Carta del Director

Es de vida o muerte dar por terminado este diálogo

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Caracas,  27 de enero de 2017

Todo proceso de transición pacífica depende, en buena medida, de la construcción de acuerdos entre quienes ocupan el gobierno y la oposición. Es por ello que quisiera ser enfático, aunque no faltará quien me critique por ello, en la conveniencia y necesidad de la negociación directa (cara a cara) o asistida, que es aquella donde interviene un tercero para ayudar a las partes a alcanzar un acuerdo, o sea la mediación en sus diferentes formas.

Asimismo, quisiera dejar claro que no existe error, contradicción ni ambigüedad entre la sentencia de muerte a este dialogo con la que título este artículo y la afirmación hecha en el anterior párrafo. La negociación entre gobierno y oposición es necesaria, pero este dialogo es exactamente lo opuesto a lo que se necesita para producir un proceso de transición y es por ello necesario abortarlo de inmediato por cuatro razones fundamentales: Este diálogo no llevará a ningún resultado por su inviabilidad de origen; no existe un manejo de la mediación que pueda llevar a algún resultado; se pretende condicionarlo a que la oposición no ejerza sus alternativas, lo que la condena al fracaso; y tiene un enorme costo político para quienes aspiran ser alterativa democrática. Paso a tratar de explicar cada una de ellas.

Decimos que este diálogo no llevará a ningún resultado por su inviabilidad de origen, porque este proceso no fue pensado ni diseñado para alcanzar acuerdos que puedan conducir hacia un proceso de transición política, sino que, por el contrario, fue diseñado por el gobierno, los expresidentes aliados y los asesores que les apoyan para estabilizarlo. El diálogo como apaciguador de la oposición ya había sido usado exitosamente por el gobierno durante la crisis política entre 2002 y 2004 y más recientemente para acabar con las protestas del primer semestre de 2014. En esta oportunidad, a través del diálogo, se logró desmontar el movimiento ascendente de protestas de finales del año pasado, y con ello abortar el referéndum revocatorio y neutralizar la presión internacional, incluido el importante esfuerzo emprendido por Almagro para activar la Carta Democrática de la Organización de Estados Americanos.

En segundo lugar, decimos que no existe un manejo de la mediación que pueda llevar a algún resultado, comenzando por la negativa misma de ambas partes a reconocerse en una negociación o mediación para llamar a este proceso “diálogo”, lo que implica conversar sin el compromiso de alcanzar acuerdo alguno, condenándolo desde su propia denominación a su inutilidad para alcanzar resultados. La sustitución de la denominación de negociación o mediación por diálogo no es un tema meramente cosmético, sino tan importante como la sustitución de la observación electoral internacional por el acompañamiento electoral internacional. Es evidente, para quienes sabemos algo sobre los arquitectos de esta estrategia, que hay un personaje común en ambos procesos, o sea en el cambio de observación por acompañantes y de mediación por dialogo, que se cree dotado de una inteligencia superior y disfruta de estos giros lingüísticos, cuyas consecuencias algunos terminan comprendiendo cuando ya el daño está hecho. Si queremos una transición pacífica se necesitará una negociación directa o asistida (mediación) en algún momento, no un diálogo, y ello implicará sentar en la mesa a personas que dominen el arte y la técnica de la negociación, además del respeto a la metodología propia de la mediación, comenzando por el hecho de que los que median no puedes ser impuestos por ninguna de las partes sino voluntariamente aceptados por ambas, como es el caso de El Vaticano y no así el de los expresidentes que no siendo de UNASUR la representan.

El resultado de toda mesa de negociación depende, en buena medida, de lo que está pasando o podría pasar fuera de la mesa de negociación. Esto es lo que técnicamente se conoce como alternativas al acuerdo negociado. La negociación es básicamente un proceso de coordinación de intereses en el que las partes buscan, mediante la cooperación, obtener un mejor resultado al que podrían obtener de otro modo. Siendo así, lo que las partes pueden hacer en caso de no llegara a un acuerdo es un asunto esencial que termina determinando lo que están o no dispuestas a negociar. Es así como, mientras el diálogo se condiciona a la renuncia de parte de la oposición a las alternativas que pudiese ejercer, y que son justamente las que obligan al gobierno a negociar, o sea la presión interna, principalmente producto de la protesta, al tiempo que con ello se desmonta la presión internacional, con lo que renuncia a lo que la hace fuerte en la mesa de negociación, quienes ocupan el gobierno se consolidan en el ejercicio de su mejor alternativa, o sea su estabilización en el poder, que es más atractiva para ellos que cualquier cambio político negociado. Es por ello que siempre hemos dicho, y como al parecer algunos no lo entienden lo volvemos a decir, protesta y negociación no son estrategias opuestas y excluyentes sino las dos caras de una misma moneda. Sin presión interna e internacional, quienes hoy ocupan el gobierno no tienen ninguna razón para negociar acuerdo alguno que implique un cambio en su control sobre el poder.

Por último, al no haber resultados por las razones explicadas, el diálogo que siempre ha sido visto con desconfianza por quienes se oponen al régimen, no solo por las reiteradas malas experiencias del pasado sino porque implica poner nuestro futuro en manos de alguien más, pasa a tener un enorme costo político para una oposición que se aleja, tras cada fracaso o incumplimiento del gobierno, de su aceptación como una alternativa democrática viable, tal como lo vienen reflejando los estudios de opinión más recientes.

La última propuesta de UNASUR, mal llamada Acuerdo de Convivencia Democrática, representa la peor versión de todos los problemas aquí comentados sobre este proceso de dialogo. En éste se pretende reiterar la condición de que la oposición renuncie a sus alternativas a fin de continuar debilitando su posición, al tiempo que se pretende aumentar sus costos políticos haciéndola co-responsable de las medidas económicas que el gobierno necesita tomar, sin tener control alguno sobre su ejecución, y se añade el exabrupto de pretender otorgar a los acompañantes el poder de ser árbitros a los fines de poder obligar a la oposición legalmente en caso de que no haya acuerdo entre las partes. En fin, un diálogo que, por burdamente sesgado, confirma su inutilidad.

El país necesita urgentemente una transición política, pero para ello es necesaria la actuación inteligente de los factores políticos y sociales, el involucramiento de la gente decente, que es la gran mayoría de este país, en la lucha por su libertad y su futuro. Sin la participación de la gente ningún cambio será posible. Cuando esto suceda y sea irreversible, será el gobierno quien necesite, más que la oposición, negociar un acuerdo de transición, como ha sucedido en muchos otros países. El primer paso en esta dirección es dar por terminado este diálogo para comenzar a ejercer nuestras alternativas y demostrar al régimen que no es posible mantener el poder sin nuestro consentimiento, solo así será posible regresar a una verdadera mesa de negociación con fortalezas reales que orienten este proceso en una dirección totalmente distinta.

Benigno Alarcón Deza

Director

Centro de Estudios Políticos

Universidad Católica Andrés Bello

 

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