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El peligro de las piezas de la UCAB censuradas por el CNE; por Willy McKey

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No todos los venezolanos conocían unas piezas audiovisuales realizadas por la Universidad Católica Andrés Bello, relacionadas con el secreto del voto para las próximas elecciones legislativas. Esas piezas fueron censuradas por el CNE cuando apenas tuvieron una que otra emisión en la televisión abierta y, apenas fueron prohibidas, todo el mundo empezó a hablar sobre los spots que no habían visto.

Aquellos televidentes que habían visto alguna emisión de las piezas se la contaban a familiares, compañeros de trabajo, amigos, cual testigos históricos de un hecho irrepetible.

Hasta que recordaban la existencia de esa nueva y eficaz bitácora de este planeta audiovisual: YouTube.

Ya Eugenio Martínez explicó aquí en Prodavinci los argumentos que el Consejo Nacional Electoral  esgrimió para prohibir que la televisión abierta las emitiera y desde el partido de gobierno se empezó a hablar de los procesos que podrían abrirse contra la UCAB. Sin embargo, es paradójico que los regentes del que han llamado el sistema electoral más automatizado del planeta arguyan una estrategia tan siglo XX en el mismo siglo 21 de las comunicaciones.

Si alguien había hecho registro de las emisiones de las piezas, como si se tratara de un pescador, y se adueñó del sedimento audiovisual de esa transmisión, estaba en la capacidad de subirla a la web y compartirla en su condición de ciberciudadano. No es algo que sólo se haga contra el poder: son muchas las piezas que algunos partidarios de la Revolución Bolivariana han podido rescatar y reemitir mediante un sistema articulado de medios públicos. Ellos también conocen este siglo y sus dinámicas.

Sin embargo, la censura reciente nos devolvió a un lugar que es muy anterior a YouTube y se conecta con lo ontológico: volverse el narrador de la tribu.

Por ejemplo: imagínese llegar a su trabajo con la noticia de unas piezas suspendidas por el CNE que usted no ha visto, y conseguir a un hipotético Ramírez contándole a los demás:

Una abuela va subiendo con unas bolsas al barrio cansada y dice “Quien arrugue en esta casa va a tener que hacer cola, ¡porque ésta que está aquí qué va!”. Y después otra dice “Este 6 de diciembre todos a votar” y ahí mismo otra que se parece burda a mi abuela, bella la vieja, suelta esta maravilla: “¿Pa’ qué vas a arrugar, si el voto es secreto?”

Y de inmediato otro hipotético González completa el resto:

¡Yo la vi! Que hay una abuela en la peluquería y suelta “La juventud somos mayoría, chico”. ¡Ay, y la que en la bodeguita dice “Demasiado he hecho yo por este país pa’ perderlo”! Eso de las abuelas diciéndole a uno que no arrugue es una maravilla…

Y Ramírez asiente, pero con otro tono, a la vez que recupera su relato:

A mí lo que me aguó el guarapo fue que, después de una que es un vacilón y está como por el 23 de Enero dice algo como “No jombre, chama: no arruges que Venezuela es joven” y tal, viene otra y dice: “La juventud y la democracia…” y ahí hace una pausa la abuela, man, y suelta “…la llevamos por dentro” ¡Eso fue un palo!

¿Cuál es el peligro detrás de eso que usted no ha visto pero acaban de narrarle? Quizás que el hecho de haber sido censurado lo mueva a ir a buscarlo, a interesarse y, sobre todo, a preguntarse por qué el CNE puede estar en contra de una pieza que dice que el voto es secreto y que no hay que amilanarse (ni “arrugar”) sino ir a votar.

Sin embargo, este ejemplo puede ser particular porque es una pieza que apela a lo emotivo. Imaginemos otra, una quizás con un chiste que para muchos puede ser malo y está basado en Roberto Gómez Bolanos.

Chipilín De Morado

Chespirito es un referente del humor audiovisual latinoamericano y su creación más redonda es un héroe desvalido que, al final, siempre triunfa gracias a estar del lado del bien: El Chapulín Colorado. Bien, ahora la pieza censurada por el CNE. Imagine los dedos de una mano con caritas dibujadas (como hacíamos en preescolar) y el pulgar se queja por hacer cola, el índice por no saber a ciencia cierta qué encontrará para comprar, el medio por estar en mitad de la cola y una femenina anular pidiendo que alguien la ayude, ¡y entonces aparece El Chipilín De Morado! Un dedo meñique con la tinta indeleble que representa el voto lanzando un grito de guerra: “¡Síganme los buenos… ciudadanos!”

Uno lee esta pieza y puede pensar que más problemas debería tener Florinda Meza por los derechos de autor que el CNE por la defensa del voto. Pero así nos va…

Desde mi voz puedo contarles sólo una más, pues apenas pude ver tres: sucede en una vitrina con cuatro maniquíes cuyos pensamientos podemos escuchar. No llevan ropa sino papel periódico. Las primeras voces que oímos son las de uno que increpa “¿Por qué estás tan callado, mi pana?” y la de otro que le responde “Bro, que quiero votar este 6 de diciembre y no puedo”. Se suman dos voces femeninas: una que explica que “Nosotros no vamos al mercado ni al baño, no comemos, no tenemos hijos, no nos duele nada, ¿para qué vamos a votar?” y otra que también se confiesa de cartón piedra: “Además, los cabezas huecas no pensamos en nada. Menos en el voto”.

