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Editorial N° 69: Leviatán obeso

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Leviatán obeso

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Daniel Fermín Álvarez – 18 de junio de 2015

99,5% aumentó la nómina de la administración pública entre 1999 y 2014, de acuerdo a un estudio del grupo consultor ODH.  Más de 2 millones 500 mil personas trabajan de manera directa en organismos gubernamentales.  16 años atrás, Hugo Chávez llegaba a la presidencia con la promesa de, entre otras cosas, desmontar la burocracia estatal y, como expresión de esto último, reducir el número de ministerios.  ¿Qué pasó con eso? En 1999 había 14 ministerios.  Hoy hay 27, con 106 viceministerios, además de 42 misiones y distintas organizaciones que sin pertenecer a la estructura del Estado, son financiadas con fondos públicos.

Duplicar el tamaño del Estado en 15 años habla de la naturaleza del modelo político: evidentemente estatista, ortodoxo en su consonancia con los experimentos socialistas tradicionales que fracasaron estrepitosamente el siglo pasado.  Un Estado que se cree no sólo rector de la economía sino actor principalísimo.  Si por él fuera, sería el único.

Tenemos un Estado fofo y desubicado.  Fofo, porque ha crecido sin reparos, volviéndose cada vez más torpe, burocrático, lento, ineficiente.  Desubicado porque se mete donde ya nadie en el mundo osa llamarlo: El Estado venezolano es hoy dueño de hoteles, automercados, líneas aéreas, empresas de la más diversa índole, areperas, fábricas… Más de 80 millones de dólares destinó recientemente el Ejecutivo a la remodelación del Hotel Alba Caracas, que confiscó a la cadena Hilton hace varios años.  ¿Cuántas escuelas se reparan con 80 millones de dólares? ¿Cuántas se construyen? ¿Cuántos hospitales, apartamentos? ¿Cuántas deudas del Estado a trabajadores? ¿Cuántos policías se gradúan con 80 millones de dólares? ¿Cuántas patrullas se sacan a la calle? Y estamos hablando, apenas, de un rasguño.  Multipliquemos eso por cada hotel, cada restaurant, cada aerolínea, cada fábrica.  Fofo, desubicado y botarata.

¿Qué hacen 2 millones y medio de personas en la administración pública? Lo primero que hay que decir, en honor a la verdad, es que 2 millones 500 mil personas no trabajan para el Estado.  2 millones 500 mil personas están en la nómina del Estado, y he allí una gran diferencia.  En esta suma, la del Estado grandote, más de lo que ya era, hay un claro protagonista: el clientelismo político.  Hijo primogénito del rentismo, el clientelismo es el mayor cáncer que tiene nuestra administración pública.  Es, a la vez, la cuota por los favores recibidos en campaña, la del financiamiento al partido, el sostén de “liderazgos” que, sin esta nómina, son sal y agua, la guarida de grupos armados y de vagabundos que cobran, los primeros, para amedrentar y, los segundos, sin hacer nada.  Un montón de gente cobra, más que nunca, por el Estado.  Muchos de ellos, muchísimos, sólo cobran por ahí, no trabajan realmente en ningún organismo público.  En eso ha habido conchupancia de actores de ambos lados del pasillo político, a quienes no les conviene cambiar el modelo clientelar del que tanto se benefician.  El Estado está roto.  El precio, el real y el figurado, lo pagamos los venezolanos.

En nuestra sección Opinión y Análisis, Benigno Alarcón presenta una nueva entrega de su columna El Faro.  El director del Centro de Estudios Políticos escribe “Cerebro + Testículos = Libertad”, y se aparta de su tradicional enfoque teórico para emprender una reflexión más personal sobre la coyuntura política actual.  Alarcón denuncia como falso el dilema entre votar y protestar y destaca que ambas son actividades complementarias para lograr una transición democrática.

En Posmonición Política, Héctor Briceño escribe “Exchavistas.  Los nuevos actores políticos”.  Este artículo retoma su extraordinario planteamiento de la edición 67 y es, en ese sentido, una segunda parte.  En esta oportunidad, Briceño comenta la emergencia de los exchavistas como actores políticos distintos, incluso, a los chavistas no-maduristas.  Data en mano, Briceño analiza este grupo político y plantea que están reestructurando la distribución del electorado venezolano.  Con eso en mente, se pregunta a manera de conclusión si la oferta de los partidos se ajustará a estas nuevas realidades.

Juan Manuel Trak regresa con su Enfoque Político. En el artículo “Venezuela y su fracaso”, el doctor Trak parte denotando la relación entre el desempeño de la democracia y la situación económica y social.  Trak destaca el papel de las instituciones como factor clave en este desempeño, y halla en lo institucional el gran reto de la Venezuela actual, que definirá nuestros éxitos o fracasos como sociedad.

