Carta del Director

¿Tiene sentido la decisión de no participar en la próxima elección?

Carta del Director
Asamblea Nacional | Cortesía de: El Acarigueño
Editorial

10 de Agosto de 2020 | Benigno Alarcón Deza

La legitimidad de un liderazgo no existe como consecuencia de una elección, pero el resultado de una elección, cuando es justa, si es reflejo de los niveles de legitimidad de quienes compiten.

Las noticias políticas de la semana

Comencemos el análisis de esta semana repasando algunos de los principales titulares de las noticias recientes para tratar de ordenar y dar sentido a las piezas de este rompecabezas:

  • 27 partidos opositores acuerdan unánimemente no participar en elecciones del 6D.
  • Guaidó respalda decisión de partidos opositores sobre no participar en comicios legislativos.
  • Henri Falcón recrimina decisión de partidos opositores y llama a votar el 6-D.
  • Falcón: “70% de los 27 partidos que decidieron llamar a la abstención son ficticios.”
  • Bernabé Gutiérrez sostiene que en AD van a las elecciones.
  • Juan Guaidó: En este momento los necesitamos a todos a Henrique Capriles, María Corina Machado, Leopoldo López, Julio Borges, Juan Pablo Guanipa, Stalin González. Es momento de unir esfuerzos. Hoy tenemos la fuerza y el respaldo.
  • Embajada de EEUU: EEUU aplaude declaración de 27 valientes partidos políticos venezolanos.
  • Partidos intervenidos por el TSJ exigen al CNE observación internacional en elecciones.
  • Rafael Simón Jiménez renuncia al CNE: «Era una camisa de fuerza.»

Estos titulares, que son sólo una muestra de lo que ha circulado en los medios durante la última semana, nos cuentan de un escenario que comienza a gravitar en torno a las elecciones parlamentarias y sus potenciales consecuencias. En este sentido nos encontramos con que se confirma el escenario de elecciones parlamentarias sin la participación de los partidos mayoritarios de la oposición, mientas una diversidad de partidos nacionales, regionales y locales, más de cien, tratan de competir en una elección no competitiva en la que el partido de gobierno obtendrá alrededor de dos tercios de los 277 curules de la Asamblea Nacional y deja algo menos de 100, para sus más de 100 competidores.

¿En qué consiste la estrategia oficialista?

Entre los partidos que protagonizarán la lucha por ocupar un número similar de curules a los que hoy ocupan los diputados de los partidos del G4 (Acción Democrática, Primero Justicia, Voluntad Popular y Un Nuevo Tiempo), gracias a la fabricación inconstitucional de 110 curules adicionales que buscan aumentar el tamaño y atractivo de la torta electoral, están los partidos que han venido negociando su participación con el gobierno en la Mesa Nacional de Diálogo, o sea los representados por Henri Falcón (Avanzada Progresista), Javier Bertucci (Esperanza por el Cambio), Claudio Fermín (Soluciones para Venezuela), Felipe Mujica y Segundo Menéndez (Movimiento Al Socialismo) y Timoteo Zambrano (Cambiemos Movimiento Ciudadano).

Lo que no era predecible antes de la intervención del Tribunal Supremo de Justicia contra los principales partidos políticos es que a la competencia por los curules de la Asamblea entre los partidos de la Mesa Nacional de Diálogo, llamados por el mismo gobierno para buscar sustituir a los partidos del G4, tropezarían de nuevo con los partidos mayoritarios, ahora intervenidos y también cooptados por el gobierno, como el principal obtáculo a derrotar en la carrera por sustituir al G4. Es así como según nuestro estudio del mes de julio, el llamado a un boicot electoral hecho por Guaidó y el liderazgo del G4 puede reducir la participación en las próximas elecciones por debajo del 50%, pero aún así las tarjetas de los partidos intervenidos podrían obtener casi el doble de votos de los que recibirían los poco conocidos partidos de La Mesita, como mejor se les conoce a los participantes en la Mesa Nacional de Diálogo.

Y es que el régimen, si bien tiene interés en acabar con Guaidó y el G4 para retomar el control de la Asamblea Nacional en una elección que puedan defender como competitiva y pluripartidista, no tiene ningún interés en que de tal elección salga una nueva oposición fortalecida a la que se le puedan subir los humos a la cabeza, por lo cual la competencia será en sus términos, de manera tal de producir una Asamblea con una amplia mayoría oficialista que podría llegar a los dos tercios, pese a que podría contar con sólo un tercio de la votación total, mientras que la “oposición” terminaría obteniendo lo equivalente a un tercio de los curules, o con suerte un poco más, para constituir una bancada dispersa y fragmentada, y con más probabilidades de llegar a acuerdos con el partido de gobierno que entre ellos mismos cuando se necesite de su voto, tal como queda demostrado de la misma ruptura que el régimen logro entre partidos de oposición, e incluso hacia el interior de sus propias estructuras, para imponer su estrategia electoral.

