Opinión y análisis

¿Está surgiendo un movimiento social en Venezuela?

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Por: Juan Manuel Trak / 27 de febrero de 2014

En las últimas dos semanas Venezuela ha atravesado una de sus crisis políticas más importantes desde 2002; ciudadanos de todo el país han salido a las calles a manifestar el descontento frente a los resultados del sistema político, obteniendo como respuesta la represión por parte de los organismos del Estado. Esta situación, que comenzó como una protesta de los estudiantes contra la inseguridad en el Estado Táchira, ha conducido a un aumento de la conflictividad social pero, ¿es esto el surgimiento de un movimiento social?

Según McAdam, McCarthy y Zald (1996), existen tres factores que han de ser analizados al observar el surgimiento y desarrollo de los movimientos sociales: las oportunidades políticas, estructuras de movilización y procesos enmarcadores. El primer factor refiere a los cambios que se presentan en el sistema político que generan incentivos o restricciones para la acción colectiva, Tarrow (2011: 284) se refiere a ellos como “dimensiones consistentes – aunque no necesariamente formales o permanentes – del entorno político que ofrecen incentivos para que la gente participe”. El segundo factor, las estructuras de movilización, se refiere a los canales o mecanismos que pueden utilizar las personas para involucrarse en dicha acción. Estos mecanismos son formales e informales, e implica organización, redes y estrategias de manifestación las cuales están fuertemente influenciada por la cultura y experiencia histórica de la sociedad en la ocurre el movimiento social. Por último, los procesos enmarcadores, los cuales están referidos a la construcción del significado de la acción social, es decir, los marcos, identidades y emociones que fundamentan la acción colectiva (Tarrow, 2011). A continuación se analiza cómo se manifiestan cada uno de estos factores con el fin de explorar si lo que se experimenta en Venezuela en estos momentos es el surgimiento de un movimiento social.

En primer lugar, existen cambios importantes en el sistema político que han generado incentivos para la movilización. Por un lado, la muerte de Hugo Chávez despojó al gobierno de uno de sus principales pilares: el carisma del fallecido presidente, el cual permitía mantener la conexión emocional entre buena parte de la población y el proyecto político que él encarnaba. A esto se le suma la falta de liderazgo de Nicolás Maduro, quien ha llegado a la presidencia con importantes cuestionamientos sobre su legitimidad en las elecciones de abril de 2013. Por otro lado, existe un creciente descontento en la población por el desempeño del sistema político, los altos niveles de inflación y escasez que, aunados a la grave situación de inseguridad que vive el país, han minado severamente las bases de apoyo del gobierno de Maduro. En este sentido, los bajos niveles de apoyo que tiene el gobierno han sido percibidos por algunos actores como una oportunidad para exigir cambios a la élite gobernante. Adicionalmente, la ausencia de elecciones en el mediano plazo ha obligado a algunos partidos políticos a replantearse la estrategia de movilización, estableciendo como foco principal de sus acciones las protestas en la calle.

En este contexto, el movimiento estudiantil, algunos partidos políticos y parte de la sociedad civil han detectado una oportunidad para exigir cambios importantes en el sistema a través de una política contenciosa, buscando generar un efecto dominó en el resto de la sociedad. Sin embargo, existen restricciones importantes que amenazan el surgimiento de un movimiento social: la capacidad de represión del gobierno, como la vista desde el 12 de febrero, puede desincentivar a parte de los ciudadanos a participar en las protestas callejeras; la cohesión mostrada por la élite, la cual minimiza cualquier voz disidente dentro de sus filas como el caso del gobernador del Táchira, Vielma Mora; y la ausencia de una apertura institucional que permita introducir cambios en el sistema político, como podría ser la intervención de un mediador legítimo para dirimir el conflicto entre ambas partes.

En segundo lugar, en cuanto a la estructura de movilización, el movimiento estudiantil ha logrado generar a través de las redes sociales y mecanismos de organización interna para una movilización más o menos efectiva de los jóvenes universitarios. Así mismo, las redes partidistas como las de Voluntad Popular han logrado la movilización de su militancia, a tal punto que han sido percibidos como una amenaza por el gobierno y han allanado las oficinas de dicho partido y proscrito a varios de sus líderes. Por otro lado, las organizaciones formadas para la defensa del voto y otras redes informales también han servido como mecanismos para la organización de la movilización.