De nuevo la voz del primero Made in China habla para afirmar que “no estamos hechos en Venezuela, así que menos votamos”. Y entonces ése que hace unos segundos quería votar toma lo que los filósofos alemanas llamarían consciencia-de-sí y dice “Si fuéramos de verdad, verdad, votaríamos”.

Maniquies El peligro de las piezas de la UCAB censuradas por el CNE; por Willy McKey b

¿Qué peligro esconden unos maniquíes que convencen a otro de que no debe ir a votar?

La cuarta pieza de la campaña que conozco llegó a mí en condiciones particulares. Producto de los relatos despertados por la prohibición de los spots, supe de una pieza que no pude ver en la televisión abierta, donde quizás hubiera pasado desapercibida por el hábito que tengo de ver dos programas a la vez y saltarme los comerciales (y las propagandas). Esta cuarta pieza la vi en la pantalla de mi teléfono celular y la atención estaba completamente en ella. Incluso la vi un par de veces más. Y supe de ella por el relato de una amiga quien, después de narrarla torpemente, me dijo: “Ya va. Vamos a hacer algo: mejor te la paso por WhatsApp, que mi cuñada me la mandó fue por ahí”.

Un hombre de talla resuelta llega a una arepera en la que han botado a un gentío. Le pregunta al mesonero qué pasó, para luego afirmar que “Esto está mal”. El mesonero, víctima de un miedo invisible instalado en él y en quienes lo acompañan, le sugiere que baje la voz… no vaya a ser que lo boten. Y el hombre le responde que a él no lo botan de su trabajo  simplemente porque lo hace bien, afirmando que siempre ha votado por quien ha querido y que el voto es “Se-cre-to”.

Un dato más: aunque del protagonista del spot no se dice nunca dónde trabaja, la cuñada de mi amiga (quien le mandó la pieza por WhatsApp) es empleada pública.

En este siglo existen múltiples estrategias para hacer que un video se vea o (también) deje de verse. Por ejemplo: si usted busca hoy algún registro en video de aquella ocasión en septiembre de 2003 cuando el fallecido Hugo Chávez escribió en una pizarra acrílica el gazapo verbal “adquerir” en lugar de “adquirir” le va a costar encontrarlo. Existe el mito de que durante la campaña contra Manuel Rosales (candidato de gazapos memorables) este contenido fue “hundido” en el maremágnum audiovisual de YouTube. Pero siempre quedan huellas, que van desde alguien que sube el mismo video con otras palabras clave para evitar que lo hundan, pasando por un sketch de la desaparecida Radio Rochela hasta una defensa del léxico de Hugo Chávez publicada en Aporrea donde, tras buscar en un diccionario de 1933, se afirmaba que el presidente no cometía errores (aunque él lo haya admitido y corregido sin problema) sino arcaísmos (algo que desde la semiología se podría leer como que sus palabras no estaban erradas, sino su lugar en el tiempo).

A estas alturas para cualquier ente público debería ser previsible lo que sucede con la censura: despierta el interés inmediato en lo prohibido.

Es decir: una de las consecuencias de la censura lograría darle una difusión mucho más amplia (y probablemente más eficaz) a las piezas que si se les hubiera reservado su papel dentro de la campaña, limitado seguramente por una breve grilla y por el presupuesto disponible, en lugar de la viralidad que ahora pueden ganar esas mismas cuñas en las redes. Y si cree que esto limita la difusión a quienes navegan en Internet (según Conatel, al menos 15, 5 millones de personas), le recuerdo a la cuñada de mi amiga y su WhatsApp, en un país donde la telefonía celular tiene el alcance que tiene: un sorprendente 97% (también según Conatel).

Tras la prohibición de los spots, ya no debe ser una sola cuenta en YouTube la que tiene los videos censurados al aire, sino varias. Además, en un humano ejercicio del acopio de información, varios usuarios (acostumbrados al funcionamiento del 2.0) podrían estar descargando los videos “por si acaso” y exponiéndoselos a sus círculos cercanos.

A François de La Rochefoucauld (escritor, aristócrata y militar francés) se le atribuyen muchas frases que escribió y otras que nunca dijo. No sé a cuál grupo pertenece una que pude conversar durante un buen rato con mi admirado profesor Marcelino Bisbal: “Hay muy poca gente lo suficientemente cuerda para preferir la censura provechosa antes que la alabanza traidora”.

Hoy, cuando a la UCAB (esa bonita casa de Marcelino) la censura le toca la puerta, voy a buscar en YouTube si algún prócer digital ha decidido compartir con gente como yo esas otras piezas audiovisuales que no he visto. Y creo que voy a compartir varias con los míos.

Extraído de: Prodavinci.

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