Carta del Director

2017: Resignación o lucha

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Caracas,  20 de enero de 2017

 

“No fuimos tan solo las víctimas de un sistema sino quienes lo alimentábamos y manteníamos.” (Vaclav Havel, 1 de enero de 1990)

Vaclav Havel, líder de la Revolución de Terciopelo que significó la derrota del Partido Comunista de Checoslovaquia, asumió la presidencia que transformaría a su país en lo que es hoy la República Checa con un discurso trasmitido el 1 de enero de 1990, en el que lejos de ser complaciente con el pueblo que le eligió, hacía un duro reclamo y llamado a la conciencia moral de sus conciudadanos al decir:

por miedo la gente se ha acostumbrado a ignorar la realidad para centrarse solo en la suya propia, como si su entorno no existiese. A callar o decir lo contrario a lo que se piensa por miedo. El miedo nos ha llevado a encerrarnos en nuestros asuntos y a ignorar las injusticias, las violaciones más flagrantes a nuestros derechos humanos, ciudadanos y políticos más elementales e incluso la desgracia del otro, para ver a quienes dedican su tiempo a la lucha por la justicia o la democracia como tontos, románticos. Todos nos acostumbramos al régimen totalitario y lo aceptamos como un hecho irrevocable y, con ello, sustentábamos su existencia. En otras palabras: todos nosotros -aunque cada uno en distinta medida- somos responsables del funcionamiento de la maquinaria totalitaria. Ninguno de nosotros es sólo su víctima, sino que todos somos, al mismo tiempo, sus creadores. No fuimos tan solo las víctimas de un sistema sino quienes lo alimentábamos y manteníamos.

Hoy, el miedo y la lucha por la sobrevivencia nos ha venido hundiendo en una dinámica enfermiza e inmoral.  Pero esto no es una situación extraña de la que es imposible salir, sino la enfermedad propia que contamina a las naciones cuando se debilita el sistema y su espíritu democrático, como lo evidencia este discurso en el que Vaclav Havel, refiriéndose a un país que está al otro lado del mundo hace 26 años, bien podría estarle hablando a la Venezuela de hoy.

Esta dinámica inmoral y cínica solo nos lleva a un resultado: la resignación. La resignación, que no es más que esa especie de droga que nos adormece y paraliza como resultado de la desesperanza aprendida, y reforzada por un discurso que pretende ser la única verdad, creída o impuesta, pero la única verdad contra la cual no se puede hacer nada porque luchar contra ella puede tener consecuencias muy graves para quienes se atrevan a desafiar el paradigma impuesto, como si estuviéramos en una nueva etapa del oscurantismo. Así que es mejor bajar la cabeza resignados y simular que creemos que los problemas que vivimos son el resultado de una conspiración y no de las malas decisiones que se imponen sin resistencia alguna en un sistema sin contrapesos institucionales que eviten su auto-destrucción. Acallar la conciencia, callar lo que pensamos, ignorar las injusticias, limitar nuestra existencia al rol miserable de pasar agachados y sobrevivir encerrándonos en nuestras propias vidas es una forma de control social que elimina el último y más importante contrapeso en cualquier sistema democrático: la soberanía del pueblo, que no es más que EL PODER DE LA GENTE. Pero la realidad siempre corre más rápido que quienes prefieren ignorarla y tiene extrañas habilidades para alcanzarnos y arrollarnos. Mientras actuemos de esta forma, como decía Vaclav Havel, no seremos tan solo las víctimas de un sistema sino quienes lo alimentamos y mantenemos.

El camino de la democracia nunca ha sido fácil, e incluso en ocasiones los pueblos han tenido que pagar costos muy altos por su libertad. La democracia no es el resultado de lo que está escrito en una Constitución. Una constitución por sí sola no es más que un pedazo de papel. Una constitución para que esté viva necesita del compromiso de la gente con los valores allí expresados y la disposición a luchar por ellos. Los cambios se logran solo cuando las personas de a pie, las personas decentes, que somos la gran mayoría de este país, y con conciencia de lo que es ser ciudadano, lo deciden, se involucran, y se comprometen en las acciones necesarias para lograrlo. Sin la participación de la gente decente, de los ciudadanos, nada puede cambiar, pero cuando lo deciden, nada los puede detener. En esto consiste EL PODER DE LA GENTE.

Esta es una cruzada en donde nos toca conquistar el corazón de la gente, y despertar las conciencias y la esperanza para iniciar la construcción de un nuevo sistema democrático al servicio de TODOS. Esta es nuestra responsabilidad con la Venezuela en las que nos tocó vivir si queremos ver con orgullo, y no con vergüenza, a los ojos de nuestras próximas generaciones.

Benigno Alarcón Deza

Director

Centro de Estudios Políticos

Universidad Católica Andrés Bello

 

1 reply »

  1. Tenemos que comprender lo que es la fuerza de los ciudadanos unidos en la calle y dar los pasos necesarios que nos acerquen cada vez más hacia la Venezuela que soñamos, no nos llegará por si sola.

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