¿Tiene sentido la respuesta opositora?

Pese a que el régimen ha demostrado hasta ahora mejores capacidades estratégicas y tácticas que la oposición, lo cual permite explicar su dominio desde 1999 y el haber superado coyunturas que amenazaron seriamente su permanencia en el poder, como fueron la salida temporal de Chávez del poder el 11 de abril de 2002, el referendo revocatorio de 2004, las protestas y el referendo revocatorio de 2007, la muerte de Chávez en 2013, la elección de Maduro el mismo año, las protestas de 2014 y 2017, y los eventos ocurridos a partir de la juramentación de Guaidó como presidente interino en 2019, sumando a una escalada sin precendentes de la presión internacional, es importante reconocer que la oposición ha logrado tener éxito en aquellos momentos en que actúa de manera cohesionada y con una mayor coherencia en la toma de decisiones.

En esta oportunidad la oposición ha decidido, como era de esperarse, no participar en las elecciones parlamentarias del 6 de diciembre, lo cual ha generado alivio en algunos y amargas críticas en otros, principalmente entre quienes quieren competir en esta elección y que, pese a declaraciones como aquella en la que se afirma que la mayoría de los 27 partidos que acompañan la decisión no existen, apostaban a su no participación, justamente para ocupar sus espacios, pero habrían preferido una retirada más discreta que no redujera el caudal de votos opositores de manera tan significativa.

La realidad es que la decisión de Guaidó y del G4, junto a la de otros partidos que le acompañan y que decidieron no responder a los incentivos clientelares del gobierno, no podía ser otra ante un escenario en el que tanto el gobierno como el resto de los partidos que se presentarán en la elección coinciden en un objetivo común, sacar del juego a Guaidó y a los partidos que hasta ahora han representado a la mayoría de la oposición. Para Guaidó y el G4 participar en esta elección se habría traducido en una gran derrota política y electoral como consecuencia de las condiciones electorales y una enorme dispersión del voto generada por una estrategia que incluye el control del Consejo Nacional Electoral, la intervención y expropiación de los partidos mayoritarios de oposición a menos de seis meses de la elección, la incertidumbre aún existente sobre nuevas reglas que han implicado hasta ahora el incremento de 110 curules y las dudas sin despejar sobre cuál será el sistema de votación, el número de mesas y la ubicación final de los centros, además de las condiciones de clientelismo competitivo, que es una estrategia común, conocida, analizada y bien documentada en múltiples trabajos académicos tanto foráneos como propios.

¿Qué gana la oposición absteniéndose de participar?

La realidad es que entre las alternativas disponibles para la oposición no hay ninguna, de cara a la elección, que le permitiese ganar, si entendemos como ganar mantener la mayoría parlamentaria. Todas las alternativas disponibles llevan a resultados que impicarían la pérdida de la Asamblea. Ante tal escenario cualquier combinación de alternativas se reduce a dos posibilidades: participar y obtener alguna representación parlamentaria minoritaria, con lo cual el régimen lograba la legitimidad de una elección que habría servido a sus dos objetivos fundamentales (acabar con el capítulo de Guaidó y el G4 en control de la Asamblea y del gobierno interino, y retomar el control de la asamblea mediante una elección difícil de desconocer); o no participar e intentar el desconcimiento de elección y la deslegitimación de la nueva Asamblea y sus diputados electos, con lo cual se lograría neutralizar parte de las ganacias que el régimen persigue con la estrategia electoral. Obviamente, el efecto deslegitimador de la abstención, por si sola, no logrará mayores resultados si no viene acompañada de otras iniciativas que deberían estar enmarcadas en una estrategia más amplia y contextualizada. La abstención por si sola no es estrategia.

De la estrategia en que se enmarque la decisión de no participar en esta elección dependerá la relevancia que Guaidó y/o el G4 y los partidos que le acompañan tengan de cara al 2021. Sin quitar la importancia que los espacios institucionales tienen y tendrán para la oposición democrática, no es cierto que el quedar fuera de la Asamblea implicará la desaparación de los partidos que han decidido no participar, así como tampoco es cierto que quienes participan en la elección se convierten en la nueva oposición mayoritaria por default, como si se tratase de una sucesión. Esto solo pasaría si los partidos de oposición, tras no participar y llamar a la abstención en esta elección, abandonan a sus seguidores y no hacen ninguna otra cosas, permitiendo que la abtención electoral se convierta en su suicidio político.

