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La urgencia del cambio

PANORAMICAS DE CARACAS AEREAPDF   compartir

Daniel Fermín A. / 11 de diciembre de 2014

A manera de prolegómeno

La política es, ante todo, una actividad.  Es dinámica, social, humana.  Independientemente de si se le considere como la manera civilizada de conciliar los conflictos y las diferencias en una sociedad, o de si se le tome como la guerra por otros medios; de que se base en procurar la libertad o en garantizar la dominación, el hecho es que la política se mueve, respira, actúa.  En aras de la honestidad intelectual, debemos dejar constancia de nuestra predilección por una concepción de la política basada en la administración del disenso y la garantía de la pluralidad, en su cualidad civilizadora y en los valores que de ésta se desprenden.  Frente a la política, la guerra, la aniquilación del contrario, la barbarie.  Desde este espacio, que hoy estrenamos, queremos contribuir al análisis, a la comprensión y la difusión de lo político desde la actividad política, siempre en clave analítica y no proselitista.  Para ello nos adentraremos en su día a día, entablando contacto con sus interlocutores de base y recorriendo las realidades que se viven, como el nombre de esta columna lo indica, en la calle.

La urgencia del cambio

La ubicuidad de la crisis se ha vuelto un lugar común.  Que es la más grave de la historia reciente, que lo peor está por venir.  Todo eso es cierto.  Tras los fríos indicadores, tasas y estadísticas, en ningún lugar se percibe la crisis como en la calle.  En el mercado, en la farmacia. En ningún lugar se vive la crisis como en las comunidades.

Recientemente estuvimos en el barrio El Limón, ubicado en la carretera vieja Caracas-La Guaira.  Allí, de entrada, nos encontramos con la cola del gas y, más arriba, con la del Mercal.  Nos explica Arístides López, vecino del sector, la dinámica, que no duda en calificar como un viacrucis: antes el camión del gas pasaba, casa por casa, por la calle principal y la gente salía a comprar sus bombonas.  Listo.  Ahora los habitantes de El Limón deben madrugar cada sábado para hacer su cola, a ver si el camión llega.  Lo del Mercal es peor: cada lunes madrugan para anotarse en un cuaderno y recibir su número para comprar lo poco que llega… ¡el sábado siguiente!

Beatriz Castro es una dirigente social y comunitaria de toda la vida.  Más de cuarenta años de vida activa en defensa de su barrio la han llevado a militar en varias toldas políticas tan contrapuestas que pareciera una inconstancia.  Dicen que de blanco, rojo y amarillo han visto a Beatriz a través de los años.  Lejos de esa primera impresión, lo que hay es una coherencia profunda: su comunidad viene primero y quien se muestre comprometido a ayudarla ha tenido en ella, y en un grupo grande que la acompaña, todo el apoyo.  Beatriz habla con la autoridad moral de quien conoce, como nadie, su zona, sus problemas, sus potencialidades.  Nunca ha visto tanta desidia, el gobierno no llega mientras los servicios colapsan.  Deja claro su derecho a vivir con dignidad cuando arranca sus argumentos con un “sabemos que vivimos en un barrio pero…”.  Es clara y se expresa con una soltura articulada que sería la envidia de más de un alto dirigente político.  Si así está la comunidad, imagínese el país, razona.

Estamos de mal en peor, nos dice Margie Guzmán, cristiana evangélica y vecina del sector Vista Hermosa.  A diferencia de Beatriz, no es dirigente pero, al igual que ella, ve con preocupación la crisis que vivimos.  La delincuencia y las colas para comprar comida son los principales azotes a la calidad de vida.

En la medida en que nos adentramos a la comunidad, con el viaducto a lo lejos dibujando el paisaje, palpamos sus carencias y nos golpea la universalidad de sus necesidades.  Pareciera que todo el mundo tiene chikungunya, las manos hinchadas y lesiones de la piel dejan en evidencia que no se trata de alguna hipocondría comunitaria.  Visitamos una casa donde el jefe del hogar se recupera de tuberculosis y su esposa guarda reposo por hepatitis.  El recuerdo de la tragedia de 1999 sigue en pie, y debemos mover el carro más arriba a la primera señal de una llovizna tan ligera que no puede llamarse lluvia, pero que asusta como si fuese un vendaval.  Lo que baja por esa calle es un río cuando llueve, advierten.  No exageran.

