a pesar de ser estratégico, refleja las profundas divisiones internas del MAS y plantea interrogantes sobre el futuro político del expresidente.

El panorama boliviano de cara a las próximas elecciones, del 17 de agosto, se presenta intrincado, ya que la presidencia de Evo entre 2006 y 2019 dejó una huella imborrable, y su actual búsqueda por retornar al poder, fuera del partido que él mismo fundó, genera incertidumbre.

Durante su mandato, Evo Morales gozó de un periodo de relativa estabilidad económica, impulsado en parte por altos precios de las materias primas como el gas, el zinc, el estaño y el oro. Este periodo, que algunos denominaron la «década dorada», se caracterizó por un crecimiento económico que se estima en el doble del promedio latinoamericano y un aumento significativo del salario mínimo, que se elevó en un 500% en 14 años.

Es innegable que el desempeño económico de la gestión generó una nostalgia palpable en un sector importante de la población, especialmente en un contexto actual marcado por la alta inflación, la escasez de combustible y la devaluación del peso boliviano. Su estrecha relación con los agricultores cocaleros y el apoyo que brindó a las comunidades indígenas,  también cimentaron una base de apoyo popular significativa.

Sin embargo, los eventos de 2019, marcados por las acusaciones de fraude electoral por parte de la OEA tras la interrupción de la transmisión de resultados, llevaron a su renuncia y posterior refugio en México y Argentina. Su retorno a Bolivia en 2020, de la mano de su entonces aliado y actual presidente, Luis Arce, no significó el restablecimiento de su poder hegemónico dentro del MAS.La relación entre ambos líderes se ha deteriorado significativamente, hasta el punto de que Luis Arce es considerado hoy en día como el «peor enemigo» de Evo Morales.

La decisión de Morales de abandonar el MAS no es solo simbólica; es el resultado de años de tensiones acumuladas con el presidente Luis Arce y la facción arcista del partido. La elección de Grover García como nuevo líder del MAS en noviembre pasado consolidó esta fractura, y dejó a Morales, junto a sus seguidores, en una posición de aislamiento político. A pesar de ello, la renuncia de más de 1.600 militantes del partido en los primeros días tras el anuncio de Morales demuestra que su influencia sigue siendo significativa.

El Frente Para la Victoria, calificado en el pasado como un «taxipartido», enfrenta ahora el reto de consolidarse como una fuerza política viable. Aunque Morales ha sido proclamado como su «candidato único», la falta de una estructura sólida y el distanciamiento de las organizaciones sociales, que históricamente respaldaron al MAS, podrían limitar sus posibilidades en las venideras elecciones.

Por otro lado, Morales ha intentado posicionar su candidatura como una continuación de la Revolución Democrática y Cultural, con el argumento de que el gobierno de Arce ha traicionado los principios fundamentales del MAS. «Con el Frente para la Victoria nuevamente vamos a ganar las elecciones nacionales (…) quiero que sepan que no hay ningún condicionamiento, acá es todo para salvar Bolivia», declaró recientemente el exmandatario.

Este discurso podría calar en ciertos sectores de la población, pero también enfrenta algunos obstáculos, como las investigaciones legales en su contra. Es acusado formalmente de estupro y trata de personas por presuntamente haber tenido relaciones con una menor, acusaciones que él niega y atribuye a una estrategia de desprestigio orquestada por sus opositores.

La candidatura de Morales con el FPV plantea una serie de preguntas sobre el futuro de la política boliviana. ¿Logrará superar los combates legales y estructurales que enfrenta su nueva alianza? Y, lo más importante, ¿cómo responderá el electorado a su intento de regresar al poder?

Lo que está claro es que Bolivia se encuentra en un momento de transición, donde las decisiones que se tomen en los próximos meses definirán no solo el futuro de Morales, sino también el rumbo de la democracia en el país.

La paradoja de Morales radica en su capacidad para apropiarse de una causa nacional legítima, como la renovación del sistema judicial, mientras enfrenta críticas por haber impulsado en el pasado violaciones sistemáticas a la Constitución. Este doble discurso no pasa desapercibido, pero tampoco resta fuerza a su movimiento, que ha demostrado una notable capacidad de movilización, especialmente en regiones clave como Cochabamba.

“Evo para el Bicentenario”

A nueve años del referéndum del 21 de febrero de 2016, Bolivia sigue enfrentando las secuelas de una decisión histórica que marcó un antes y un después en su sistema democrático. En aquel entonces, el 51,3% de los bolivianos rechazó la intención de Evo Morales de postularse para un cuarto mandato consecutivo. Sin embargo, el líder cocalero no solo desoyó la voluntad popular, sino que ahora, en un giro inesperado, busca regresar a la Presidencia.

El referéndum del 21F no solo rechazó su reelección, sino que también desencadenó una serie de eventos que han fracturado la institucionalidad del país. Desde las protestas sociales de 2019 hasta la renuncia de Morales y su posterior exilio, Bolivia ha vivido una polarización cada vez más profunda. En este contexto, el regreso de Morales plantea el riesgo de reavivar tensiones que el país aún no ha superado.

El acuerdo político entre Morales y el FPV abre un nuevo capítulo en esta saga política. Con el eslogan «Evo para el Bicentenario», tiene una posibilidad real de repetir en la Presidencia. Sin embargo, su insistencia en postularse, a pesar de los impedimentos legales y el rechazo popular expresado el 21F, podría ser percibida como un acto de obstinación más que de liderazgo.

Si bien, su gestión pasada dejó una marca positiva en la memoria económica de una parte de la población, las acusaciones en su contra complican significativamente su retorno al poder por el FPV. No obstante, su capacidad de movilización y su arraigo en ciertos sectores sociales sugieren que podría tener una nueva oportunidad.

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