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¿Y la tercera pata?

Tomada de Vatican news

Ángel Oropeza 22.01.26

«Ninguna transición puede ser iniciada, y mucho menos consumada, sin la activación de la sociedad civil. Es la resurrección de la sociedad civil lo que marca el inicio del fin de un régimen autoritario.»

(Guillermo O’Donnell, «Transiciones desde un gobierno autoritario»)

En ingeniería política, como en la física, la estructura más estable es el trípode. Igualmente, la teoría política ha demostrado que para que una transición hacia la democracia  sea sostenible y capaz de soportar las inevitables tensiones que ese proceso de cambio genera, necesita equilibrarse sobre tres apoyos esenciales: un sector del “establishment” gobernante con voluntad o al menos dispuesto al cambio (por convicción propia o como producto de una acción coercitiva o de una negociación forzada),  el actor internacional con influencia que apoye y tenga la capacidad de presionar los cambios necesarios, y, finalmente, una sociedad civil organizada y movilizada que legitime y presione desde dentro la transición que desea. La crisis venezolana actual, sin embargo, presenta un trípode cojo: solo dos patas —el gobierno interino de Delcy Rodríguez y la administración de Donald Trump— que cargan con todo el peso del proceso, mientras la tercera pata está debilitada, fracturada o siendo ignorada. En consecuencia, la mesa se tambalea, y corre el riesgo de no servir para construir nada estable. Cualquier acuerdo entre las dos patas existentes será inestable y carente de legitimidad social. El resultado no puede ser otro que un equilibrio ilusorio y un constante riesgo de colapso.

Las causas por las cuales la sociedad civil ha quedado al margen de la actual situación son varias. En primer lugar, la desarticulación sistemática de partidos, ONG, sindicatos y medios que ha llevado a cabo el Gobierno desde hace ya varios años, y que todavía hoy continúa. Además, la criminalización ya no sólo de las protestas sino de casi cualquier forma de expresión (aun individual o privada) de descontento, ha servido como disuasivo para la activación y organización social. A estas dos causas principales se suma una más, derivada de la compleja situación económica a la que sobrevive la mayoría de la población. La preocupación y lucha diaria por comida, medicinas y servicios básicos consume inevitablemente tiempo y energías personales, limitando la capacidad de acción política organizada.

Los riesgos de una transición sin la tercera pata de la mesa no son pocos, y de hecho son muy graves. Para empezar, cualquier salida pactada solo entre élites (tanto nacionales como internacionales) será siempre un arreglo acorde con  intereses cupulares, y corre el riesgo de no contar con el respaldo activo necesario de la población para implementar reformas dolorosas pero necesarias, todo lo cual puede ciertamente atentar contra la viabilidad de tal transición elitista. Si la sociedad no se articula para definir sus prioridades y sus demandas, ese vacío será llenado por los designios de los actores con poder o, en su defecto, por la ley del más fuerte.  Además, en una lamentable repetición de errores históricos,  se perpetúa el modelo de que la solución viene «de arriba» (un mesías providencial, la cúpula militar, un acuerdo entre poderosos, un decreto desde Washington o Miraflores), sin construir ciudadanía y volviendo a desdeñar el rol de la sociedad civil como sujeto activo del cambio político.

Como advirtieron Juan Linz y Alfred Stepan, dos de los teóricos más reconocidos en el tema de las transiciones, cualquier arreglo que excluya a la sociedad civil se sostiene sobre “pies de barro”, careciendo de la legitimidad necesaria para emprender las duras reformas que toda transición requiere.

Reconstruir un país no es simplemente quitar y poner gobernantes, es restituir el tejido social, la confianza y el contrato cívico. Eso solamente puede hacerlo la sociedad misma.

Es necesario que la comunidad internacional (no sólo EE.UU., sino también Europa y  América Latina) dirija sus esfuerzos y recursos no sólo a alimentar exclusivamente a figuras políticas, lo cual no deja de ser importante, sino también a ayudar y fortalecer a actores de la sociedad civil autónoma (universidades, Iglesia, sindicatos independientes, asociaciones de vecinos, cooperativas, medios comunitarios, redes de defensores de DDHH). Y esta sociedad necesita pasar de la protesta reactiva a la propuesta organizada de soluciones e ideas. A pesar de las dificultades para la organización y la  movilización, es necesario diseñar con creatividad actividades de bajo riesgo que permitan a sectores sociales reencontrarse y reducir la actual dispersión. Las universidades y los centros de investigación académica tienen también las armas de la inteligencia y los conocimientos técnicos para ponerlos al servicio del diseño de propuestas de consenso  y de la construcción progresiva, y desde debajo, de una agenda política ciudadana alternativa y propia.  Cualquier negociación o «plan de transición» debe necesariamente contar con vías de participación social formal, que incluya mecanismos de rendición de cuentas hacia la población, si no quiere correr el riesgo de no ser sostenible ni viable.

El politólogo Adam Przeworski, uno de los mayores expertos en transiciones políticas, ha argumentado que la estabilidad democrática requiere institucionalizar el conflicto, lo que a su vez exige que las demandas sociales encuentren cauces organizados para ser escuchadas. Desde esta perspectiva, ignorar a la sociedad civil no es sólo un déficit democrático, sino un error estratégico, ya que cualquier arreglo de élites que no construya legitimidad social acumula una deuda política que inevitablemente estallará, haciendo insostenible cualquier transición. El llamado de Przeworski es claro: fortalecer la tercera pata no es una opción idealista. Es la condición práctica para que la mesa de la transición no se tambalee.

Ciertamente las transiciones están plagadas de ambigüedades, no tienen un desenlace definitivo, ni tienen un “outcome” predeterminado.  Pero hay que insistir y subrayar que mucho de lo que será nuestro futuro depende de lo que hagamos o dejemos de hacer hoy. Las organizaciones y sectores sociales, desde la riqueza de su diversidad y de sus diferencias, debemos empezar a pensar como actores y no como simples espectadores de una obra montada y dirigida por otros. Se trata de pasar de ser el pueblo que sufre y espera, a ser la ciudadanía que exige y construye.

En esto por supuesto no hay recetas ni guiones preestablecidos. Pero ello, en vez de un obstáculo, es una oportunidad para crear, para construir una agenda de transición democrática propia, de la gente y sus sectores organizados. Porque sobre Venezuela y su futuro hay muchas agendas, pero falta la nuestra. La agenda desde abajo.

La tercera pata no es un adorno, es el sostén. Sin una sociedad civil revitalizada, activa y protagónica, cualquier «acuerdo» sobre Venezuela será un parche temporal, una nueva fachada para un edificio que exige reparaciones profundas. La verdadera transición comenzará cuando el pueblo deje de ser espectador y reclame, con organización y propuestas, su lugar en el escenario. La pregunta no es sólo «¿y la tercera pata?», sino ¿cómo la fortalecemos antes de que la mesa se desplome?

Dios a veces se oculta en acontecimientos difíciles de entender, pero no nos abandona nunca. Pidámosle  discernimiento y sabiduría para construir nuestra agenda, y tolerancia y humildad para encontrarnos y trabajar juntos, porque la única forma que esa agenda sea viable, es que la construyamos entre todos, a partir de nuestras diferencias y de nuestros consensos.

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