
Tomada de Foreign Affairs
Alex Fergusson 16.01.25
A diferencia de la palabra “Imperio”, definida como una gran unidad política que domina diversos territorios y pueblos, generalmente mediante conquista, con un centro dominante (metrópoli) y periferias subordinadas cercanas (el Imperio romano) o lejanas (el Imperio británico o el español) sobre las cuales extendió su dominio económico y social, con un poder centralizado bajo un emperador, rey o autoridad suprema y a menudo mantenido por la fuerza, la expresión “Imperialismo”, utilizada a partir de 1870 debido al proceso colonizador que condujo al “reparto de África” por parte de países europeos, constituye una teoría política que, aunque tiene antecedentes en Hobson y en Hilferding, fue popularizado por Vladímir Ilich Uliánov (Lenin) en su libro de 1917, “El Imperialismo, fase superior del Capitalismo”.
Como teoría política Lenin caracteriza al imperialismo como “una etapa última del capitalismo, marcada por los monopolios, los cárteles, el papel de los bancos como monopolistas del capital financiero y una nueva política colonial centrada en la lucha por las materias primas y las exportaciones de capital”.
Esta teoría leninista del imperialismo, colonizó el corazón de toda la izquierda mundial y nutrió la narrativa según la cual, el capitalismo tradicional en su evolución natural, deriva en la creación de grandes capitales y monopolios que controlan los gobiernos, la sociedad, la economía, que acumulan tasas de ganancia enormes y terminan teniendo, indirectamente, el control político de las naciones.
En realidad, es una exacerbación de la idea de Marx según la cual, en la medida en que el capital se va acumulando, va centralizándose y concentrándose cada día en menos empresas con más tamaño y más control sobre los flujos y mecanismos financieros, creando una suerte de “oligarquía del dinero” como resultado de una fusión entre capital industrial y bancario, con el apoyo de sus “socios políticos” en los gobiernos.
La base de los imperios sería entonces, la exportación de capitales: se exportan capitales y con ellos, se exportan las relaciones sociales que impone el capital y se domina a las naciones que lo reciben, creando así, “áreas de influencia” estrictamente controladas.
De allí, derivaron luego las teorías de la dependencia, de la relación centro-periferia, del intercambio desigual y también la de que “el liberalismo” siempre termina produciendo regímenes de derecha duros, violadores de los derechos humanos, cada vez más autoritarios y opresores de las naciones.
Visto así, no era posible para Lenin, pensar en un imperialismo derivado del socialismo o de la izquierda, pues su idea era que la revolución bolchevique (socialista) y su internacionalismo proletario iban a terminar con el imperialismo y lograr la autodeterminación plena de los pueblos, fomentando su capacidad para hacer revoluciones nacionales que pronto iban a llegar a una revolución mundial inevitable, pues el desarrollo mismo de las contradicciones del capital lo iban a llevar hasta ese punto y abrirían camino a la utopía de la Sociedad Comunista, sin gobierno, sin ejército y sin propiedad privada ni clases sociales, como la soñó Engels.
Siguiendo ese razonamiento, hoy solo podría pensarse en dos núcleos imperiales posibles: los Estados Unidos de Norteamérica y la Unión Europea.
Veamos: los EE.UU. aunque siguen siendo poderosos, habían venido rezagándose en cuanto a su capacidad para controlar el flujo de capitales y las estructuras financieras, hasta la llegada de la primera administración Trump, con la cual se inició una recuperación, aletargada luego durante el gobierno de Biden y retomada por Trump en su actual gestión.
Pese a todo, Estados Unidos tiene hoy las más grandes empresas supranacionales con sedes en más de cien países y su moneda es aún la referencia, además Wall Street sigue siendo la cabeza del capital financiero que domina otros capitales; basta ver las consecuencias globales de sus movidas.
Sin duda, la creación de la Unión Europea contribuyó a ese retraso, pues Norteamérica estaba sola en su ámbito imperial tras la caída de la Unión Soviética.
Por otra parte, aunque Europa se unificó y es el bloque económico potencial más importante del mundo, sus desaciertos políticos, su incapacidad para consolidar la unión y para crear coherencia en sus políticas económicas, la han vuelto demasiado débil en su democracia interna y como fuerza diplomática. También perdieron al Reino Unido que era un actor clave.
Así que de este lado solo sigue vigente el imperialismo norteamericano, y ¿qué hay del otro lado? Pues Rusia, que no parece tener un gran poder económico salvo su pretendida oligarquía energética, hoy menguada por las sanciones, y su industria militar que tiene capacidad de exportación y de colocar pequeños capitales derivados. Tampoco tiene capacidad para colocar a sus empresas como empresas de competencia mundial y ha perdido terreno en Medio Oriente con la caída de Siria y las dificultades de Irán. Además, su animación expansionista en Ucrania, la ha puesto en un atolladero económico y político del que no saldrá ilesa.
Ahora bien, donde parece que la teoría política de Lenin sobre los imperialismos socialistas se equivocó, fue en el caso de China. No hay dudas acerca de que es hoy una potencia imperialista que cumple con la definición de Lenin, pero contrario a su argumentación se asienta en una nación socialista.
China tiene un músculo financiero importante que exporta masivamente capital a través de préstamos y acuerdos económicos con muchos países y mantiene además una estrecha unión entre el capital bancario y el capital industrial, coloca empresas en múltiples países (África, Centro y Sudamérica, por ejemplo) para extraer plusvalía de los obreros de esas naciones, creó la “Ruta de la Seda” con una inversión de 700 mil millones de dólares, con ferrocarriles, puertos y aeropuertos para que las mercancías chinas puedan llegar más rápido a los países, destruyendo así el capital nacional y las pequeñas y medianas empresas manufactureras incapaces de competir con la mercadería barata china. Pero, además es una potencia militar agresiva y expansionista, siguiendo los pasos de la Rusia de Putin, que busca tomar territorios como ocurre con Hong-Kong, Pakistán, Taiwán, y hasta Japón.
Así que el modelo geopolítico imperial parece tener un nuevo eje que pone a girar al mundo entre dos polos: los Estados Unidos de Norteamérica y China; uno nacido del neoliberalismo democrático y capitalista, y otro engendrado en el seno de una sociedad socialista autocrática y de partido único.
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