
Tomada de El Periódico
José G. Castrillo M. (*) 04.05.26
Las guerras han sido una constante en la historia de la humanidad desde sus inicios. Han moldeado civilizaciones, fronteras y culturas. En ese largo recorrido histórico, las diversas sociedades —tribus, reinos, imperios, Estados-nación— por múltiples razones o causas —el miedo, el prestigio o el interés, según el historiador ateniense Tucídides— han usado la violencia deliberada o la guerra (decisión política) para conquistar, destruir a otras entidades políticas o pueblos, o para mantener su estatus frente a ellas.
En el siglo XX, decenas de conflictos o guerras sacudieron a la humanidad, pero las más destacadas por su intensidad —uso a gran escala de recursos humanos, económicos y materiales— y por su extensión territorial —número de países involucrados— fueron la Primera Guerra Mundial (1914-1918) y la Segunda Guerra Mundial (1939-1945).
En la Primera Guerra se estima que murieron unos 20.000.000 de personas, entre civiles y militares, mientras que en la Segunda Guerra murieron entre 60.000.000 y 80.000.000. Además, si agregamos los costos materiales y de recursos entre ambos eventos, la destrucción física de ciudades, cultivos y vías de comunicación, entre otras infraestructuras, fue inmensa, y se gastaron miles de millones de dólares.
A medida que las naciones se desarrollaban económica e industrialmente, la guerra se hacía más compleja, debido a los grandes ejércitos que se constituían en formidables máquinas de guerra, con miles de hombres y sistemas de armas cada vez más avanzados y mortíferos (tanques, cañones, aviones, buques, cohetes, misiles, bombas, radares, satélites, drones, armas hipersónicas, inteligencia artificial, ciberespacio).
Con un desarrollo industrial-tecnológico exponencial, la guerra hoy día es cada vez más costosa para los Estados que apelan a ella para dirimir sus diferencias o imponerse a otros actores o adversarios. Con ello no queremos decir que la guerra sea exclusiva de grandes y ricas potencias: también ha habido guerras catastróficas entre países modestos o pobres.
Entrando ya en la tercera década del siglo XXI, la guerra como acto político se ha manifestado con una intensidad relativa, pero con altos costos materiales y humanos para los afectados o involucrados. En tal sentido, destacan las guerras en Ucrania e Irán.
1) La guerra en Ucrania.
El 24 de febrero de 2022, luego de varios meses de tensiones entre Rusia y Ucrania, Moscú inició una “operación militar especial”, lanzando una ofensiva militar a gran escala por tierra, mar y aire, atacando múltiples regiones de Ucrania, incluyendo la capital, Kiev. Esta operación es una escalada del conflicto ruso‑ucraniano que se inició en 2014, tras los sucesos del Euromaidán y la anexión de Crimea por parte de Rusia.
El presidente ruso, Vladimir Putin, justificó la invasión como una respuesta a la expansión de la OTAN, lo que consideró una amenaza a la seguridad nacional de Rusia.
2) La guerra en Irán.
Las tensiones entre Irán, Israel y Estados Unidos escalaron significativamente a partir de 2024, con intercambios de ataques con drones y misiles. En junio de 2025 se produjo la llamada “guerra de los 12 días”, un conflicto directo entre Israel (apoyado por Estados Unidos) e Irán, que incluyó ataques a infraestructuras nucleares y militares iraníes, con sus respectivos contraataques de Irán contra Israel.
La situación se agravó el 28 de febrero de 2026, cuando Estados Unidos e Israel lanzaron una serie de bombardeos masivos contra Irán, iniciando una guerra abierta, no declarada, que ha incluido el bloqueo del estrecho de Ormuz, por donde transita el 20% del petróleo y el gas a nivel global, generando graves distorsiones económicas como el aumento del precio de la energía.
Ambas guerras tienen en común el uso intensivo y masivo de tecnología militar avanzada, como misiles de crucero y balísticos, y drones, que cuestan millones de dólares. En términos económicos, para los actores involucrados —especialmente los agresores— esto supone una enorme cantidad de recursos para mantener su esfuerzo de guerra —hombres, armas, logística— y procurar así sus objetivos. Para los agredidos, igualmente implica gastar muchos recursos, pero la necesidad de prevalecer les obliga a resistir y buscar medios asimétricos para hacerle costosa y gravosa a sus agresores la decisión de ir a la guerra.
En estas dos guerras hay lecciones para todos: los agresores y los agredidos. Ambos conflictos están en pleno desarrollo —Ucrania en plena guerra e Irán en una pausa del fuego para buscar una salida negociada—. La lección más relevante de todas es el alto costo material de ambas guerras. Los Estados agresores subestimaron a sus adversarios y parecían no tener claros sus objetivos fundamentales. Tampoco tenían clara su estrategia de salida o cuándo detenerse. Por tanto, sus operaciones militares se convierten en un pantano del cual es difícil salir victorioso.
Cuando las guerras se estancan aumentan los costos políticos y económicos para los decisores políticos. Estados Unidos y Rusia saben mucho de estos costos.
(*) Politólogo / Magíster en Planificación del Desarrollo Global.
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