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El voto corresponsable

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Editorial

El voto corresponsable

 

Elvia Gómez

09 de octubre de 2017

Si algo pueden atestiguar las hemerotecas de Venezuela –país inclinado a la memoria corta– es que en la campaña electoral de 1998 Hugo Chávez no mintió, dijo todo lo que aspiraba a destruir. Y lo que no dijo era deducible de sus antecedentes: un fracasado militar felón.

El 4 de septiembre de su primer año electoral, Chávez anunció, en un acto con uno de los pequeños partidos que lo promovió, que modificaría la Constitución para extender el período presidencial a su conveniencia. “Hugo Chávez entregará el poder algún día” (El Universal 5/9/1998), dijo en su característico estilo de hablar de sí mismo en tercera persona.

Antes de que los venezolanos le dieran sus votos por primera vez, Chávez se había revelado ya como un aspirante a monarca, decidido a arrollar a quienes no pensaran como él y a dejar de lado la tradición de alternancia en el poder, inaugurada en Venezuela en 1963. Pero, de manera pueril, contraria al discernimiento que se espera de los mayores de edad facultados para votar, millones prefirieron oír a conveniencia, suponer que sus amenazas eran exageraciones discursivas y elevaron a Hugo Chávez Frías a la primera magistratura.

Conocidas las resultantes de semejante extravío colectivo, necesario es reflexionar, a las puertas de otras votaciones –esta vez el súmmum del ventajismo y la trampa–, sobre la enorme corresponsabilidad que implica cómo sufragar o dejar de hacerlo. La tragedia experimentada por el país en los últimos tres lustros hace patente que la emisión de un voto no sólo compromete al individuo sino a toda la sociedad y, lo que es peor, a las generaciones futuras.

Hugo Chávez no llegó por sí solo al poder, fue el ciego –si nos apegamos al refrán– al que un pueblo irreflexivo le dio el garrote para demoler instituciones y estado de derecho. Y lo empoderaron, no una sino varias veces. Los herederos han perfeccionado las malas artes inauguradas por Chávez en el ejercicio del poder y hoy Venezuela es un país sumido en la bancarrota, el sufrimiento y la desesperanza.

Descubierto el peligro que implicaba para la convivencia un gobierno basado en la opresión y el odio –y que apenas satisfizo de manera temporal algunas necesidades materiales–, vino el desencanto, proceso natural en cualquier sistema democrático, pero que en la Venezuela del chavismo se volvió anatema: había llegado para quedarse. Pero esa aspiración de perpetuidad, encarnada desde hace cinco años por Nicolás Maduro, se enfrenta nuevamente a los números.

Según las encuestas confiables, al menos el 60% de los electores de oposición ha dicho que definitivamente está decidido a votar en las elecciones de gobernadores del próximo domingo 15. Luego de la extraordinaria y aleccionadora jornada del plebiscito del 16 de julio, la mayoría de venezolanos que quiere una salida pacífica a la crisis se recompuso y ha enfilado sus energías a otro episodio para producir el cambio político en 20 de las 23 gobernaciones en liza. Los intentos del Gobierno y sus aliados institucionales evidencian la convicción que tienen de que son minoría y las maniobras para desalentar el voto opositor le han ganado mayor reprobación de la comunidad internacional. Ante esa realidad, la abstención de los que se oponen, o ya no acompañan al oficialismo, sería el mejor aliado de los que se aferran al poder y, además, una evasión de la enorme corresponsabilidad que se tiene con Venezuela.

El trance que se vive pone de relieve la obligación ciudadana de meditar rigurosamente sobre el futuro colectivo, en lugar de negarlo e ignorar las evidencias, como hizo la mayoría en 1998. La lucha para poner fin a este modelo ha alcanzado importantísimos logros que han abierto los ojos de los gobiernos democráticos de la región y de todo el mundo. Pero para consolidar la victoria, la lucha debe asumirse de forma sostenida. Eso exige temple, compromiso y participación, en lugar de remilgos por la actuación de una dirigencia que, pese a sus fallas, sufre y resiste los embates, como el resto del país, de un régimen sin escrúpulos.

El pasado 5 de octubre, a propósito del inicio de un nuevo año académico, el rector de la UCAB, el padre José Virtuoso S.J, reflexionó sobre la necesidad de generar “esperanza movilizadora” para “construir ilusión”. “Venezuela requiere ciudadanos activados, conscientes, responsables y movilizados”, dijo en un auditorio repleto de jóvenes estudiantes que aspiran a hacer su vida en esta tierra. El próximo domingo, todos los electores convocados para los comicios regionales tendrán la posibilidad de aportar una pieza para pavimentar una ruta, que sea para empujar al régimen hacia su fin estará en sus manos.

@ElviaGomezR

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