Opinión y análisis

El foro de los barbudos

Foto: Reuters

José Rolán

03 de octubre de 2017

Parecían derrotados. Los barbudos permanecían sentados en sus respectivos puestos. El hedor a pólvora todavía permanecía intacto en los olfatos sofocados de algunos; de aquellos que habían participado o seguían en la lucha armada. Mientras que en las mentes de los más bohemios, los de las manos limpias, resplandecía el sueño inmaculado que Marx había dibujado en sus obras El Capital y El Manifiesto Comunista. Los asistentes estaban muy desesperanzados ante el catastrófico final que mostraba la tierra prometida marxista.  De diferentes procedencias, estaban sentados en aquel salón guerrilleros, intelectuales y dirigentes sindicales; todos con un propósito: tratar de sacar a flote un barco que ya se hundía.

Ese barco era el socialismo real. En Alemania Oriental se cayó con el Muro de Berlín; en Europa del Este se resquebrajaba y hasta en su propia casa matriz, la Unión Soviética, el sistema estaba colapsando. Por su parte, la derrota electoral de los sandinistas en Nicaragua y otros acontecimientos en Centroamérica eran fisuras en aquella embarcación que prometía un hundimiento estrepitoso.

En el salón se apreciaba un cartel que rezaba “Primer encuentro de partidos y movimientos de izquierda de América Latina y el Caribe. Julio 1990”. La ciudad sede era la brasileña urbe de Sao Paulo y el anfitrión era el Partido de los Trabajadores con su líder Lula Da Silva a la cabeza. La reunión contaba también con el auspicio de Partido Comunista de Cuba que, ante la inminente desolación internacional en la que caería como consecuencia del fin de la Guerra Fría, decidió mover rápidamente sus piezas en la región.

El Foro de Sao Paulo era un salvavidas para el totalitarismo de izquierda; una mesa en la que se conversaba sobre cómo eliminar al individuo en beneficio de estados colectivistas. Incluso, admitía la participación de grupos armados como el M-19 y las guerrillas de las FARC. Toda legalidad, toda democracia, era cuestionada como parte de la dictadura de una clase burguesa dominante.

Ese día comenzaba a tejerse un movimiento peligroso, una forma de concentrar el poder de manera hegemónica. Las dirigencias políticas latinoamericanas los subestimaron: organizaciones pequeñas de poca incidencia política hablaban pestes del capitalismo en un lenguaje lejano a las masas que durante años aprendieron a temerle al comunismo. Los barbudos no eran una amenaza para políticos de trayectoria, empresarios, militares y demás personajes que conformaban la élite gubernamental en América Latina.

Nadie a principio de los 90 puso cuidado en aquellas mesas de “ñángaras o hippies” intelectuales sin posibilidad real de hacerse con el gobierno. Los políticos continuaron cometiendo errores sin percatarse del descontento generalizado en las sociedades latinoamericanas que empezaban a voltear sus miradas hacia otros lados.

Fue entonces, a finales de los 90 y a principios de este siglo que esas fuerzas políticas subestimadas comenzaron su auge hacia el poder. Contaron con el apoyo de los porristas de siempre en las izquierdas reformistas europeas. Sin mayor comprensión de los fenómenos, los socialistas de Europa estaban fascinados con nuevos experimentos de sociedades nuevas y seres humanos nuevos. Desde París aplaudían la creación de comunas y el trueque; cualquier acción alejada de la modernidad era alabada. Además, muchas grandes ambiciones se plegaron a estos exóticos personajes para vengarse del establishment. Todo este coctel se mezcló con el hastío de la gente hacia la política tradicional.

La estrategia diseñada fue tan amplia que contemplaba no solo la llegada sino la permanencia en el poder. Con la fortuna del alza de las materias primas, los gobiernos respaldados por el Foro lograron distribuir ingentes cantidades de dinero entre las clases populares. La merengada de plata, discurso demagogo, exaltación nacionalista y odio de clases cayó bien en grandes grupos de personas que se sentían empoderados.

Llegaron los vengadores. Algunos, como Daniel Ortega, regresaron del ostracismo de la derrota. Vinieron a demoler cualquier vestigio de institucionalidad. Sus aliados: los piqueteros en Argentina, el Movimiento de Los Sin Tierra en Brasil; toda una constelación de grupos que de ser considerados negativos para la moral pública pasaron a convertirse en héroes revolucionarios. Porque la moral ahora es una distinta, es “más humana”, dirían los “progres”. Los valores han sido cambiados.

Ese día, el día en que los barbudos se sentaron a despotricar del imperio y a unirse en torno al poder, seguro que no se imaginaban que iban a tener un capital político tan grande como para gobernar o, en su defecto, desestabilizar una república. Posiblemente, se sintieron vencidos. Sin referentes, sin la tierra prometida; ¡había vencido el Tío Sam!

Foto: Granma

En política no hay fuerzas desestimables, no hay adversarios pequeños. El foro de los barbudos ha gobernado más de una década nuestra región. Muchos han perdido el gobierno, pero continúan teniendo mucho poder. Quizás, estén en búsqueda de un nuevo país en donde abrir una sucursal.

Julio de 1990. Toma la palabra el secretario para dar lectura de los asistentes. Parecían derrotados. Los barbudos permanecían sentados en sus respectivos puestos. El hedor a pólvora todavía permanecía intacto en los olfatos sofocados de algunos; de aquellos que habían participado o seguían en la lucha armada. Mientras que en las mentes de los más bohemios, los de las manos limpias, resplandecía el sueño inmaculado que Marx había dibujado en sus obras El Capital y El Manifiesto Comunista. Nace el Foro de Sao Paulo.

@josearolan

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