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Veinte años de deslave

Redactado por: Elsa Cardozo

Han transcurrido dos décadas desde el inicio de la revolución bolivariana, vendida inicialmente como refundación democrática pero devenida paso a paso en un gran deslave material e institucional en el que, a semejanza del ocurrido en Vargas hace veinte años, el gobierno ha estado esencialmente ocupado en sostener y celebrar su control del poder, insensible ante el sufrimiento y los derechos humanos.  Desde sus ambiciones políticas nacionales e internacionales, ya entonces descartaba francas iniciativas de ayuda mientras iba perfilando su proyección internacional. Le daría impulso a partir del incremento en los ingresos petroleros y de su atractivo para apretar el lazo que el empobrecido régimen de Fidel Castro había establecido con Hugo Chávez desde 1994. Así, muy temprano, comenzaron las simpatías y acercamientos con regímenes autoritarios, en vías de serlo o afines en ideas, en todos los rincones del mundo.

Lo primero y obvio es el llamado aprendizaje autoritario, es decir, la copia y actualización de las estrategias de poder utilizadas por otros para mantenerse en el poder, que en el caso de Venezuela puede constatarse en dichos y hechos, nacional e internacionalmente: tanto por sus efectos visibles como por la línea que, con sobradas evidencias de destrucción patrimonial, puede trazarse entre las imágenes del deslave de 1999 y las de la tragedia humanitaria presente.

Desde ese ángulo es interesante reflexionar sobre lo que vino después de 1999, considerando las modalidades de los recursos de poder que se han movilizado hacia y desde el exterior para favorecer la continuidad de la revolución bolivariana y su deriva autoritaria. En ello puede ser útil volver a las distinciones entre poder “duro” o coercitivo y poder “blando” o persuasivo y a la del poder “inteligente” como combinación de los otros dos, siguiendo a Joseph Nye Jr.[i] En adición, es particularmente relevante la contribución de  Christopher Walker y Jessica Ludwig [ii] sobre el poder “punzante”, que  penetra, interfiere, debilita y manipula a la opinión pública, los procesos electorales, las instituciones democráticas nacionales y los acuerdos internacionales que las protegen. Examinar esas dimensiones de los recursos y las estrategias de poder puede ayudar a comprender la dimensión internacional del deslave y lo que internacionalmente ha contribuido a su resiliencia; también pudiera servir para evaluar los recursos y estrategias movilizados para la recuperación democrática de Venezuela.

Las manifestaciones del poder duro, el de las amenazas y gestos amenazantes o iniciativas que apoyan, facilitan o legitiman explícita o implícitamente el ejercicio de la represión y el desdén ante las penurias de los venezolanos, ha sido especialmente característico de las relaciones de Rusia con Venezuela tanto por su venta de armamento, equipos y asesoría militar -que tiene su preciso registro en la contabilidad de acreencias  llevada al día por el gobierno y las empresas rusas- como por sus repetidas movilizaciones de buques, aviones y militares a Venezuela. La diplomacia ha hecho su parte complementaria con discursos de apoyo -en desafío indisimulado a Estados Unidos, que es término fundamental en la ecuación- y con visitas, vetos y votos. No hay desde Rusia un ejercicio complementario de estrategias de poder blando, es decir, destinadas a la persuasión para hacer atractivo el régimen ruso, como pudieran muy erróneamente interpretarse los tratos y tácticas para evadir el régimen de sanciones, sino estrategias destinadas a producir la desarticulación y descalificación de las iniciativas democráticas, de y entre los movimientos, organizaciones y partidos que las promueven. Sus estrategias y tácticas son las propias del poder punzante que, con el propósito de ampliar su incidencia autocrática, conjuga negocios y acuerdos militares y económicos -con lugar especial para los petroleros-  en los que han sido comunes las prácticas de corrupción. El propósito es favorecer el control autoritario, con ofertas como la de observación electoral dependiente o “zombi” y el aliento y financiamiento a organizaciones sociales, grupos causas y partidos políticos útiles a la expansión de gobiernos favorables a los intereses y la influencia política rusa. El desarrollo y uso intensivo de agencias y medios de comunicación, con aprovechamiento y desarrollo de recursos digitales para difundir mensajes que alientan confusión y desconfianza, se orienta al propósito de dividir y desacreditar a organizaciones, opositores democráticos y sus propuestas. Esto, aunado a la difusión autoritaria de la práctica de censurar y cerrar medios independientes, a los  bloqueos y ataques cibernéticos y a la utilización de  tecnologías digitales para el control social y político, obstaculiza la difusión de información fidedigna y el debate de ideas mientras que facilita la difusión de la narrativa oficialista.

