Opinión y análisis

Las últimas notas de La Marsellesa

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Fernando Arreaza Vargas –  10 de marzo de 2017

En los callejones más famosos de Francia, aquellos que han sido intelectualmente explotados por los escritores, los turistas y Hollywood, personas normales caminan hacia sus hogares y también hacia una gran decisión. De hecho, en las esquinas menos famosas pasa lo mismo. Mientras en Londres los ingleses comienzan el engorroso proceso para salir de la Unión Europea, y en Washington los americanos lidian con Trump, en Paris la sombra de Marine Le Pen se vuelve nítida y un escalofrío recorre toda Europa: Madame Le Pen puede ganar su elección.

El movimiento euroescéptico que invade el continente pareciera tomar mayor fuerza con cada temporada electoral. Más allá de algunos tropiezos como en España, todos saben que buena parte del peso geopolítico de la Unión se juega su existencia en el eje que une Paris con Berlín. Esto no es necesariamente como el béisbol, en el que tienes tres strikes para jugar. El Brexit fue el primero y se resistió, el segundo sí puede ser terminal. La existencia de una Unión Europea sin Gran Bretaña y sin Francia o Alemania desmontaría la finalidad del bloque. Entonces, es un año de grandes decisiones. Las notas de La Marsellesa definen hoy el ritmo al que se baila en Europa.

Ahora preguntémonos: ¿Qué pasó? o ¿Qué pasa? ¿Por qué en el viejo continente la gente como tú y como yo quiere deslastrarse de ese problema que ellos ven en Bruselas?

El origen del descontento lo hemos hablado. Entre las numerosas razones que podemos asumir contribuyen al problema, hay una frustración generalizada con lo que la globalización prometía y ahora no se siente. Las expectativas fueron demasiado altas.

Sin embargo, aquí pensemos en otra cosa. Más que del origen, quiero explicar mi versión de la galvanización de ese sentimiento. En los últimos años hemos visto partidos desconocidos con ideologías extravagantes crecer en el continente. Una corriente separatista tomó forma en cada país, cada una con sus singularidades autóctonas. Aunque cada historia se tiene que explicar con sus circunstancias, hay un detalle uniforme en todas: los subestimaron. Los ignoraron.

¨Son organizaciones que financia Rusia¨, dijeron casi todos. Esa era la manera de desprestigiarlos; y por un tiempo funcionó. Relacionar un grupo con planes secretos de Rusia era la vía express para controlarlos. Te ahorrabas tiempo, dinero y esfuerzo. El legado de la historia soviética y el colectivo imaginario era suficiente para decir las palabras mágicas que te resolvían un problema. Demasiado duró.

El problema con abusar de la estrategia es que en algún punto la gente se identificó con las demandas de estos partidillos y comenzó a preguntarse cosas. Sí, estoy cansado y quiero un cambio ¿Eso me hace un separatista caótico? ¿Eso me hace un infiltrado ruso? La estrategia mágica dejó de funcionar y comenzó a salir doblemente mal.

Primero, salía mal porque ignorabas el problema. La costumbre de subestimar a esos grupos por asumir que eran enviados de Rusia los hizo ignorar el sentimiento que se estaba cocinando. En pocas palabras: se mal acostumbraron. Por otro lado, el desdén también empeoró la situación. La gente no solo veía como los líderes ignoraban sus problemas, encima los veían menospreciarlos y hablar de ellos como si no existieran.

¿Cuánto más iba a durar el panorama así?

Lo normal en estas dinámicas es caer en un círculo vicioso de un problema y una solución. Mientras arreglas una cosa, otra falla aparece. Sin embargo, esta semana el periódico El País reportó una reunión que parece ser el comienzo de una estrategia para ponerse un paso por delante de las adversidades. Los líderes de Francia, Alemania, España e Italia se juntaron para nuevas fórmulas que permitan la supervivencia del bloque europeo.

En Versalles, Hollande, Merkel, Gentiloni y Rajoy lanzaron un mensaje de unidad y abrieron el proyecto de una Europa ¨a varias velocidades¨. La idea es reajustar el club para que los países que quieran avanzar más rápido en determinados elementos puedan hacerlo sin que otros más reticentes los frenen. Así como con el Schengen, cada quien a su ritmo.

La interrogante con este esfuerzo es que tres de estos cuatro mandatarios tienen alcabalas electorales muy pronto. No importa si ceden mucho o poco antes de los hipotéticos cambios de mando, si Le Pen prometió que iba a dinamitar el bloque lo hará así cedan hasta las últimas consecuencias. Versalles también es famoso por tratados y fallos espectaculares.

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