
Anadolu Ajansi
José G. Castrillo M. (*) 09.10.25
Han transcurrido dos años desde el 7 de octubre de 2023, fecha en la que el grupo Hamás lanzó una operación militar de gran escala contra Israel, dejando un saldo de 1.200 muertos —entre civiles y militares—, 3.000 heridos y 252 secuestrados. La respuesta de Israel no se hizo esperar: fue contundente y, según las leyes de la guerra aceptadas en el sistema internacional, desproporcionada. El saldo hasta ahora es de aproximadamente 66.000 muertos, 160.000 heridos, y la destrucción del 80% de la infraestructura civil de los poblados y ciudades que conforman los 365 km² de la Franja de Gaza.
La ofensiva de Hamás fue atroz, pero la respuesta militar de Israel también lo ha sido, al punto de ser catalogada como genocidio por la ONU y diversas organizaciones no gubernamentales. Cabe destacar que este conflicto, con 77 años de historia, ha estado signado por una espiral de violencia que ha marcado su devenir sin una solución satisfactoria para ninguna de las partes.
Los bloques en conflicto —israelíes y palestinos— se perciben mutuamente como enemigos existenciales. En los momentos de mayor tensión, la deshumanización del adversario domina las acciones militares, lo que maximiza el uso de la violencia sin contemplaciones ni límites éticos: “son animales o subhumanos, son malvados”, parece ser la narrativa que justifica los excesos.
En este contexto, una audaz y arriesgada propuesta de paz de 20 puntos, impulsada por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha generado un cambio en la dinámica del conflicto. Tanto Israel como Hamás han manifestado su aceptación, aunque con matices y condiciones que revelan un complejo cálculo estratégico por parte de todos los actores involucrados. Si bien el acuerdo ofrece un atisbo de esperanza para poner fin a la devastadora guerra, su éxito pende de un hilo: depende de superar profundas desconfianzas y de negociar detalles cruciales que podrían hacer descarrilar todo el proceso.
La propuesta de paz de la Administración Trump se caracteriza por su enfoque transaccional y por la imposición de plazos ajustados, un sello distintivo de la diplomacia del mandatario. Entre los elementos centrales del plan destacan:
Alto al fuego inmediato y liberación de rehenes: Hamás dispondría de unas horas para liberar a los 48 rehenes que se estima permanecen en Gaza (incluidos los fallecidos).
Canje de prisioneros: Israel liberaría a 250 prisioneros palestinos condenados a cadena perpetua y a otros 1.700 gazatíes detenidos desde el inicio del conflicto.
Desarme y desmilitarización: el plan exige el desarme completo de Hamás y la desmilitarización de la Franja de Gaza.
Retirada israelí por fases: se contempla una retirada gradual y escalonada de las fuerzas israelíes, aunque sin plazos concretos, manteniendo Israel la responsabilidad general de la seguridad, incluyendo un perímetro de control.
Gobierno de transición y reconstrucción: una “junta de paz” compuesta por “tecnócratas independientes palestinos” gobernaría temporalmente la Franja de Gaza, facilitando la entrada masiva de ayuda humanitaria para la reconstrucción.
Salida para combatientes de Hamás: se ofrece amnistía a quienes depongan las armas y se comprometan a una coexistencia pacífica, además de un “salvoconducto” para los que deseen abandonar Gaza.
Amenaza del uso de la fuerza: Trump ha advertido que si Hamás no acepta el acuerdo, respaldará plenamente a Israel para “terminar el trabajo” por la vía militar, amenazando con desatar un “infierno”.
La propuesta de paz, con su mezcla de incentivos y amenazas, ha logrado forzar a israelíes y palestinos a volver a la mesa de negociaciones. No obstante, las aceptaciones declaradas parecen ser más bien movimientos tácticos dentro de estrategias más amplias, orientadas a alcanzar objetivos políticos y militares de largo plazo.
El éxito del plan dependerá de la habilidad de los mediadores —principalmente Estados Unidos, Egipto y Qatar— para transformar este frágil consenso inicial en un acuerdo detallado y verificable, que atienda tanto las preocupaciones de seguridad de Israel como las aspiraciones de autogobierno del pueblo palestino. De lo contrario, el conflicto podría reanudarse con una intensidad aún mayor.
Después de dos años de muerte y destrucción sistemática, el plan de paz puede representar una oportunidad valiosa: primero, para lograr un cese al fuego; y luego, para sentar las bases de un proceso de negociación política que, sin duda, será complejo y arduo. Una solución razonable pasa por reconocer el derecho del pueblo palestino a constituirse en un Estado legítimo y soberano que coexista pacíficamente con Israel.
En definitiva, si cesan los cañones gracias a esta propuesta de paz, podría abrirse una ventana de oportunidad para que ambas partes se sienten a buscar una salida política sostenible. Para ello, deben reconocerse mutuamente y superar la deshumanización del otro. Ambos pueblos están inexorablemente llamados a convivir, cerrando el ciclo de violencia que no ha traído solución alguna, sino un profundo sufrimiento compartido.
(*) Politólogo / Magíster en Planificación del Desarrollo Global.
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