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Frente a la estabilización del régimen: adaptación o resistencia pasiva

Luis Gómez Calcaño | 20 de diciembre de 2019

La temporada navideña de 2019 ha puesto de relieve contradicciones y dilemas que usualmente logramos evadir, ocupados en la supervivencia y la respuesta a problemas inmediatos. En algunos medios se acusa a los receptores de perniles distribuidos por el Estado de venderse por una limosna, mostrando los testimonios de personas humildes “agradeciendo” a Maduro y a la “revolución” por la dádiva, como prueba de la debilidad moral de las masas. Otros responden recordando que las clases medias y acomodadas disfrutaron durante años del dólar subsidiado, sometiéndose de buena gana a los pesados trámites burocráticos que permitían viajar, importar, o financiar estudios a tasas de cambio absurdamente sobrevaluadas. Aunque se critica a los grupos cercanos al régimen por sus ostentosas fiestas y centros de consumo suntuario (los llamados “bodegones”, tiendas de amplio surtido de bienes de lujo facturados en dólares), otros sectores que han logrado protegerse del empobrecimiento general porque tienen acceso a divisas (obtenidas legítimamente por su trabajo o por vía de las remesas familiares) también aprovechan las oportunidades de consumo y hasta de esparcimiento brindadas por ese acceso a la moneda fuerte (por ejemplo, recientemente se celebró con gran éxito en Caracas un festival de rock nacional con estándares y precios internacionales). Mientras tanto, nos guste o no, todos nos sometemos a las reglas de juego de un régimen que se ha ido estabilizando gradualmente después de la coyuntura movilizadora de principios de año: es a este gobierno y no al simbólico de Guaidó al que hay que dirigirse para producir, consumir o ejercer los limitados derechos que todavía se nos reconocen.

¿Estamos entonces los venezolanos “adaptados” o resignados a la estabilización del régimen, se puede participar en la vida cotidiana, buscando metas personales legítimas como formarse, trabajar, crear, emprender, producir, distraerse, sin convertirse en cómplice del régimen que la gran mayoría detesta, cuáles son los límites entre la resistencia, la cohabitación y la resignación?

Para algunas personas que se resisten a “adaptarse”, la aceptación pragmática de los mecanismos necesarios para sobrevivir y cumplir metas personales no implica necesariamente una adaptación al régimen, ya que la actitud con la que se haga esta inserción permite diferenciar la respuesta: si lo hacemos manteniendo nuestra posición subjetiva como opositores y tratamos de evitar cruzar cierta línea imaginaria que nos haría cómplices, permanecer en el país y desarrollar actividades privadas en él puede ser considerado una forma de “resistencia”, aunque ella sea más pasiva que activa. El problema, por supuesto, es que esta línea imaginaria es móvil y subjetiva, y cualquiera puede opinar que “su” línea está más acá o más allá de la nuestra, por lo cual lo que a unos nos parece legítimo, otros pueden calificar como claudicación. Un empresario, un artista, un periodista que desarrolla su actividad dentro de los límites y condicionamientos que impone el régimen, está adaptándose y resignándose o está resistiendo.

Si esto es un dilema para el ciudadano común (al menos para el que puede darse el lujo de elegir si someterse o no a ciertos condicionamientos, no para el de la cola del pernil) se convierte en una disyuntiva crucial para quien pretende ejercer la política. Durante muchos años, la oposición venezolana se dividía entre los partidos que apoyaban la vía gradualista y electoral para desplazar al régimen y los que denunciaban la “cohabitación” con el mismo como traición y claudicación. Sin embargo, esta división nunca fue tan clara y tajante como algunos quisieran, porque las coyunturas políticas llevaron a algunos radicales a participar en elecciones y a muchos moderados a apoyar protestas de calle. A principios de 2019, el hiato pareció cerrarse temporalmente, ya que la elección de Guaidó y su proclamación como presidente interino- significaban el ideal de los puros: el doble poder (heredado, paradójicamente, de los revolucionarios marxistas), la separación absoluta entre un gobierno totalmente ilegítimo y (se esperaba) precario, y una oposición que había quemado las naves, declarándose gobierno y siendo reconocida como tal por un conjunto importante de países. 

Al fracasar los sucesivos intentos de culminación de esta estrategia, se hizo inevitable el resurgir de la brecha entre quienes no quieren contaminarse con algún tipo de cohabitación con el régimen y los que buscan acercamientos pragmáticos para lograr cambios menos profundos pero más factibles. En realidad, ambos han fracasado: los moderados cuando cedieron a la tentación de los atajos, como los del 23 de febrero y 30 de abril, y los radicales cuando no se cumplieron sus expectativas de intervención militar externa o insurrección interna. Esto llevó a los primeros, encabezados por Guaidó, a tratar de reconstruir la vía gradualista, buscando combinar las presiones externas con las protestas internas (en inevitable declive) para llevar al régimen a una mesa de negociación que, como se temía, no logró el menor avance para la oposición. Mientras tanto, la estrategia para estrangular definitivamente a la oposición y a la sociedad civil se ha venido aplicando en forma gradual pero sin vacilaciones: la persecución de opositores, especialmente de diputados y otros líderes políticos; la represión y la tortura sistemáticas contra los enemigos políticos y el creciente control bio-político sobre la población.

Ante esta perspectiva, los dilemas del actor político y el ciudadano común parecen acercarse y confundirse cada vez más: si a principios del año el opositor creyó ver a su alcance un cambio radical de régimen y el acceso al poder sin cortapisas, hoy simplemente lucha por no ser aniquilado, por sobrevivir en los espacios que le quedan o le sean concedidos, esperando un cambio de coyuntura que le permita aprovechar sus disminuidas fuerzas si el momento lo permite. Incluso si ese opositor se considera puro y radical, y denuncia moral y políticamente la “cohabitación”, sus acusaciones no han logrado traducirse en un proyecto político alternativo viable, por lo que, en forma menos visible, también se ve obligado a múltiples formas de cohabitación. Así, unos y otros se ven, tal como el ciudadano común, ante el dilema de hasta qué punto adaptarse, objetiva y subjetivamente, al avance del modelo totalitario.

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