Espacio plural

Cultura Cívica: El Camino hacia la Democracia como forma de vida

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Pedro González Caro  –  10 de marzo de 2017

La planificación se establece como práctica para transformar y construir nuevas realidades con la capacidad de alcanzar propósitos, interpretar intereses de la sociedad e incorporar, en las deliberaciones presentes, las necesidades de las generaciones futuras. Un elemento de viabilidad de esta práctica lo constituye la alta participación del Estado venezolano dentro de la estructura productiva del país, lo que obliga a una reflexión sistemática y coordinada sobre su rol en la realidad venezolana y su carácter de distribuidor de renta.

Sin embargo, la realidad local en Venezuela  está muy distante de esta norma. En la mayoría de los municipios, la planificación de la gestión se ha convertido en un mero “formalismo”, fundamentalmente debido a un muy bajo nivel de capacidad de gobierno, entendida como el acervo de técnicas, métodos, destrezas, habilidades y experiencias de un actor y su equipo de gobierno para conducir el proceso social hacia objetivos declarados; y una muy debilitada gobernabilidad,  porque no se identifican con claridad los actores sociales ni los recursos que manejan, lo cual conduce a una equivocada valoración de los pesos de los actores. Las técnicas gerenciales para la administración y la evaluación de la situación que faciliten la  promoción  una democracia eficaz, efectiva y eficiente, son inexistentes.

Todo esto impide al gobierno local definir una línea de base real y la declaración de objetivos alcanzables para evitar la demagogia y la oferta engañosa. En síntesis, la gobernabilidad está severamente comprometida, por lo que no es posible la construcción sistemática de una propuesta para conducir la transformación de la situación  inicial, en la que la problemática sociopolítica no está resuelta, en una nueva situación de plena satisfacción de las necesidades de la población, correctamente priorizadas en función de criterios que realmente reflejen el interés colectivo.

En la sociedad venezolana  actual se tiene la idea de que quien está en el poder tiene la verdad sobre cuáles son las necesidades de las comunidades. Así que muy poco le interesa al gobernante cuál es la opinión de las comunidades sobre la “calidad de vida” que les brinda el gobierno. Por eso, la participación comunitaria prácticamente no existe. Por otro lado, las comunidades a su vez han asumido que la responsabilidad indelegable de resolver los problemas es únicamente del gobierno, con lo que se refuerza el paradigma de que quien gobierna tiene la razón y la verdad.

La democracia es un concepto mucho más amplio que una simple forma de gobierno “del pueblo para el pueblo”, la Democracia es una forma de vida. En democracia, los ciudadanos tienen la oportunidad de aprender y ayudarse unos a otros a formar los valores y establecer las prioridades que servirán de guía para instrumentar sus planes de desarrollo. Pero para lograrlo es imperativo desarrollar cultura cívica para construir comunitariamente los valores y principios que determinaran esa forma de vida y nuestra relación con el resto de los ciudadanos, con nuestra historia y nuestro gentilicio. Los valores democráticos reconocen la igualdad de derechos, libertades, dignidad y obligaciones, sin diferencias originadas por su pertenencia étnica, política o social; respetan los derechos y la dignidad de las personas y reconocen a la democracia como un bien común para toda la sociedad. En la medida que estos valores se fortalecen crece el vínculo entre el gobierno y el ciudadano. Crece la Democracia como forma de vida.

El mejor desempeño del gobierno local está fundamentalmente basado en la calidad del  vínculo entre el gobierno y los ciudadanos  y en la participación, la rendición de cuentas y la supervisión. Las soluciones participativas tienen singular importancia pues de allí deriva la legitimidad del gobierno y la confianza de que los recursos serán administrados con criterios de interés comunitario.

Conforme aumenta el interés de los ciudadanos en el gobierno y en los asuntos comunitarios aumenta también el interés mutuo del gobierno y los ciudadanos por desarrollar una cultura cívica activa fundamentada en los valores de la democracia, con lo cual se viabiliza la construcción de un sistema que garantice la plena satisfacción de las necesidades de la población y se refuerzan los lazos que identifican a los ciudadanos y al gobierno como una sola unidad de identidad.

Esta identidad supone que las personas son capaces de identificar cosas que las unen como partes de una comunidad que está por encima de las diferencias locales, sociales, políticas y étnicas. Sin esa identidad, por abstracta que sea, el funcionamiento del país como un Estado nacional sería muy difícil, puesto que las personas no concederían legitimidad y tendrían dificultades para aceptar la autoridad de los gobernantes y las instituciones públicas.

En una democracia de alta calidad se esperaría que los ciudadanos apoyen la democracia y se sientan parte de una comunidad cívica nacional. Esta comunidad estaría basada en el reconocimiento de que las personas de distinta pertenencia étnica, política y social forman parte de esa comunidad en pie de igualdad. Al amparo de estas creencias, los ciudadanos ejercerían la tolerancia en la convivencia política con los demás, tendrían en alta estima los valores democráticos y creerían que la democracia trabaja para el mejoramiento de la sociedad.

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