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El momento de la cooperación

Foto: EFE

Elsa Cardozo | 20 de marzo de 2020

Han transcurrido apenas dos meses y medio, contados desde los reportes de los primeros casos de Covid-19 por el Gobierno de China, entre el 5 y el 12 de enero, tras la reprimenda por perturbador del orden social al médico  Li Wenliang, quien a finales de diciembre había advertido a sus colegas sobre un nuevo y peligroso brote viral y, ya contagiado, murió poco después. El brote que  se transformó en pandemia ha alcanzado a mediados de marzo a más de tres cuartas partes de los países del mundo.

No es difícil comprender que ante situaciones como esta la cooperación internacional no es solo loable y deseable sino indispensable. Parece natural que así sea, que se asuma que es el momento de la más franca e integral cooperación, como lo recoge sintéticamente la reciente declaración de los líderes del Grupo de los 7 o la de los ocho mandatarios de los países latinoamericanos miembros de Prosur y, por supuesto, declaraciones y acciones como las de la Organización Mundial de la Salud, la Organización Panamericana de la Salud y  otras organizaciones internacionales y no gubernamentales. Sin embargo, pese a la necesidad innegable de complementación de los esfuerzos de prevención, contención y tratamiento, así como ante los múltiples otros impactos de la epidemia, el momento que hace tan necesaria la cooperación, también la complica. Y las dificultades no deben ser ignoradas, así sea para contribuir a identificar obstáculos y esbozar recomendaciones.

Lo más obvio y general es que la intensidad y alcance de la interdependencia global, que ha mostrado en muchos otros asuntos sus aspectos negativos (tales como crimen, corrupción, tráficos ilícitos, rápida expansión de crisis financieras), revela ahora con la pandemia, magnificadas, las fragilidades de la globalización. Es así, no solo porque la interconexión mundial  multiplica las oportunidades de contagio, sino porque  siendo la epidemia y sus impactos colaterales tan notablemente  globales, las respuestas son en primera instancia y fundamentalmente nacionales y locales, sin mayor concierto. Esto es perfectamente comprensible, porque los gobiernos que son los primeros responsables ante los ciudadanos, deben responder aceleradamente; pero también ha complicado la concertación de medidas internacionales para responder complementariamente a un problema que requiere atención global. En ello se conjugan otras condiciones que, aunadas a la facilidad y la velocidad del contagio (que no son datos menores), también obstaculizan diversamente las respuestas cooperativas.

Las competencias geopolíticas y tensiones entre países -incluso en torno a la responsabilidad sobre el origen y la expansión de la pandemia, como entre Estados Unidos y China- dificulta la faena conjunta, lo que se refuerza con las decisiones nacionales de aislamiento y suspensión de tránsito desde otros países cuando no han mediado comunicación y arreglos previos, como la de Estados Unidos respecto a Europa, alimentando divergencias prevalecientes. En otro ámbito, problemas como el de la migración forzosa y el de la reubicación de refugiados ya de suyo críticos, se agudizan por falta de acuerdos y recursos para  atender a poblaciones altamente vulnerables.

Vivimos, además,  tiempos de resurgimiento de autoritarismos y nacionalismos populistas, a la vez que de erosión  democrática, que favorecen posiciones aislacionistas y  menosprecian a las instancias internacionales de concertación y de escrutinio sobre la situación del estado de derecho, la democracia y los derechos humanos. Esto, que es más agudo cuanto más autoritarios son los gobiernos, es particularmente  contraproducente -nacional e internacionalmente-  cuando se trata de atender problemas de alcance e intensidad global como es el caso extremo de esta pandemia, que obliga a tomar medidas inmediatas y de fuerte impacto político, social y económico. Si en democracia es difícil lograr un balance adecuado entre seguridad y libertad, en los regímenes autoritarios -o en democracias con signos o en proceso de erosión- prevalece la seguridad, fundamentalmente la del régimen. De allí la importancia de las advertencias  internas y externas sobre los peligros de que la emergencia derive en medidas violatorias de derechos humanos y sirvan al propósito de sofocar la disidencia. Así lo han manifestado, entre otros, un grupo de expertos convocados por las Naciones Unidas y, con énfasis en los derechos socioeconómicos, la Alta Comisionada para los Derechos Humanos.

Con mayores precisiones, otras organizaciones no gubernamentales, como Amnistía Internacional y Human Rights Watch, han precisado las obligaciones del Estado en materia de derechos humanos durante la emergencia, comenzando por  las condiciones que deben respetarse al restringir ciertos derechos: por razones de estricta necesidad basadas en evidencia científica; nunca de aplicación indefinida, descontrolada, arbitraria o discriminatoria; con proporcionalidad respecto a sus propósitos; respetando los principios y procedimientos propios del estado de derecho y, especialmente, con respeto a la dignidad humana y protección de los derechos a la salud, socioeconómicos y, no menos importante,  de ejercicio responsable de la libertad de expresión y de acceso a información clara, cierta, oportuna y significativa. Sumadas estas obligaciones y las de protección especial a grupos vulnerables y a los trabajadores de la salud, se confirma que la cooperación internacional -incluido el seguimiento de las respuestas gubernamentales- es esencial en todas sus modalidades.

Es así en general y especialmente para los países en condiciones de extrema vulnerabilidad ante la pandemia, entre los que se encuentra Venezuela, tanto por el precario estado del sistema de salud  y la crisis socioeconómica de fondo, como por lo que su situación presente y predecible  proyecta. Aquí urge construir el momento de la más amplia cooperación internacional, franca en sus propósitos y transparente en sus procedimientos, que lo más pronto y eficazmente posible llegue a los venezolanos en el marco del respeto a sus derechos, dignidad y libertad.

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