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La (geo)política en la pandemia

Foto: AFP

Elsa Cardozo

La velocidad de propagación, la persistencia, el agravamiento y las consecuencias ya indiscutiblemente globales de la pandemia del Covid-19  están obligando a analistas y decisores a evaluar las tendencias del orden mundial en el que se sobreponen crisis, a cual más grave, como las de salud, humanitarias, económicas, sociopolíticas, de seguridad y ambientales.  Aproximarse a esas tendencias, así sea en trazos gruesos, ayuda a reconocer retos y alentar ajustes estratégicos a la causa democrática venezolana.

La pandemia se ha convertido en un evento catastrófico en el que, como especie de enorme nodo, se enlaza todo lo demás. Así como su rápida expansión ha tenido efectos globales inmediatos, sus efectos  se van desbordando a otros ámbitos, con consecuencias de gravedad que apenas logramos atisbar. Responder a sus estragos, para comenzar, compromete recursos, altera las prioridades nacionales y complica la gobernabilidad en lo económico y lo sociopolítico, así como los alcances de las políticas externas. Esto, a lo que no escapan democracias ni autoritarismos, está siendo respondido de modos diferentes por unos y otros o, más bien, tiende a serlo. La Covid-19 está produciendo tanto la profundización de ciertos rasgos preexistentes como la aceleración de tendencias contrapuestas; esos tres rasgos -aceleración, profundización y contraposición-  pueden resumirse en los siguientes puntos, particularmente relevantes para Venezuela.

  1. La realidad de la interdependencia global que la rápida extensión y estragos mundiales de la Covid-19 confirma y profundiza, no ha impedido que la concertación y la cooperación, tan necesarias para atenderla, estén sujetas a grandes obstáculos y desafíos. De hecho, se han hecho cada vez más visibles dos tendencias contrastantes, en lo pandémico y en sus efectos y consecuencias colaterales. En un extremo, se identifican el reconocimiento de la importancia y las evidencias de disposición a concertar y a cooperar, a demandar y fortalecer las respuestas institucionales así como a responder, del modo más equilibrado e integral posible, a los retos de la pandemia y a los demás que le están asociados, particularmente desafiantes cuando se trata de sociedades con serias precariedades prevalecientes. Resulta, sin embargo, que cuanto mayores son estas precariedades y, por tanto, mayores también los impactos de la pandemia que a su vez las profundizan, también es mayor la tentación de moverse hacia los extremos de la otra tendencia. En ese otro conjunto se encuentran  las políticas y decisiones que, más allá del justificado impulso de centrarse en las respuestas locales y nacionales, se concentran en la atención a lo propio en términos convenientes al aumento del control político doméstico, lo que puede incluir a las reafirmaciones autoritarias,  la autocratización de democracias más o menos frágiles, así como  el abandono de responsabilidades y el desafío a normas internacionales: China, Rusia y Venezuela, Hungría, Estados Unidos, El Salvador y Brasil son dos conjuntos de ilustraciones de diverso espesor. El caso es que el impulso que han ido ganando las respuestas en las que prevalece esta última perspectiva se hace particularmente visible en otro trazo, muy de estos tiempos.
  2. Rivalidades y tensiones geopolíticas prevalecientes se hacen cada vez más notorias, sea que por el impulso de movimientos y gobiernos nacionalistas populistas o por las ambiciones de potencias autoritarias. Lo cierto es que  unos y otros han estado aprovechando la necesidad de medidas extraordinarias y de cooperación internacional, para fortalecerse internamente y, en el caso de las potencias autoritarias, en abierta competencia para acelerar sus proyectos de expansión de influencia y poder internacional que afectan las ya frágiles estructuras de gobernanza global. La exacerbación de la competencia se expresa  en todos los órdenes imaginables, desde los territoriales y tecnológicos, hasta los de información y salud, como lo ilustran el llamado “nacionalismo de vacunas”, la “diplomacia de mascarillas” y la cada vez más frontal ofensiva diplomática de China . Lo más relevante es que se trata de una competencia desigual. Veamos.
  3. Lo desigual de la competencia se manifiesta especialmente en la relativa continuidad de los apoyos y solidaridades autocráticas, tan diferentes a las democráticas. Suman ya casi tres lustros de avances del autoritarismo en el mundo, a lo largo de los cuales a las formas tradicionales de acción exterior en busca de aliados y relaciones de apoyo (visitas, créditos, préstamos, negocios, votos, misiones militares) se han sumado estrategias de incidencia para destruir la confianza en la dirigencia, las organizaciones y las instituciones democráticas, así como la oferta de recursos y asesoramiento para el control sociopolítico (manejo y difusión de información; penetración de redes sociales, identificación, seguimiento y  represión de disidentes y opositores) , así como nuevas modalidades de acciones de alto impacto y bajo riesgo, o riesgo calculado (como lo han ilustrado el envío de técnicos militares rusos y de gasolina iraní a Venezuela). Las posibilidades para el ejercicio de tales políticas siguen estando favorecidas por menores costos y riesgos que las del ejercicio de las solidaridades democráticas: a estas se exige  la sustentación en principios y están expuestas al escrutinio público y a las exigencias nacionales de transparencia y legitimidad. De modo que a un menor número de democracias corresponde el desafío de responder a los impactos nacionales de la pandemia, la recesión económica, las tensiones sociopolíticas que se profundizan y las tentaciones autoritarias que ven esas crisis como abono a su causa y, cuando menos, como un paréntesis a aprovechar, tanto como sea posible.
  4. La suma de los tres puntos previos describe tanto la necesidad como las dificultades para fortalecer la concertación entre gobiernos para trabajar por la difusión de principios y prácticas democráticos. La conjunción de la  pandemia y la constatación de interdependencia pero debilitamiento de la voluntad de cooperar -no solo  por disminución de capacidades sino por pérdida de disposición a hacerlo por razones geopolíticas y económicas- también afecta a las democracias. Piénsense no solo en las dificultades que han limitado en el tiempo el compromiso democrático latinoamericano -de los países de la OEA e incluso del Grupo de Lima y hasta de lo específicamente acordado por los gobiernos que invocaron el TIAR- , sino en las tensiones entre Estados Unidos y Europa, dos referencias democráticas fundamentales que -por razones muy distintas- pueden ver debilitada su capacidad de incidencia democrática mundial.

En el presente y para el futuro cercano, estos trazos perfilan una situación complicada para la causa democrática venezolana. Con todo, no ha dejado  de recibir atención internacional ante la escala de la destrucción del estado de derecho y la democracia cuya profundización y aceleración se proyecta sobre  el segundo semestre de este año y ya ha merecido severas condenas y advertencias democráticas internacionales. El reto de fondo, que es fundamentalmente político y humanitario,  es moverse con referencias propias en tan complicado entorno mundial, sin caer en la subestimación de la pandemia y la crisis humanitaria que ella agrava, sin desconocer las consecuencias de la interdependencia, sin enredarse en las tramas de la geopolítica, a la vez que alentando la concertación de los apoyos democráticos a la causa democrática y moviéndose entre la denuncia y la neutralización de las solidaridades autocráticas al régimen.

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