La legitimidad de un liderazgo no existe como consecuencia de una elección, pero el resultado de una elección, solo cuando es justa, si es reflejo de los niveles de legitimidad de quienes compiten. Esto es tan cierto que según nos muestra nuestro último estudio de opinión nos encontramos con que buena parte de los liderazgos por los que la gente votaría son liderazgos por los que nunca ha votado o por los que hace tiempo que no vota: Juan Guidó, María Corina Machado y Leopoldo López, mientras que entre aquellos por los que jamás votaría figuran algunos nombres que han competido electoralmente en los últimos procesos como es el caso de Disodado Cabello, Héctor Rodríguez y Javier Bertucci.

¿Implica esto que lo electoral debe quedar descartado del repertorio estratégico de la oposición?

Definitivamente no. Si consideramos que la palabra estrategía se origina en dos términos griegos: stratos (“ejército”) y agein (“conductor”, “guía”), por lo que su significado original se refiere al arte y/o a la ciencia de dirigir operaciones militares, la estrategia aplicada a otros campos, como el político, obedece a los mismos principios.

En una guerra los generales no renuncian a los medios que les son útiles, y lo electoral ha sido el denominador común de buena parte de las transiciones democráticas. En algunos casos porque los regímenes han aceptado negociar las condiciones de su salida a través de una elección al percatarse de que el statu quo no era sostenible por mucho más tiempo (Chile y Sudáfrica entre otros), y en otros casos porque el régimen creía poder controlar los resultados, pero las elecciones se convirtieron en el detonador de crisis terminales que dieron paso a una transición política (Serbia, Ucrania, Georgia, República Checa, o más recientemente Bolivia, entre muchos otros).

Pero si bien es cierto que los líderes democráticos no deben renunciar a lo electoral como mecanismo de cambio político, del mismo modo que los buenos generales escogen sus batallas y siempre evitarán malgastar inutilmente sus recursos o inmolar a sus tropas, no renunciar a lo electoral no implica participar dogmáticamente en cualquier elección como si se tratase de algo religioso. Hay tanta incomprensión e ignorancia en quien renuncia a lo electoral como campo de lucha por la democracia bajo la justificación de que no estamos en dictadura, como en quien decide participar incondicionalmente en toda elección, sea o no útil a los fines de democratizar, bajo la justificación de que se es demócrata. Un general no envía a sus tropas a todas las batallas porque son soldados y su misión es luchar, sino que los envía a aquellas en donde las condiciones y una buena planificación y organización le dan la posibilidad de ganar.

Ahora bien, tanto en el campo militar como en el político, cuando hablamos de condiciones no estamos hablando ingenuamente de las condiciones que el adversario nos otorgará para que nosotros lo derrotemos, sino de las que nosotros seamos capaces de planificar y construir para aumentar nuestras probabilidades de éxito. Es por ello que se dice que las batallas se ganan o se pierden antes de ser peleadas. En este sentido, bajo un régimen autoritario las condiciones electorales estarán limitadas a aquellas que no pongan en riesgo la hegemonía del régimen. Es así como, por ejemplo, las elecciones serán competitivas en la medida en que la competencia favorezca al régimen, y la verificación de los resultados será transparente en la medida que no haya una derrota que ocultar. En este mismo sentido, el régimen otroga condiciones bajo las cuales puede perder sólo cuando las circunstancias lo obligan, lo que no ha sido el caso en Venezuela, pero a veces resulta ser que gracias a una buena planificación, preparación, y algo de suerte, los regímenes son derrotados bajo sus propias condiciones, como sucedió en 2007 y 2015.

Sin caer entonces en dogmatismos inútiles, es importante comprender que para Guaidó, el G4 y los partidos que le acompañan, no participar en esta elección ha sido la decisión correcta, no solo por las condiciones electorales impuestas por el régimen, que no podemos aspirar a cambiar mientras esten bajo su control y no haya nada que los obligue a ello, como se evidencia de la renuncia misma de Rafael Simón Jimenez, sino por otras razones, unas imputables al liderazgo de la oposición y otras no, como es el hecho de que la oposición nunca creyó (y algunos aún hoy no lo creen) que llegaría a esta elección parlamentaria con Maduro en el poder, por lo que renunció a preparase para este escenario, lo cual ha sido un error estratégico importante, pero también porque la situación de cuarentena por la pandemia, que se extenderá por el resto del año y quizás más allá, ha generado una desventaja adicional para el sector democrático que era imposible de preveer y muy difícil de superar, y porque además, a menos de seis meses de la elección, el régimen le arrebató a los demócratas el control sobre sus partidos mayoritarios para entregarselos a sus aliados políticos, despojándoles de los medios mínimos necesarios para aceptar un desafío electoral que no se traduzca, inevitablemente, en un suicidio político.

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