
Tomada de es.wired.com
En el mundo de hoy “hay que hacer política”, subraya el analista internacional Eloy Torres. Jorge Bergoglio la ejerció con todas sus letras, y con una mirada especial al conflicto venezolano. Antes de marcharse dejó dos santos para Venezuela
Vanessa Davies 05.05.25
A gritos. En silencio. Con el poder de las palabras o la fuerza de los cañones. Las relaciones internacionales se abren paso en un mundo de conflictos e intereses cruzados: Statista registra 22 guerras activas en 2025 y Crisis Group recomendaba seguir atentamente 10 conflictos este año, incluida la seguridad europea y la relación entre Estados Unidos y México.
En un contexto complicado siempre se habla de la “diplomacia vaticana” como un ejemplo de paciencia y sabiduría que ha sido sometido a prueba durante más de 1.500 años.
Según la Convención de Viena una misión diplomática tiene funciones como representar a un Estado, proteger los intereses, negociar con el Estado receptor, enterarse de la evolución de sus acontecimientos y fomentar las relaciones amistosas. El Vaticano cumple con todas, y en el pontificado de Francisco, fallecido el pasado 21 de abril, parece que regresaron los tiempos de una diplomacia activa como la que la Iglesia experimentó con Juan Pablo II.
No alineados
El mundo parece estar “patas arriba”, y en ese entorno de creciente malestar se desempeñó Jorge Bergoglio. El analista internacional Eloy Torres, profesor de la Universidad Central de Venezuela (UCV), señala que se murió un paradigma y se está construyendo un nuevo orden mundial. A su juicio, se debe reflexionar sobre las deficiencias del multilateralismo. “Tuvo un momento de gran impacto, pero no es menos cierto que confrontó problemas” por los actores que lo desarrollaron.
Hoy, sostiene Torres en conversación con Polítika UCAB, “hay que hacer política. Dialogar, conversar, proponer ideas, proponer soluciones, proponer salidas independientemente de la postura” y todo eso es posible porque ya se ha hecho. Lo han hecho, entre otros actores, los protagonistas de la diplomacia vaticana. Es decir, figuras como las del secretario de Estado y los nuncios apostólicos, tal como lo señala el experto Enrique Somavilla, doctor en Teología Dogmática y Derecho, en su trabajo “Diplomacia vaticana y política exterior de la Santa Sede”.
Pero ese nuevo orden mundial ya no es el de Juan Pablo II, pontífice que tomó partido contra las experiencias comunistas y cumplió un rol en el fin de la Guerra Fría. Francisco, en cambio, optó por desplazarse entre los polos del presente y por visitar, llamar o recibir a los líderes que tienen en sus manos el poder de tomar decisiones.
Diplomacia del encuentro
Francisco “trabajó en la diplomacia del encuentro, en buscar los elementos que nos unen y no los que nos dividen, así como el encuentro con la realidad humana y los conflictos”, destaca el padre Gerardino Barracchini, rector de la iglesia Nuestra Señora de La Candelaria.
Esto funcionó para las crisis globales y para la emergencia sociopolítica de Venezuela. Barracchini, vicepostulador de la causa de canonización de José Gregorio Hernández, recuerda que el papa siempre estuvo de acuerdo con el diálogo en el país, “con sentarnos en la mesa y ver cómo resolver nuestras diferencias” con la Iglesia como mediadora.
Gracias a Francisco “la diplomacia del encuentro la vimos en hechos concretos”, como los intentos de mediación entre Rusia y Ucrania para poner fin a la guerra y el esfuerzo para mantener los puentes con China. Siempre trató, reivindica, de fortalecer las conexiones.
“La diplomacia vaticana trabaja de manera callada. Está en lo escondido, es prudente, no hace uso de la alharaca para obtener resultados”, puntualiza el prelado.
“¿Política de santos?”
Francisco compartió con Juan Pablo II, además del reto de conducir un barco en aguas tormentosas, la decisión de elevar más santos. Un trabajo del diario colombiano El Tiempo muestra que el papa polaco concedió el título a 482 personas durante 26 años, mientras el pontífice argentino hizo lo propio con 815 en casi 12 años. Para que no quedaran dudas sobre su voluntad, dos meses después del inicio de su gestión, en 2013, convirtió en santos a 815 ciudadanos, 813 de los cuales forman parte del grupo de Mártires de Otranto (asesinados en 1480 al no aceptar convertirse al islam).
Venezuela tiene dos santos gracias a Francisco: el doctor José Gregorio Hernández y la madre Carmen Rendiles. “Los santos son una señal de amor a Venezuela”, reconoce Barracchini. Tanto así, que optó por la dispensa del milagro y por un instrumento jurídico para agilizar la causa del “médico de los pobres” tras 76 años de espera para el pueblo venezolano. Incluso, Francisco lo estipuló así -como lo recuerda Vatican News- el 25 de febrero de este año, mientras se encontraba recluido en el Hospital Gemelli de Roma.
Todavía estaba hospitalizado cuando dio el visto bueno a la madre Carmen Rendiles, la primera santa de Venezuela, el pasado 31 de marzo.
¿Pueden los santos entenderse no solo como el reconocimiento a una existencia memorable, sino como una herramienta de la diplomacia vaticana? Lo cierto es que, el día que se notificó la canonización de Hernández, el pontífice había sido visitado por Pietro Parolin, secretario de Estado de la Santa Sede y exnuncio apostólico en Venezuela; y monseñor Edgar Peña Parra, arzobispo venezolano y sustituto para los Asuntos Generales de la Secretaría de Estado.
“Haber estado en el hospital en uno de los momentos más críticos, y que haya pedido el documento es una señal de amor a Venezuela y un mensaje de unidad”, refiere Barracchini. En la fe es posible la reconciliación de la sociedad, porque se supone que es un espacio en el que no prevalecen las rivalidades. “El papa nos dio ese regalo para decirnos que nos reencontremos”.
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