Zona Estudiantil

¿¡Por la fuerza!?

 

Diseño sin título (11)

FOTO: AVN

Fabrizio Sánchez Di Camillo

8 de octubre de 2018

Todos los días, luego del trabajo o la universidad, suelo recorrer algunas calles de Caracas. Es, quizá, una manía, que con los tres años que llevo en la ciudad –ante la falta de un transporte público de calidad– me ha tocado asumir con total serenidad. En esos trayectos, dirección oeste-este, me he dado cuenta de que algo grave nos está pasando y ni nos hemos dado cuenta.

Con 20 años, y siendo una persona “del interior” (Punto Fijo), Caracas me parece una ciudad estancada en el tiempo, con sus estructuras impresionantes del siglo XIX y XX y sus gigantes rascacielos, estancados también, sin querer, en medio de una cotidianidad constante, marginada y arropante, en crisis.

No me refiero a “la crisis”, que de por sí ha colmado hasta el último rincón de nuestras vidas, me refiero al espacio público como sitio de encuentro, de educación, de debate de ideas y de recreación.

Por la fuerza, el Estado venezolano se ha enfocado no solo en colgar pendones con consignas partidistas y darnos a conocer que tiene un “omnipoder” que trasciende, al parecer de muchos, los límites de la cotidianidad venezolana, sino también se ha enfocado en llenar cada rincón de nuestros espacios comunes con su fuerza, la que al parecer le ha calzado a la perfección para mantenerse en el poder por casi veinte años: las fuerzas armadas venezolanas.

Son estas, en sus distintos componentes, las que se nos colocan en el camino cuando estamos en una cola para adquirir algún alimento regulado, o la que nos detiene en alguna vía pública para quedarse con cualquier pertenencia de valor que tengamos. Las fuerzas militares han colmado el espacio público y, ahora, en cada esquina o en el Metro, vemos con temor, rabia, o regocijo, un miliciano, un Guardia Nacional, o un Policía Nacional. Pero, no basta con eso. No basta con que se nos atraviese en el camino esa fuerza, ahora también nuestros hermanos –o nuestros hijos– también tendrán que hacerlo.

Recientemente, el presidente de la República, Nicolás Maduro, aseguró en cadena nacional que los milicianos (cuerpo civil creado en 2009 como apoyo a la Fuerza Armada), cuidarán y resguardarán todos los liceos y escuelas del país, según reporta El Estímulo. No nos sorprenden estas declaraciones, pues el afán de permearnos a como dé lugar de la ideología con la cual opera el Gobierno se ha vuelto “el pan de cada día”.

El 24 de septiembre, observamos cómo autoridades militares y de migración retuvieron por unas horas al periodista Isnardo Bravo, en las instalaciones del Aeropuerto Internacional de Maiquetía, cuando se disponía a salir del país. Horas más tarde fue liberado, sin pasaporte, según podemos leer en El Nacional, pero ¿qué hay después? ¿Acaso la fuerza militar se ha instalado definitivamente en sitios en los cuales antes no tenía tanta preponderancia para la sociedad y el espectro público y político? ¿Fines totalitarios?

Si bien es cierto que existen dentro de las fuerzas militares personas responsables, y están (por lo menos internamente) con su conciencia limpia, trabajando y abocándose al cuidado de la nación, también es cierto que otros, tanto oficiales, cadetes y generales, andan haciendo de las suyas para instalarse en nuestro día a día.

Mil y una preguntas vienen a mi mente cada vez que recorro las calles de la capital venezolana y las respuestas las tengo ante mis ojos, pero sigo como los demás: callado, como un ciudadano, un estudiante andante y en constante movimiento, a la espera de que pase algo. “Algo”, que al parecer está muy lejos de pasar, tomando en cuenta la escasa preponderancia en la política nacional que tiene la oposición venezolana.

Podemos decir, incluso, que la comunidad internacional tiene más peso sobre la opinión pública venezolana que cualquier minoritario y endeble partido opositor. Cual fuere el caso, estamos ante una fuerza que parece no detenerse, y eso es lo preocupante de leer noticias y titulares, o escuchar de viva voz anuncios por parte del Gobierno venezolano.

En un artículo de opinión reciente del columnista Jorge G. Castañeda, del The New York Times, nos comenta, en pocas palabras, que la salida pacífica a esta situación que estamos viviendo los venezolanos ya no está sobre el tapete, por lo menos en un futuro cercano, a la vista de algunas autoridades extranjeras, entre ellos, el secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), Luis Almagro.

El problema venezolano se ha convertido en un problema de la región. “Hay un momento en el que la comunidad regional se verá obligada a asumir la responsabilidad de protección: cumplir con el compromiso internacional de evitar la destrucción de un pueblo o un país. En este momento es evidente que no hay ninguna solución electoral ni institucional para la tragedia de Venezuela”, comenta en el artículo quien fuera secretario de Relaciones Exteriores de México entre el 2000 y 2003.

Y, en efecto, el panorama “no pinta bonito”. Las fuerzas militares venezolanas han sido depuradas casi en su totalidad, y quien se niegue a acatar una orden puede parar a la cárcel. Un golpe de Estado es una posibilidad lejana en un panorama político sin mayores variaciones.

Por otro lado, las calles siguen llenándose de delincuentes y las policías “brillan por su ausencia”. En sustitución, vemos unos pocos funcionarios de otros cuerpos de seguridad, en la mayoría de los casos, instaurando el miedo en quienes se les atraviesen en el camino. ¿Debemos preocuparnos? Sí. Según la presidenta de la Comisión de Política Interior de la Asamblea Nacional, diputada Delsa Solórzano, el Gobierno no ha tomado con seriedad el tema delictivo y penitenciario, lo que provoca que se nos haga común vernos inmiscuidos en el “pranato”, en el cual también hacen vida diversas autoridades militares.

Debe ser, entonces, un llamado de atención para todos los ciudadanos –o pobladores– venezolanos que apostamos al país hacer algo para detener lo que se ha normalizado y no puede ser normalizado. La fuerza militar o gubernamental –o delictiva– no puede más que la fuerza civil, mayoritaria ante los ojos de otros países.

Medios de comunicación cerrados y periodistas acosados por la fuerza del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN) es lo que hace que se vaya perdiendo, poco a poco, el acto de protesta al que muchos de los profesionales de la prensa acudían con frecuencia. Es la escritura, en sus distintas presentaciones, la que puede servir como un efectivo llamado de atención para la sociedad. Sobre todo para las personas que, aun en shock, no superan un robo, una muerte por falta de algún medicamento, o una imagen de un niño desnutrido, víctimas todos de un régimen sin escrúpulos.

¿Nos hemos dado cuenta de ello o la fuerza ya nos ha golpeado tanto y no recordamos quiénes son los contralores de lo público? Si no hemos actuado por nosotros mismos, actuemos entonces por esa generación que verá un país próspero y revitalizado. Por la fuerza podremos tener miedo, pero también salir adelante.

@fabriziosdc_

*El autor es estudiante del sexto semestre de Comunicación Social en la UCAB

 

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