Espacio plural

La sátira de la venezolanidad

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Guido Revete  –  24 de marzo de 2017

Según el diccionario de la Real Academia Española, la farsa es una “obra de teatro cómica, generalmente breve y de carácter satírico”. Mientras que la sátira es un “discurso agudo, picante y mordaz dirigido a censurar o ridiculizar”. En este sentido, desde la descripción del bochinche de Francisco de Miranda hasta el “Estado del disimulo” de José Ignacio Cabrujas, no ha habido un solo escritor o pensador serio que haya tratado las distintas expresiones de la venezolanidad que no haya descrito la farsa, sátira o comedia en la que nos hayamos inmiscuidos. Esta es una aseveración muy seria, la cual hay que decir responsablemente, pero hay que decirla.

Todos estos escritos, en sus fases políticas, describen al mismo “monstruo”: un gobierno (porque ninguno o muy pocos, se atreven a decir que existe Estado) de burócratas bebedores de whisky a costilla del dinero del erario público. En su contrapartida, un pueblo indiferente acostumbrado al lujo presuntuoso y el consumo de bienes importados, pagado con un ingreso subsidiado, permitido por esa cuantiosa suma de la renta petrolera, la cual el Estado sólo se encarga de captar y en términos estrictos no la produce nadie.

Sin duda podemos decir –como han dicho todos estos grandes pensadores– que el nivel de ingreso no es igual para toda la población y que no toda la población, más en estas circunstancias, tiene acceso a estos bienes importados. Pero en términos generales, toda la población es parte de esta inmensa captación de renta que es nuestro día a día, y su incomodidad con dicho acto, pareciera solo producirse cuando su porción de esa inmensa torta rentista es tocada por otro. ¡Porque el petróleo es de todos! No de uno, ni de dos.

¿Te suena conocido? ¡Por supuesto! Es lo que vemos en el día a día, pero es importante entender que no nació hoy, ni hace un par de años. Tampoco es producto, aunque sin duda es una expresión bastante clara, del auge consumista que permitió el petróleo a $120 el barril, sino que por el contrario ¡es la principal característica de nuestra historia contemporánea!

Se los digo, da miedo y es espeluznante, leer artículos de los años 60, 70, 80 del siglo pasado y verte reflejado en ellos como si el tiempo en esta pequeña Venecia, digna representante del realismo mágico “distopificado”[1] se fuese cosificado.

No quisiera pensar que la condición ontológica del venezolano sea vivir en esa continua desgracia de ser un país más o menos democrático, más o menos organizado, más o menos en todo: ¡la cultura del más o menos pues! donde las únicas certezas que parecieran existir son la renta y los caudillos, una realidad que a veces es matizada en términos individuales por la “viveza criolla” de los que aún viven en el país de las morocotas, donde con un golpe de suerte o viveza, casi siempre la segunda camuflajeada discursivamente a través de la primera, te haces rico de la noche a la mañana. Otras veces se matiza en términos generales, por la tan famosa costumbre de aceptar la desgracia por medio del chiste, para que al menos el rato, que se convirtió en lustros para devenir en decenios, sea más agradable.

Esta breve historia de burócratas bebedores de whisky, de consumo subsidiado de bienes importados, de la tan criticada viveza criolla, y las distintas expresiones fallidas de capitalismo de Estado, estatismo y burguesías parasitarias no son producto del régimen político actual, ni tampoco nacieron hace 19 años. Por el contrario, fueron precisamente esas condiciones, sumadas en aquel entonces a un sistema totalmente decadente de partidos, los que hacían que la gente clamara algo distinto, por más que hoy existen pseudosesudos que nieguen con vehemencia aquella irrupción tan necesaria de lo diferente en un país, que en medio de su acostumbrada indiferencia, estaba harto de lo mismo.

Hoy también existe un país que, en medio de su acostumbrada indiferencia, se encuentra harto de lo mismo, principalmente porque nota la decadencia en su calidad de vida: algunos de manera trágicamente estructural y otros porque les achicaron su pedazo de la torta petrolera. Pero más allá de la magnitud de su situación, en términos generales, pareciera existir una amplia mayoría que exige un cambio en el manejo del Estado: unos pedirán un nuevo capitán, otros pedirán un nuevo barco y otros, más humildes en su exigencias, simplemente un cambio de rumbo de la inmensa barca.

Imaginemos por un momento que cualquiera de esos tres escenarios metafóricos sucediera. ¿Qué sucede el día después del gran cambio? ¿El petróleo vuelve a subir y se empieza de nuevo a subsidiar los bienes de consumo importados? ¿Comienza de nuevo la viveza criolla en sus distintas expresiones a pujar por su porción de la renta petrolera? ¿Vuelven las promesas grandilocuentes de una “gran Venezuela”? o ¿Iniciamos otro ciclo donde se nos traspapeló la memoria y vemos vicios nuevos, donde siempre los hubo?

No lo sé, no tengo las respuestas, ni tampoco todas las preguntas, pero te invito a que entre todos las encontremos.

 

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