Opinión y análisis

El último discurso de Carlos Andrés Pérez

Lucia ReyneroPor: Lucía Raynero

El segundo mandato presidencial de Carlos Andrés Pérez (1989 – 1993) se inició con una alocución transmitida en cadena nacional por radio y televisión (16 de febrero de 1989) en la cual informaba sobre la necesidad de aplicar un programa de ajustes macroeconómicos con el fin de recuperar las reservas internacionales, reducir el estatismo y el proteccionismo y enrumbar al país por la senda de los países desarrollados y prósperos. Once días después estalló el Caracazo con su cuota de muertos, saqueos y destrucción. Este paréntesis cruento no significó la suspensión del denominado “paquete neoliberal” puesto que el asunto no se reducía solo a la aplicación de unas medidas económicas coyunturales, sino que se buscaba la reforma del Estado y unas transformaciones de índole estructural de la economía y la política y, por lo tanto, también de la sociedad.

Sin embargo, el Caracazo fue una herida abierta para el gobierno de Pérez, pero también para la democracia como se ha visto posteriormente. Las reformas se emprendieron con tanta resistencia, inclusive del propio partido de gobierno, Acción Democrática, que todo lo que se hiciera entonces se sentía como si se transitara un largo camino empedrado y empinado.

La crisis política originada por el Caracazo, los dos intentos de golpe de Estado de 1992 y la caída de la plataforma política de CAP debilitaron profundamente la institucionalidad del país y con ella la democracia. El país quedó frente a una especie de gran agujero negro, que devoraría todo aquello que se le interpusiera, entre ellos, un bastión principalísimo de la democracia: los partidos políticos.

La caja de Pandora comenzó a abrirse en marzo de 1993 cuando el Fiscal General de la República, Ramón Escobar Salom, solicitó ante la Corte Suprema de Justicia un antejuicio de mérito contra Carlos Andrés Pérez por el delito de malversación de fondos públicos de la llamada “partida secreta”. El monto era de 250 millones de bolívares, que equivalían entonces a 2.954.384 dólares americanos. El 20 de mayo de ese año, el máximo tribunal dictaminó que había indicios suficientes para enjuiciar al presidente de la República y suspenderlo inmediatamente de sus funciones. Ese mismo día Carlos Andrés Pérez leyó su último discurso a la nación.

Este documento fue una advertencia al país de la crisis desmedida que sobrevendría y de los duros tiempos que nos esperaban. Fue una invitación a la reflexión, a la cordura y a dejar de lado los intereses particulares de políticos y medios de comunicación para que se abocaran a velar por los intereses de Venezuela. Fue también una acusación contra la conspiración militar encarnada en los fracasados golpes de Estado del 4 de febrero y del 27 de noviembre de 1992 y contra la conspiración civil; pero fue también un resumen de su obra como presidente. Aquí destacó cuáles reformas políticas y económicas se llevaron a cabo en los cuatro años de gobierno. Pérez afirmaba que el “Estado macrocefálico” había terminado, pues no era posible seguir con la política rentista y estatista lograda a lo largo de cinco décadas por el financiamiento petrolero. Se equivocó de palmo al pensar que la “macrocefalia” venezolana había llegado a su fin y los gobiernos futuros mantendrían dicha política económica. A partir de 1999 el recién elegido presidente de la República Hugo Chávez Frías comenzó a desandar el camino que había trazado el Estado venezolano diez años antes.

Pérez asumió esa reforma en 1989 sin vacilaciones porque contaba con su popularidad y liderazgo, sin percibir que se sentaba sobre una falsa seguridad. En el discurso subrayó otra importante reforma: la democratización del poder de la presidencia de la República al transformarla de un poder absoluto a uno moderado. Esa mutación, pensaba él, se había logrado con las primeras elecciones de gobernadores celebradas en su mandato, así como también por las reformas a las leyes del sufragio y a las del régimen municipal que permitieron la elección de los alcaldes y concejales.

Veinte años después de este discurso Venezuela se ha visto sujeta a una camisa de fuerza de controles económicos y políticos. La presidencia de la República devino en una especie de poder leviatánico que todo lo abarca, incluso arropa a los demás poderes disolviendo sus competencias. Se han celebrado innumerables elecciones, pero la democracia está más débil que nunca. Hemos tenido en estos últimos años unas entradas ingentes de riqueza producto del alza de los precios del petróleo y sin embargo, padecemos recurrentemente de devaluaciones e inflación.
Tenemos más de dos décadas de crisis política y si hablamos de la económica ya sobrepasamos los tres decenios. De las crisis se aprende, pero siempre y cuando estemos dispuestos a aprender, si no estaremos condenados a vivir en ellas permanentemente.

El último discurso de Carlos Andrés Pérez como presidente de la República nos recuerda que, pese a sus errores y aciertos en la vida nacional, Venezuela debe seguir su rumbo democrático porque como él señaló ese día de mayo de 1993 “en las democracias son siempre preferibles los abusos de la oposición que los abusos del gobierno”.

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