En la columna Debate Ciudadano, Carlos Romero presenta “En cambio climático, venezolanos sin información y sin voz”.  Romero llama la atención sobre las distintas iniciativas que se están emprendiendo en el mundo para atender el desafío del cambio climático, en especial desde la participación local, y concluye que en la Venezuela ecosocialista nos estamos quedando al margen de la discusión.

En nuestro Espacio Plural, Andrea Tavares escribe “Las parlamentarias y el legado de Angostura”.  El artículo condensa un análisis minucioso sobre la actividad parlamentaria desde sus raíces, para contrastar luego con la actividad parlamentaria venezolana y sus características actuales.  Tavares hace suyas las palabras de Simón Bolívar, y concluye reivindicando el Congreso de Angostura como ejemplo de parlamentarismo republicano.

Luis Salamanca engalana nuevamente el Espacio Plural con su artículo “La fecha”, referido, como podrán inferir nuestros lectores, a las elecciones parlamentarias que deben realizarse este año, pero cuya fecha el CNE sigue sin anunciar al momento de publicar este Editorial.  Salamanca presenta un análisis histórico sobre cómo se han fijado las fechas de los comicios electorales en Venezuela y los cambios que sufrió esta dinámica a partir del gobierno de Hugo Chávez.  Salamanca concluye considerando el anuncio de la fecha de las elecciones como un recordatorio y un antídoto: recordatorio de que a las autoridades hay que renovarlas, y antídoto contra el ventajismo.

En el marco del Proyecto Integridad Electoral Venezuela, Eugenio Martínez trae una nota de coyuntura en La Baranda Electoral.  En esta oportunidad, Martínez analiza la “Incertidumbre sobre el cierre del Registro Electoral para las elecciones parlamentarias”, y destaca cómo la ausencia de una fecha de las elecciones parlamentarias genera vacíos y confusiones sobre otras partes del proceso, en este caso el Registro Electoral.  Recomendamos la lectura y difusión de esta nota para una mejor comprensión que intente, al menos, encarar la incertidumbre generada desde el Poder Electoral.

El chavismo duplicó el tamaño del Estado.  Este es un tema clásico del debate de las ciencias políticas, la sociología política y la actividad política.  Generalmente se inscribe en el debate, más amplio, de derecha e izquierda, con la derecha proponiendo un Estado pequeño y eficiente, mientras que la izquierda defiende un Estado más grande que brinde bienestar a los ciudadanos.  A nuestro juicio, la hipertrofia del Estado venezolano rebasa las fronteras del ping pong entre derecha e izquierda.  ¿Cuál bienestar trae el clientelismo, la ineficiencia y la corrupción? ¿Qué beneficio les da el Hotel Alba y sus cinco estrellas a los venezolanos más vulnerables, a los que no consiguen insumos en un hospital público?

El gobierno venezolano estatizó Sidor, ahora no hay cabillas.  Nacionalizó el cemento, ahora no hay cemento.  Confiscó fincas que ahora no exhiben la más mínima producción y en su lugar se ven los altos montes de las tierras “recuperadas”.  Los organismos públicos se desbordan de gente que está “de permiso”, “en comisión de servicio”, y demás artilugios para cubrirle las espaldas a miles de miles de personas que están “donde hay”, pero que no trabajan.

Duplicar el tamaño del Estado en nada ha beneficiado a los venezolanos.  Ha redundado en un Leviatán fofo, obeso, lento, ineficiente, corrupto, ajeno –ajenísimo- a las necesidades y a los reclamos de la población.  El Estado no resuelve.  Ni con sus 2 millones y medio de “funcionarios” o quizás, por eso mismo.

La Venezuela de hoy, como parte del mundo de hoy, necesita de un Estado ágil.  El Leviatán obeso no es capaz de ofrecer la agilidad que la ciudadanía de hoy exige.  El Estado venezolano deberá, en función de ser más ágil y de responder a la gente, concentrarse en lo que realmente le corresponde: seguridad, vivienda, salud, educación y protección social.  ¿Y todo lo demás quién lo hace? ¡La gente! Si dejamos atrás la mezquina lógica de perder-perder, hemos de comprender que el bienestar de los particulares es cónsono con el bienestar colectivo.  Decir “privados” hace pensar, muchas veces, en los grandes empresarios, las grandes corporaciones y las grandes fortunas.  Ellos están hechos, como se dice, con o sin Estado grande.  El foco que aquí queremos hacer, y con esto concluimos este Editorial, es que, también en economía y en el funcionamiento eficaz de las instituciones, el poder está en la gente y en sus capacidades para agenciar la vida que tiene razones para valorar.  Ese Leviatán obeso que hoy tenemos por Estado es una barbaridad.  Darle su justa medida, enfocado en la administración eficiente de sus tareas y en procurar las mayores oportunidades para el desarrollo integral de los venezolanos, especialmente de los más vulnerables, es un reto inescapable de cara al futuro de la República.

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