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¡CUIDADO! Irresponsables trabajando…

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Por: Benigno Alarcón / Jueves, 15 de mayo de 2014

faro52

Esta semana me salgo un tanto de la línea analítica y predictiva, aunque no del todo, a la que tengo acostumbrados a mis lectores, para hacer un poco de la tan necesaria catarsis. En esta oportunidad inspirado por la caricatura Mafalda que encabeza este artículo, y que llegó a mi cuenta de twitter en medio de un intercambio con mi buen amigo el Dr. Ludwig Schmidth, uno de los más destacados profesores de Ética de la UCAB, a lo que se sumó el valiente artículo de Mario Villegas publicado el pasado 12 de Mayo en Noticias 24. (http://www.noticias24.com/venezuela/noticia/238330/mario-villegas-decir-la-verdad-y-nada-mas-que-la-verdad/).

Después de haber afirmado la semana pasada que este diálogo iba muy mal, hemos sido testigos de su congelamiento por falta de resultados, aunado a la urgente necesidad de la oposición por darle un golpe a la mesa tras las sospechas generadas por la Sra. Roberta Jacobson, subsecretaria de Estado para América Latina, en la audiencia sostenida ante el Comité de Relaciones Exteriores del Senado norteamericano. Pero la realidad es que el diálogo y el país están en donde están por una razón fundamental: el gobierno venezolano viene involucionando hacia una peligrosa hegemonía conformada por ¨irresponsables trabajando¨, como nos advierte Mafalda, con el único objetivo de controlar y mantener el poder.

Y cuando hablamos de irresponsabilidad no lo hacemos como la afirmación vacía que podría hacer cualquier persona opuesta a un gobierno determinado, sino que por el contrario pretendemos hacerla desde la mayor responsabilidad. Veamos, entonces, algunas de las irrefutables razones que sustentan tal afirmación.

El diálogo como táctica dilatoria

El país se encuentra desde hace varios meses sumido en la peor crisis política de los últimos 50 años, y posiblemente, según afirman algunos de los que la vivieron, peor inclusive a la vivida cuando la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Obligado por tales circunstancias el gobierno acepta, después de varias negativas, sentarse en la mesa de diálogo con los representantes de la MUD, pero advirtiendo siempre que no había nada que negociar y tratando de deslegitimar a la oposición de manera permanente en el discurso y en los hechos durante el proceso.

Desatendiendo las mismas advertencias del gobierno sobre la inutilidad de dicho diálogo, e interpretando aquella advertencia como un recurso discursivo necesario ante la audiencia más radical del oficialismo – que no era distinta a la posición sostenida por el sector más extremista de la oposición- una parte de la MUD acepta sentarse contra viento y marea, y a riesgo de su propio prestigio y legitimidad, en una mesa de diálogo que nada prometía en términos de obtener algún resultado concreto y significativo para la oposición, tal como explicábamos en nuestro anterior artículo. Pero que la Mesa de Diálogo, hasta ahora, no haya servido para buscar soluciones a la grave crisis de gobernabilidad que vive el país no es atribuible a la oposición, sino a la enorme irresponsabilidad del gobierno que utiliza el diálogo para dividir a la oposición y ganar tiempo, mientras el gobierno encuentra la fórmula para lidiar y desgastar la protesta.

Es así como hasta el presente momento las causas que dieron origen no solo a esta crisis política, sino también a la económica, persisten y parecen agravarse cada día, mientras el gobierno va arrinconando a la oposición mediante una combinación de diálogo sin resultados, desgaste y represión.

La represión como política de Estado

La gobernabilidad democrática se sustenta principalmente en una combinación de capacidad de gobierno y legitimidad. Cuando se analiza cualquier estudio estadístico serio reciente puede constatarse que ninguno de los dos factores está presente en la actualidad. En cuanto a la capacidad de gobierno, vemos como día a día el país se hunde progresivamente en una de las peores crisis económicas de las que se tenga memoria, sin esperanzas de salir de ella en el corto plazo. Todos los indicadores macroeconómicos se encuentran en niveles bastante peores que los que han originado intervenciones de emergencia del Fondo Monetario Internacional en el mundo. En cuanto a los indicadores microeconómicos, todos los días nos topamos con el desabastecimiento al tratar de adquirir muchos de los bienes esenciales, o nos vemos forzados a pagarlos a precios muy por encima de los internacionales, como resultado de una espiral inflacionaria que ya se ubica en el 70% y en muchos rubros supera los tres dígitos, lo cual resulta impensable para cualquier país serio en los tiempos actuales, cuyas economías han logrado mantener la inflación en un solo dígito sin grandes sobresaltos.

