Opinión y análisis

Democracia y dimensión económica de la libertad

Carolina GuerreroPor: Carolina Guerrero

La crítica contra la democracia liberal, hilvanada desde los inicios de la praxis moderna de la representación, ha estigmatizado la dimensión económica del liberalismo. Antes de proseguir, nótense las siguientes aclaratorias. Primero, el liberalismo al que me refiero es cosa muy distinta al neoliberalismo: mientras el liberalismo supone una constelación de espacios para el despliegue de la libertad (donde junto a lo político coexiste lo económico), el neoliberalismo suprime lo político, y aspira a la economización de toda esfera humana. Segundo, recuérdese que el liberalismo (cabría aquí su conjugación en plural) es una narrativa del republicanismo de los modernos, aquella que articula la actualización de la tradición republicana en la sociedad comercial como espacio de realización de la libertad política, civil e individual, y donde la separación entre Estado y sociedad es expresiva del poder (político) de la sociedad civil: aquella que afirma las posibilidades dinámicas de despliegue del bien común y construye, mediante su emprendimiento diverso, la grandeza de la república.

El ciudadano liberal preserva la esencia del ciudadano republicano clásico. Me refiero a la condición cívica constituida por la política trinidad: autonomía, autarquía y autosuficiencia. Significa que para ser libre un ciudadano debe estar en capacidad de gobernarse a sí mismo y de bastarse a sí mismo. Esto último se da en el contexto de la vida social y remite a la muy republicana vinculación entre libertad y propiedad privada: para ser libre es necesario ser propietario en el sentido que nos ha legado la tradición republicana de la sociedad comercial. Significa ser propietario de un saber, un arte, un trabajo, de la capacidad del individuo de proveer utilidad para sí mismo, sus conciudadanos, su sociedad, su república. De allí surge la pulsión liberal de la sociedad frente al Estado, siendo ella fuente de riqueza (material, intelectual, espiritual) y dique frente a la pretensión del Estado de ser fuente de dependencia para subordinación de los ciudadanos.

La dimensión económica del liberalismo (nunca excluyente, por cierto, de la participación política de los ciudadanos en lo público) inherente a la democracia es elemento de libertad, no de alienación. El interés por el trabajo, la producción, la creación de riqueza y la generación de rentas es (pre)ocupación del ciudadano libre que se despliega en el plano de lo individual –como realización del interés privado– y de lo público, como posibilidad para la construcción plural de bien común en la república por parte de una sociedad que, en tanto autónoma, rechaza ser sometida a una voluntad heterónoma, la del poder estatal.

A 56 años de la restauración de la democracia en Venezuela, hoy, en tiempos de efervescencia del discurso de la “democracia” participativa y protagónica, la demanda de participación política está atada a la demonización de la dimensión económica de la libertad, propia de la democracia liberal. Y recuérdese, por tanto, que la participación política bajo situación de dependencia (material, por ejemplo) frente al Estado es tan solo una ilusión de libertad.

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