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¿Alianza cívico-militar-policial?

Cortesía de: Infobae

Luis Manuel Esculpi

Parlamentario, ex presidente de la Comisión Permanente de Defensa del Congreso de la República, analista político.

Han realizado un esfuerzo continuo para condensar en una frase corta su proyecto de poder. Diseñaron una narrativa que constituye un elemento destacado de su prédica. La insertan en la historia a través de una interpretación sesgada de la lucha de nuestros aborígenes, pasando por la gesta independentista y la guerra federal y, además, intentan darle “sustento legal”, se saltan disposiciones constitucionales, modifican arbitrariamente una misma ley en varias oportunidades y crean figuras inexistentes en nuestro ordenamiento legal, para así, justificar la primacía del estamento militar en la sociedad. Con esto pretenden imponer la repetida denominación de alianza cívico-militar. De igual manera han pretendido darle fundamento teórico o doctrinario a través del llamado “nuevo pensamiento militar venezolano”, aspecto que trataremos en una próxima oportunidad.

Esa elaboración de este “concepto o doctrina” se inició durante el mandato del fallecido Presidente Hugo Chávez, quien trató de justificar su premisa con aquello de haber permanecido por más de 20 años dentro de la institución militar y en esa experiencia apoyaría el ejercicio de sus funciones. Durante ese período gubernamental, mil trescientos oficiales (1.300) aproximadamente pasaron a ocupar funciones en la administración pública nacional y regional. Cabe destacar que dichas funciones no guardaban relación alguna con el desempeño militar y a la formación profesional armada. Es cierto que ya antes de que Chávez llegara al poder, en la institución armada se consideraba que un oficial con curso de Estado Mayor,  integrante, por ejemplo, del cuerpo de infantería, podía comandar una unidad de blindados.

El criterio aceptado en el mundo militar, indica que estas funciones o desempeños no pueden ser trasplantados mecánicamente a la vida civil. No es válido designar un General de la República como presidente o alto gerente en PDVSA, Corpoelec, el Metro de Caracas o las empresas de Guayana, sin la preparación o experticia necesaria para esas funciones, por ello la evaluación en todas las áreas dirigidas por hombres formados para la defensa de la nación y su integridad territorial, han resultado, en la inmensa mayoría de los casos, un estruendoso fracaso. Las posibles gestiones exitosas se pueden contar con los dedos de una mano.

Cuando por las circunstancias conocidas, Nicolás Maduro accede al gobierno, la preponderancia de los hombres de uniforme era ostensible en la estructura de gobierno, venían desde el Plan Bolívar 2000 obteniendo todo tipo de prebendas, beneficios e importantísimas cuotas de poder. Sin poseer Maduro el “auctoritas” y conocimiento profundo de su antecesor sobre el estamento militar, pero sí estaba convencido de la importancia de esa corporación para sostenerse en el poder, le hace cada vez mayores concesiones, tanto que, durante su mandato se crearon, catorce (14) empresas militares y más de un tercio de los oficiales que han pasado por la administración pública desde 1999 han sido designados por él.

En la medida que el oficialismo perdió masivamente el respaldo popular que alguna vez lo acompañó, todos los estudios de opinión realizados por empresas reconocidas a su gestión indican que el rechazo está alrededor del 80% debido, entre otras cosas, por la crisis  que sufrimos en todos los órdenes de la vida nacional y que ha sido la más grave de la Venezuela contemporánea. Es indudable que  destruyeron nuestra principal industria: PDVSA, que agravaron la situación por la disminución de los precios del petróleo, todo ello sumado a una economía improductiva, a la escasez de gasolina, a todos los problemas derivados de la pandemia y a la crisis de legitimidad, en fin, todo esto convierte a los altos mandos de la Fuerza Armada -o parte de ellos- no sólo en un aliado de Maduro, sino en su principal sostén y en mandos que ejercen una acción de tutelaje militar.


Lo más grave de todo este cuadro para la Fuerza Armada Nacional, es la forma como este comportamiento ha repercutido y es valorado por la sociedad venezolana. La institución, que tradicionalmente se encontraba entre las que gozaba de mayor prestigio en el país, junto a la Iglesia y el empresariado, hoy, por el contrario, está entre las peor evaluada por los venezolanos.

En recientes cadenas de radio y televisión, Nicolás Maduro ha hablado en varias oportunidades de la “alianza cívico-militar-policial”, esa definición es efectivamente apropiada para los regímenes autoritarios con acentuados rasgos dictatoriales, entonces, podría solo ser un movimiento táctico para estimular el papel de la Policía Nacional durante la presente coyuntura. Caracterizar una alianza bajo esa denominación, no tiene para el ciudadano común el virtuosismo que él le atribuye, por el contrario, está asociada a la acción represiva.

A propósito de la cuarentena los rasgos autoritarios, militaristas y represivos se han manifestado de manera evidente.

En todo caso si la “nueva alianza” tuviera un sentido más permanente -cosa que dudamos- porque pareciera ser solo un intento de aprovechar la oportunidad y no estar respaldada por una visión trascendental, seguramente no se harán los mismos esfuerzos para justificarla en el orden histórico, comunicacional, legal y doctrinario. Pareciera que todo esto se ha realizado para imponer la idea de una supuesta alianza cívico-militar, que solo privilegia a un pequeño grupo del estamento militar. Dentro de estos mandos el principal baluarte es solo el mantenerse en el poder porque solo de esa forma les ha dado resultado.  

Más que la implantación de un modelo político que solo existe en la gastada retórica de la vocería oficial, quienes utilizan planteamientos y consignas decimonónicas no acorde con las realidades de los nuevos tiempos, el propósito esencial de su acción lo constituye la obsesión por mantenerse en el poder a como dé lugar.

Aquello de la alianza “cívico-militar-policial” lo han convertido en un fin en sí mismo. Definitivamente es su razón de ser. 

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