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¿Europa protagónica?

Foto: Archivo

Félix Arellano

Las difíciles circunstancias que acechan a la débil gobernabilidad mundial, entre otros, por el aislamiento de los Estados Unidos, principal promotor del orden liberal basado en principios y reglas que privilegia las libertades, que con sus limitaciones se establece después de la Segunda Guerra Mundial, obliga a los países democráticos a realizar esfuerzos creativos para contener los avances de los gobiernos autoritarios y mantener la institucionalidad internacional, en particular la defensa de los derechos humanos.

En este contexto se hace apremiante una participación más activa de la Unión Europea en el contexto mundial, tanto por su importancia estratégica, como por los valores de libertad, respeto de la democracia y de los derechos humanos que fundamentan el modelo comunitario desde sus orígenes.  Estamos conscientes que el reto es enorme, más aun cuando el bloque está enfrentando serias amenazas desintegradoras internas y externas, pero la historia ilustra sobre la capacidad de los países europeos para enfrentar las más duras circunstancias.

El reto también exige capacidad de innovación y liderazgo, por lo tanto se podría promover esfuerzos cooperativos con otros gobiernos democráticos e incluso  tratar de reincorporar a los Estados Unidos en el proyecto de la defensa de las libertades occidentales, que por tanto años ellos han promovido.

Realizar un inventario detallado de las bondades y limitaciones de la integración europea no es tarea fácil, el resultado es bien extenso y trasciende los alcances de este artículo. Ahora bien, si nuestro objetivo se concentra en explorar las posibilidades que la Unión Europea asuma un liderazgo más activo en el contexto mundial, consideramos que deberíamos concentrar la atención en los factores que pueden limitar el logro de ese objetivo.

En este contexto, somos de la opinión que factores políticos ejercen un peso determinante, en particular, el llamado  euroescepticismo, un ambiente de crítica y rechazo a las instituciones europeas, que desde hace algunos años corroe las bases del proceso y ha alcanzado su máxima expresión con el reciente retiro del Reino Unido (Brexit).

Son diversas las razones que estimulan la atmosfera socialmente crítica contra las integración europea y mucha responsabilidad puede recaer en las propias instituciones, que en sus perfeccionismos técnicos se tiende a distanciar de las bases sociales. Puede ser cierto que la sociedad sea el epicentro del trabajo, pero es necesario y conveniente oír a los ciudadanos. En este contexto, las decisiones verticales, las reuniones cerradas, los funcionarios cargados de tecnicismo son factores que pueden incrementar las brechas.

Pero la realidad política es compleja y debemos apreciar el efecto manipulador de grupos políticos radicales, que buscando el voto popular, promueven visiones y narrativas críticas, que exacerban el desosiego y el rechazo a la integración. Se simplifican las realidades y se presenta a la integración y la globalización como realidades idénticas, destacando sus efectos sociales negativos y ocultando sus beneficios en la generación de riqueza y bienestar social.

Los grupos radicales satanizan el mercado, la apertura, la globalización y la integración y promueven el nacionalismo, el proteccionismo y la exclusión. El tema de las migraciones se suma como otro factor político que está potenciando el rechazo a las instituciones europeas. Nacionalismo y xenofobia son elementos fundamentales en la ecuación del euroescepticismo. En la mayoría de los países miembros se están conformando grupos políticos radicales que exhiben como bandera el cuestionamiento de la integración.

Adicionalmente, la crisis de la pandemia del Covid-19, ha repotenciado las fuerzas centrípetas y centrifugas en el ámbito europeo. En los inicios de la pandemia se ha cuestionado la pasividad de las instituciones europeas y el incremento de los nacionalismos y proteccionismo que vulnera el mercado comunitario. Las instituciones reaccionaron de inmediato precisando que los temas de salud son competencias nacionales.

En la medida que la crisis se incrementó por el crecimiento exponencial del virus afectando a la mayoría de los países miembros, las instituciones asumieron un papel más protagónico y finalmente dieron un paso histórico al promover el fondo de recuperación, que por el orden de 750 mil millones de euros finalmente fue aprobado y, los más significativo es que el fondo se asume como una deuda que se financiará con recursos comunitarios en particular con nuevos impuestos.

El paso histórico del fondo de recuperación debería desarmar a los críticos radicales, pero no ha sido el caso, ahora cuestionan la administración de los fondos, las formas de financiamiento con impuestos que no se han aprobado y que generan resistencia. Los radicales se han fanatizado contra la integración, rechazan cualquier iniciativa, asumiendo irresponsablemente que el euroescepticismo les reporta beneficios políticos fáciles, sin medir las negativas consecuencias que puede conllevar la destrucción del proyecto comunitario para sus sociedades y para el orden internacional.

Conviene resaltar que la aprobación del fondo ha estimulado nuevas energías al proceso, que son indispensables para el necesario protagonismo internacional que reclaman las actuales circunstancias. La agenda global es muy compleja y se han exacerbado las tensiones con la pandemia, la actuación equilibrada y reflexiva de la Unión Europea resulta necesaria; en consecuencia, el bloque también debería superar otra de sus limitaciones estructurales, la lentitud y burocratización de la toma de decisiones, los acontecimientos reclaman acciones urgentes.

Pero la responsabilidad no es exclusiva  de la UE y el esfuerzo no debería ser aislado, la tarea fundamental es liderazgo y coordinación efectiva, por tanto debería promover la participación de otras democracias que también deben realizar sus mejores esfuerzos para consolidar los principios de libertad y la defensa de los derechos humanos en el mundo convulsionado que estamos viviendo.   

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