Así se vive en la Venezuela de bloque y zinc al año dieciséis de la revolución bolivariana, tras la bonanza petrolera más grande y sostenida de nuestra historia.  Son miles de miles de millones que por el barrio no se ven.  Las calles son de hace 25 años, al igual que las escaleras y las pantallas atirantadas.  La “quinta” les ha dejado un Mercal que abre una vez a la semana y miles de esperanzas frustradas.

Sin duda es una oportunidad perdida que se malgastó engordando el Estado, multiplicando y atornillando con soldadura las relaciones clientelares y promoviendo el saqueo de la Nación, por acción u omisión, dando rienda suelta a la impunidad.  No es todo.  La violencia diezma a la juventud, se trituraron las oportunidades y se desmanteló la institucionalidad del país.  Vivimos en un estado grave de anomia, signado por la desconfianza y la pérdida de referentes sólidos.  El gobierno, y con él el Estado (y el partido, desdibujaron la línea), se hace impermeable a la crítica y al reclamo, huyen hacia delante con disparatadas teorías de conspiración, guerras económicas, sabotaje, mientras arrecia la represión, la persecución política y el chantaje a los beneficiarios de la asistencia estatal.  Las iniciativas de la comunidad organizada, múltiples y diversas, se encuentran con muros impenetrables si no sirven de manera exclusiva a la agenda oficial.  Paga el pueblo, cada vez más vulnerable y de su cuenta.

Los analistas advierten que no hemos tocado fondo.  Es difícil imaginar un año más duro que este para el día a día de la gente común.  Las encuestas ofrecen su fotografía.  La de Datanálisis retrata un descontento prácticamente unánime: 85,7% de la población concuerda con la señora Guzmán en que esto va mal.  Lejos de la desesperanza, hay un clamor popular.  Lo comparten Arístides, Beatriz, Margie.  Lo comparte Karina, estudiante de 20 años de comunicación social en la Universidad Santa María y habitante de El Limón: El cambio.

¿Qué entiende la gente por cambio?  Para la señora Guzmán se trata del cambio de nuestros gobernantes y por ello ora a Dios para tener mejores hombres y mujeres en la conducción de los asuntos públicos. Para Beatriz es el cambio profundo que permita que las cosas marchen bien, un cambio político que se traduzca en bienestar.  Para Karina ese cambio pasa por una nueva Asamblea Nacional.  Es dirigente juvenil de la oposición y en sus palabras se entrevén líneas políticas prefabricadas, sin que ello le reste un ápice de mérito ni convicción.  Pero para Arístides, quien a lo largo de nuestra conversación ha ubicado en el gobierno actual, como más de 72% de los venezolanos según Datanálisis, la culpa de la situación del país, el cambio es otra cosa más desmenuzada, más del día a día, un cambio chiquitico que le daría a su calidad de vida un merecido respiro.  Cuando le preguntamos qué hace falta para que esto cambie, responde instintivamente por lo que más le afecta: “que el Mercal abra todos los días y no sólo los días sábado”.  ¿Es menos válido que la imploración de Margie o el reclamo político de Beatriz? ¿Es menos legítimo que el llamado a la acción de Karina? No.  El cambio grande, mediano, pequeño.  El cambio institucional, político, gerencial.  Cualquiera de ellos, todos ellos.  Hoy cambio es un clamor popular que rompe las barreras de la polarización política y la estratificación social.

Las élites políticas deben prestar atención a los temores y las expectativas de la gente. En especial deben hacerlo quienes ejercen el poder efectivo de las instituciones.  Para el gobierno, desoír al pueblo y, para la oposición, no acompañar al pueblo en sus reclamos, atendiendo agendas subalternas o desconectadas de los problemas reales, puede ser muy peligroso.  Las condiciones son terreno fértil para todo lo que, como Nación, debemos evitar: la violencia, la antipolítica, el quiebre del hilo constitucional.  Si “sólo el pueblo salva al pueblo” y “la voz del pueblo es la voz de Dios”, como tantas veces se nos ha dicho en los últimos lustros, cabe bien pasearse por las realidades de un país que pasa necesidades todos los días y cuya situación insostenible requiere de la atención prioritaria de la acción de gobierno y de la agenda política toda, oyendo a ese pueblo que no aguanta ya las penurias y que reclama con urgencia un cambio para mejor.

Los invito a ver el video testimonial de esta experiencia.

@danielfermin

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