A nuestra actual realidad económica se suman otras evidencias irrefutables sobre la incapacidad para gobernar: la inseguridad, la cual ha llegado a niveles tales que incluso algunos la comienzan a ver como algo inmanejable y casi inevitable, cuando la realidad es que existen las herramientas y el conocimiento para su manejo, pero se requiere la voluntad política y la capacidad para implementar las soluciones. Lo mismo puede decirse de otros muchos problemas que se diluyen ante la cotidianidad de los más graves, como es el caso de la electricidad, el agua, la infraestructura, el contrabando de extracción, el narcotráfico, y pare usted de contar porque el espacio no da para tanto.

El impacto político de todos estos problemas se evidencia en los últimos estudios de opinión pública de las encuestadoras, también serias, que muestran importantes cuestionamientos a la gestión y a la poca capacidad del gobierno, acompañados de un descenso significativo en la legitimidad del jefe de Estado, la cual va en caída libre a niveles tales que, actualmente, el porcentaje de la población que justifica la necesidad de un cambio de gobierno antes de la finalización del período constitucional – siempre por vías democráticas y constitucionales- supera el 50% perforando el piso de quienes a pesar de todo se siguen autodenominando como chavistas.

Cuando un gobierno democrático pierde su capacidad de gestión y ve reducida su legitimidad tiene dos vías que normalmente se combinan para recuperar la gobernabilidad del país. La primera de ellas es la construcción urgente de un amplio acuerdo político que le permita recuperar la gobernabilidad mediante la cooperación de los sectores que se le oponen, lo que se acompaña con la renovación de autoridades que se inicia normalmente con un cambio de gabinete capaz de emprender un giro profundo en el manejo de los asuntos públicos. Si estas medidas fallan, la solución que un gobierno democrático consideraría es su propia renovación, es decir, un llamado a elecciones que permita recuperar la paz y gobernabilidad del país, mediante la escogencia de un nuevo gobierno cuya renovada legitimidad le permita reconstruir las condiciones necesarias de gobernabilidad. Lo que jamás haría un gobierno responsable y democrático es polarizar al país mediante una confrontación pueblo contra pueblo, o sacrificar a su propio pueblo instalando un estado de terror y represión, como política de estado, para mantenerse en el poder, como ha sido nuestro caso desde hace ya varios meses.

La gobernabilidad democrática se fundamenta en la subordinación voluntaria de los gobernados a un gobierno al que se le considera como legítimo, no solo en razón de su origen electoral, aspecto que significó el inicio de los problemas para Maduro, sino por la legitimidad que se construye mediante la gestión del día a día. El control del poder por la fuerza mediante la represión brutal y desmedida contra quienes se le oponen nada tiene que ver con gobernabilidad democrática, sino que por el contrario es su antítesis. Es por ello posible decir que a estas alturas el gobierno no mantiene ninguna condición que le permita definirse como una democracia, al haber cruzado la raya de lo que en artículos anteriores hemos llamado régimen híbrido, para convertirse en un autoritarismo hegemónico, separado de las dictaduras cerradas o tradicionales por la existencia (por ahora…) de elecciones, lo que no lo hace una democracia per se, sino una forma moderna de dictadura como las que vemos hoy en día en países como: Rusia, Bielorrusia, Zimbabue y Guinea Ecuatorial, entre muchos otros, donde los gobiernos permiten tanta competitividad electoral y la representación política de la oposición, como les resulte funcional a su objetivo prioritario de garantizar su permanencia en el poder.

El cuento del golpe de estado

A fin de justificar la represión selectiva contra quienes lideran la oposición y pueden poner al gobierno en problemas, y masiva contra quienes protestan, el gobierno monta un guión de ciencia a ficción que por ¨chimbo¨ termina siendo increíble para el mismo oficialismo.

Es así como desde el discurso oficial se nos vende una vez más la muy desgastada versión según la cual detrás de la criminalidad, la escasez, la inflación, la falta de divisas, el contrabando de extracción y hasta los cortes de luz no está la incapacidad gerencial del gobierno, sino un golpe de estado en desarrollo continuo. Para darle credibilidad a su historia, el gobierno entrega al país, cual regalo mal envuelto, uno de sus peores actos de irresponsabilidad: mete en el mismo paquete a políticos, artistas, estudiantes, vecinos que gritan desde sus apartamentos contra quienes agreden a los manifestantes, rectores universitarios, sacerdotes y hasta a una vendedora de empanadas, como las piezas de una complejísima maquinaria conspirativa que fragua una muy sofisticada guerra de última generación bautizada como ¨el golpe blando¨.

