
Tomada de BBC
Oscar Hernández Bernalette 09.04.25
Cuando se navega a vela y te encuentras con una tormenta tienes varias tareas y opciones. Preparar el barco para el chubasco, esto es: recortar velas, asegurar la tripulación y pasajeros con salvavidas, recortar el velamen de la nave, lanzar un ancla de popa y con paciencia capear el mal tiempo. Otra opción, y si estás a tiempo, es evitar la tormenta, regresar a puerto seguro o rodearla si las condiciones y los equipos de navegación te orientan hacia zonas más calmas. También puedes entrar a la tormenta sin prepararte y arriesgar todo; pierdes el barco y seguro allí termina la confianza de la tripulación. La política internacional, tema que nos interesa, también demanda de habilidades para llegar a un “puerto seguro”.
En estos períodos globales con Trump en el timón mayor es mejor recoger velas, ya que los escenarios que se presentan para el futuro no son buenos. Canadá y Europa lo entendieron. Demasiadas amenazas y olor a guerra se están construyendo a lo largo y ancho del planeta. La guerra en Ucrania producto de la invasión de Rusia, la situación en el Medio Oriente con Israel y Hamas, los bombardeos a los hutíes en Yemen como lucha contra el terrorismo y la protección de su flota naviera. El potencial reaccionario de China contra Taiwán y Panamá/Groenlandia (its ours) como ficha de negociación entre súper poderes, agreguemos los ruidos que se generan en nuestra región con el conflicto entre Venezuela y Guyana, y la provocación de los Estados Unidos sin anestesia. Todo nos brinda un panorama inestable y confuso para los tiempos en curso.
Las apetencias geopolíticas de estos tiempos se enturbian además con las formas rudas de hacer diplomacia entre los principales actores. Lo que se quiere se expresa sin sopor, se insulta, se humilla entre jefes de Estado y la mentira como recurso para fortalecer narrativas está a la orden del día. Esta es una realidad que preocupa también a quienes entendemos que tanto en las formas como el contenido están los cimientos para construir escenarios de negociación que den resultados a mediano y largo plazo. En estos momentos “nadie cree en nadie”. Cómo pedirle a Rusia que respete el derecho internacional por violentar la soberanía de Ucrania cuando la mayor democracia del planeta está amenazando con apropiarse de una u otra manera de Groenlandia; cómo se va a la mesa de negociación cuando el intermediario cree en la fuerza, más que en los principios y valores del derecho internacional.
Es por ello, que en el camino de la diplomacia se aprende la importancia que tiene el respeto a las formas en las relaciones entre las naciones y, especialmente, para conseguir mantener el cumplimiento de los procedimientos y las normas nacionales e internacionales. La formalidad en el trato de emisarios internacionales o el cumplimiento del protocolo como principios cardinales para el equilibrio y el respeto. Esa irrupción es lo que estamos percibiendo en estos tiempos. Por ejemplo, la abrupta y provocadora visita a Groenlandia del vicepresidente de los Estados Unidos, JD Vance, a finales de marzo del 2025, sin invitación del Gobierno de Dinamarca.
Chevron, go home and come back by Conviasa
Veníamos de los tiempo de los “yanquis go home” , de las siete hermanas que nos explotan y las petroleras trasnacionales como las culpables de nuestra pobreza y retraso. Ese susurro aún retumba en mi generación. El discurso de hoy es todo lo contrario, ¿Por qué se que van? , las necesitamos. Ironía de la historia y solo demuestra las consecuencias de las políticas erradas en el tiempo, especialmente las relacionadas con mantener una situación de írritos permanente con la principal potencia del mundo y nuestro aliado estratégico fundamental, los Estados Unidos. Obligados más que por afecto por convivencia y conveniencia. Lamentablemente, tanto insulto al Imperio del norte, mal manejo de la geopolítica y poca sensatez nos han empujado a esta situación de confrontación que lleva más de 25 años.
Estados Unidos, el comodín
La dirigencia gobernante descubrió que Estados Unidos para la diatriba política interna de Venezuela era el perfecto comodín. Es el propio Jolly Joker para generar ruido o para cambiar el estatus quo de la política nacional. Lo han usado magistralmente durante los últimos años, pero lamentablemente, como que ya perdió sentido estratégico para convencer a los incautos de que el enemigo de Venezuela es Estados Unidos y que cada vez que generamos una confrontación, logramos mayor cohesión social. Me da la impresión que no es así.
La gente está sospechando de que el comodín se usa mal y que la han sometido a lo largo de muchos años a una trampa mediática, en la que el verdadero enemigo de Venezuela no es el Imperio, que no está en el exterior, sino aquí mismo en casa.
Los venezolanos, ingenuos sí, pero ya con capacidad de olfatear la mentira y el escándalo cuando es parte del show mediático, que como último fin tiende a generar sentimientos de solidaridad nacionalista ante el supuesto atropello del Norte. Cada vez que sube el tono de la política interna o necesitamos encubrir nuestras propias deficiencias, la instrucción es: arremeta contra el Imperio porque al fin y al cabo no pasa nada. Peleamos contra Goliat, lo insultamos, lo amenazamos y nos quedamos tranquilos un buen tiempo hasta el próximo episodio, para que Jolly cumpla su rol.
Washington, por supuesto, es poco afectado, pues el efecto de la guerra de baja densidad con Venezuela poco le preocupa y las reacciones las tiene bien registradas en el «troubleshooter» del Departamento de Estado.
Lo cierto es que muchos seguidores del Gobierno, se comienzan a preguntar por qué queremos seguir alimentando con nuestro petróleo el motor de ese «malvado» país para que siga atropellando al mundo.
La realidad es que estas escaramuzas no tienen sentido y son una pérdida de tiempo y de oportunidades. Nos guste o no, y como bien nos han enseñado países como México y Brasil, con sus diferencias, se pueden construir agendas positivas, de beneficios compartidos, con Estados Unidos. Hay realidades más fuertes que el odio.
Empresas de Estados Unidos nos han comprado la mayor parte de nuestro petróleo, nuestras principales importaciones vienen de ese país, el segundo idioma que más se habla en Venezuela es el que ellos hablan, más de un millón de venezolanos vive en Estados Unidos. Muchos de nuestros dobles nacionalizados de hoy son del Imperio. Sus líneas aéreas volaron a Venezuela más que a ningún otro país. Vemos su televisión, su cine y comemos en abundancia su única contribución a la gastronomía mundial, las hamburguesas.
Es tiempo de sindéresis y hay que buscar mejores excusas para tapar nuestros problemas internos. Es lógica una relación de respeto y de amistad con todos los países. Es bueno para los gobiernos y especialmente para los pueblos. Hay que regresar a la diplomacia en estos tiempos tan complejos. Fórmula tan apropiada para Venezuela como para la política disruptiva de los Estados Unidos.
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