Lo que para Rusia, desde una situación económicamente vulnerable, tiene el propósito de restituir proyección internacional como potencia desafiante del orden liberal, es para China un proyecto de más largo aliento y mayores ambiciones, incluso territoriales, y con más músculo económico y mayor refinamiento estratégico. Así lo evidencian la expansión de actividades de instituciones como el Banco de Desarrollo de China y las ambiciones del recientemente abierto Banco Asiático de Inversión en Infraestructura, el financiamiento de grandes proyectos de infraestructura física y digital como parte de la iniciativa de “La franja y la ruta” o “nueva ruta de la seda”, acompañado todo ello por la promoción cultural y el aprovechamiento, desarrollo y exportación de tecnologías y sistemas de comunicación y control digital. Su poder se ha hecho sentir en Venezuela a través de créditos atados a negocios con China y pagaderos con petróleo; venta de armamento y equipos militares y para la represión de protestas; comercio, inversiones, y participación en proyectos de infraestructura, minería y agropecuarios, relaciones que en todos los rubros han estado expuestas a prácticas de corrupción.  Mientras tanto, la diplomacia ha sido el amortiguador entre los propósitos de esa presencia y el apoyo explícito -material y político- que el régimen venezolano ha pretendido.  

Aparte de esos dos grandes jugadores y sus modos punzantes de ejercer el poder hay, desde luego, otros gobiernos -como los de Irán y Turquía-, grupos y organizaciones de alcance internacional que han encontrado nichos y beneficios en medio del deslave venezolano y contribuido a su continuidad. Entre ellos, a la vez que es ineludible incluir a Cuba con su temprana, intensa, estrecha y opaca incidencia y dependencia, lo es considerar la penetración de actividades ilícitas, desde los beneficiarios de la corrupción hasta los vinculados a actividades criminales. Con su capacidad y habilidades de penetración han contribuido a destruir el estado de derecho, también a hacer más difuso, tenso y violento el ejercicio del poder, a la vez que a sumar razones por las que es necesario incorporar a la cooperación internacional como pieza indispensable para construir y sostener el tránsito de Venezuela a la democracia.

Así como ante el deslave de 1999 la sociedad respondió solidariamente y se movilizó en ayuda de los sobrevivientes, hoy sigue procurando el alivio  de las víctimas de la emergencia humanitaria, movilizándose en defensa de sus derechos  y por  las condiciones que permitan la recuperación del estado de derecho y la democracia. Esto, aún contando con el mayor apoyo internacional que haya recibido la causa democrática en los últimos veinte años, requiere como nunca antes de una plena comprensión de los recursos y medios de los actores que internacionalmente favorecen la permanencia autoritaria, así como mayor inteligencia en y entre la organización interior y exterior de los demócratas para refinar y ajustar sus repertorios.


[i] Bound to Lead. The Changing Nature of American Power (Neu York: Basic Books, 1990); The Future of Power (New York: Public Affairs y s, 2011).

[ii] “The Meaning of Sharp Power. How Authoritarian States Project Influence”, Foreign Affairs (noviembre, 2017), disponible en: https://www.foreignaffairs.com/articles/china/2017-11-16/meaning-sharp-power

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