Para todo organismo de inteligencia seguir indicadores, tendencias y encontrar patrones que les permitan dilucidar escenarios posibles constituye una tarea ya de por si complicada, pero no me quiero imaginar las penurias que la inteligencia del Estado debe estar pasando ahora al tratar de alimentar y dar sustento a la hipótesis golpista que el gobierno necesita desesperadamente hacer creíble para justificar la irresponsabilidad con que esta crisis de gobernabilidad se ha venido manejado. Tal vez la preocupación actual del gobierno radica en su consciencia de que si bien las crisis de gobernabilidad no son golpes de estado, también tumban gobiernos, no por la acción coordinada de un pequeño grupo de conspiradores armados, sino por la acción anárquica de cientos de miles de personas, que en nuestro caso es ya más de la mitad del país, que actúan sin una visión clara y estratégica de cómo hacerlo, pero con la determinación irrenunciable de salir de la difícil situación en la que viven. Y cuando estas condiciones persisten porque el gobierno no encuentra la forma de recuperar la gobernabilidad del país, pero tampoco de someter a quienes protestan, puede suceder que mientras el gobierno cierra todas las salidas democráticas a la crisis, de tanto usar la excusa de la conspiración y recordar la barajita del golpe, a alguien que si tiene control sobre las armas del Estado, se le ocurra tomar la iniciativa, como sucedió en Egipto, para demostrar que los golpes de estado reales siguen siendo duros.

Fuerza Armada, Policía Nacional y oposición unidas en una misma causa: debilitar a Maduro

Cuando uno pasa una parte importante de su vida haciendo análisis político para entender cómo funcionan las cosas, los hechos comienzan a interpretarse muchas veces en sentido contrario a como los ve la mayoría de la gente desde la información casi siempre limitada que los medios nos proporcionan. Si Usted supone que el gobierno no comprende que lo que está hoy planteado es una crisis generada por sus malas decisiones económicas o que no se ha enterado que esto es una crisis de gobernabilidad y no un golpe, lamento decirle que el ingenuo es Usted. Ni Diosdado Cabello, ni el ministro Rodriguez Torres, ni Maduro (pese a justificadas dudas por el pajarito), entre otros, están donde están por tontos, y si hay gente con la información completa y precisa para comprender lo que está pasando son actores como los mencionados. Cuando el lector quiera ser más acertado en sus predicciones y observe que lo absurdo comienza a estar en el extremo de la estupidez, aplique la máxima de ¨piensa mal y acertarás¨ y los resultados casi nunca le decepcionaran.

Desde hace varias semanas hemos sido testigos de un esfuerzo importante del aparato represivo del Estado, e incluso mucho más efectivo que el de la misma oposición, para no permitir que la protesta desaparezca. Sin las arremetidas al regreso de Semana Santa contra 18 universidades y cientos de estudiantes, que constituyen justamente el avispero de la protesta, los niveles de la misma no serían ya preocupantes para el gobierno. El resultado más probable de estas arremetidas estaba claro para el gobierno, el apoyo a las protestas se mantiene muy alto, aunque no a la protesta violenta, lo cual es útil para evitar su colectivización a niveles que se vuelvan inmanejable para los mismo militares, al tiempo que Maduro crece en impopularidad.

Es así como oposición y aparato represivo del estado han cooperado, orquestadamente o no, para acabar con la precaria legitimidad con la que Maduro inaugura su gobierno tras unos resultados electorales sumamente cuestionados y jamás aclarados. Pero siguiendo la máxima de ¨piensa mal y acertaras¨, si bien las intenciones de la oposición son evidentes en función de su posición política, ¿cuál puede ser la explicación a la acción anti-diálogo de una parte del gobierno que se ha dedicado a sabotearlo al tiempo que escala el conflicto en las calles?, pienso que solo hay una: EL PODER. Es así como una parte del gobierno y la oposición, por razones opuestas y sin pretender ayudarse, avanzan en la destrucción política de Maduro.

La respuesta dada a través de la represión y los obstáculos a la construcción de un acuerdo de gobernabilidad han convertido hoy al sector militar en el actor más poderoso del gobierno, al hacer depender progresivamente la presidencia de Maduro de un único medio de control social y político: LA REPRESIÓN. Esta situación se traduce en el día a día en una mayor presencia del componente militar en el alto gobierno y en la toma de decisiones políticas, así como en una mayor asignación de recursos económicos que implican oportunidades de enriquecimiento para quienes manejan presupuesto, contrataciones y compras, lo que a su vez va elevando los costos de abandonar el poder para quienes se benefician de esta situación.

Si bien el debilitamiento de Maduro beneficia a quienes pueden mantenerlo en el poder por la fuerza, también es posible que la intención incluya su futura sustitución antes de la finalización de su mandato por alguien que venga a ¨salvar la revolución¨, entre cuyos candidatos posibles hay algunos que desde hace rato comienzan a construirse la imagen de hombres duros llamados a salvar el proceso. Es por eso que mientras más les escucho hablar de lo unidos que están más evidentes se me hacen las grietas por donde esto se romperá.

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