En este sentido, se observa como los actores formales, partidos políticos o representantes estudiantiles, apelan a estrategias menos contenciosas y más moderadas para la manifestación de demandas al gobierno; mientras que los actores informales, grupos en las redes sociales o vecinos, utilizan mecanismos de protestas que están fuera de los parámetros convencionales y desafían con mayor fuerza a la autoridad. De allí que el repertorio de la protesta sea tan variopinto, observándose acciones desde manifestaciones masivas, concentraciones y asambleas de ciudadanos, hasta actividades de volanteo en lugares públicos, actos simbólicos e incluso barricadas o “guarimbas” en varias ciudades del país. Las formas de manifestación del descontento no siguen una estrategia formalmente delimitada por algún actor político en particular, sino que existe un alto grado de espontaneidad por parte de la ciudadanía. No obstante, se observan discrepancias entre los actores de oposición sobre los tiempos y estrategias de confrontación al gobierno, derivando en conflictos internos que reducen la capacidad de movilización, la claridad de los objetivos y la capacidad de presión.

Por último, existe un proceso de enmarcación de la situación que permite a los ciudadanos dar sentido a la acción colectiva. Este proceso surge de la frustración acumulada de expectativas derivada de un importante deterioro en la calidad de vida de los venezolanos, el fracaso de las políticas económicas y la incapacidad de controlar la violencia e inseguridad cotidiana. Si bien el gobierno ha tratado de enmarcar estos problemas como consecuencia de una “guerra económica” o una consecuencia del “capitalismo”, la realidad es que una buena parte de los venezolanos está atribuyendo las causas de la crisis a la incapacidad del gobierno de manejar el país.

Por otro lado, el arresto de Leopoldo López dejó de ser un mero procedimiento judicial para convertirse en un acto de heroísmo y sacrificio personal ante un gobierno que es considerado como injusto; la puesta en escena del arresto de López logró cristalizar la percepción de que el gobierno no procede democráticamente. A lo anterior se le suma la respuesta represiva con la que se ha actuado en contra de los estudiantes universitarios y las múltiples denuncias de violaciones a los derechos humanos, lo que reafirma la percepción de la injusticia y agravio cometido por las fuerzas del Estado. En este proceso de enmarcación ha sido de gran ayuda las manifestaciones provenientes del mundo artístico y deportivo a nivel mundial, quienes han colocado sobre la agenda de la opinión pública internacional la situación de conflictividad que vive el país y la represión ejercida por el Estado. No obstante, existen fallas importantes en el mensaje emitido desde los actores que empujan el movimiento: mientras algunos piden la salida del gobierno sin esclarecer los mecanismos para ello, otros claman por reivindicaciones puntuales como liberación de los detenidos, fin de la represión y desarme de los colectivos. Esta disparidad puede generar una sobrevaloración de expectativas que terminará frustrando a los manifestantes y cohibiendo su participación en el futuro. Tampoco se ha logrado trasmitir un marco interpretativo que llegue a otros sectores sociales descontentos con el gobierno, pero que no se ven representados en quienes lideran la oposición.

Se observa entonces la aparición de algunos elementos de un movimiento social embrionario, cuyo resultado es impredecible en estos momentos, pero que no necesariamente lograrán los cambios que se aspiran. Los desafíos a los que se enfrentan los actores de la contienda no son pocos, en primer lugar, la movilización debe apuntar a abrir nuevas estructuras de oportunidad política como cambios en los titulares de los poderes públicos, una agenda de negociación con el gobierno o la mediación de instituciones como las iglesias o universidades del país. En segundo lugar, la estructura de movilización debe estar más coordinada en cuestiones tales como el repertorio de protestas que se realizan, los mensajes y significados que se buscan trasmitir así como su alcance. Las barricadas espontáneas y aisladas no son suficientes como para desafiar seriamente al gobierno, sobre todo si no se incorpora a una parte de la sociedad venezolana que en algún momento confió en el proyecto chavista pero que se siente decepcionado de su funcionamiento, una vez fallecido Chávez. Lo anterior pasa por la construcción de un mensaje claro que permita enmarcar la interpretación de la situación en un lugar compartido para la mayoría del país; y que obligue a ciertos actores dentro de las élites gobernantes a forzar cambios en las políticas del gobierno o en el gobierno mismo.

Bibliografía Consultada

[1]  McAdam, Doug; McCarthy, John y Zald Mayer (1999). Oportunidades, estructura de movilización y procesos enmarcadores: hacia una perspectiva sintética y comparada de los movimientos sociales. En Doug McAdam, Doug; John McCarthy y Mayer Zald. Movimientos Sociales en Perspectiva Comparada, Madrid: Ediciones Istmo.

[2] Tarrow, Sydney (2011). El Poder en Movimiento. Madrid: Alianza Ediotrial.

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