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La organización social más allá de las tácticas políticas (I)

Foto: Archivo

Danny Toro


En mi último artículo, traté de analizar táctica y estratégicamente la propuesta de cambió político en el país anclada en la presión y fuerza internacional, como la Operación de Paz y Estabilización, impulsada por María Corina Machado, y el principio internacional de proteger invocado por Juan Guaidó, en medio, ciertamente, de la división de planteamientos de las fuerzas democráticas frente a las elecciones del 6D y las aspiraciones de cambio político. Como es bien sabido, de nuevo dentro del seno de la oposición venezolana surgen diferencias, quizás no tanto de objetivos, pero sí de estrategias y caminos a seguir,  una constante dentro de las fuerzas políticas que combaten autoritarismos.  Lo verdaderamente importante y neurálgico entonces es buscar puntos de encuentro, en términos estratégicos, para lograr la transición hacia la democracia.

Ahora, ¿en qué coinciden las fuerzas de oposición en Venezuela? Esta es una pregunta de fácil respuesta: en el desplazamiento del régimen de Maduro del poder. ¿Cómo lograr ese desplazamiento? Allí la respuesta es más compleja, pues depende del cálculo político de cada uno de los actores y sus propios intereses. Ya no tanto de las reglas del juego – sabemos que nos movemos en un contexto autoritario-, sino de las acciones para dinamizar el conflicto venezolano en determinadas direcciones (negociación, cambios dentro de la coalición gobernante, etc.) Por eso es necesario preguntarnos qué elementos son coincidentes en las diferentes propuestas políticas con el  fin de construir, sino caminos conjuntos, por lo menos criterios tácticos y estratégicos compartidos que permitan la obtención del cambio político en el país.

El respaldo social como punto de convergencia

         Dentro de cualquier dinámica política desde la antigüedad ateniense, incluso en contextos violentos y de guerras, el respaldo social a determinada propuesta política es imprescindible, y todos los actores que participan en esa dinámica buscan obtenerlo. Incluso en escenarios donde unas élites impulsan propuestas y acciones no compartidas por las mayorías sociales, tratan de crear narrativas que convenzan justamente a esa mayoría de respaldar sus acciones. Y no es solo una lógica de las democracias, sino de todo régimen sociopolítico. A comienzos del siglo XIX, por ejemplo, cuando suceden las independencias latinoamericanas, esos proyectos son solo impulsados, en principio, – a sangre y fuego, pero también respecto a ideas y debates- por minorías frente a las mayorías que eran claramente promonárquicas. Sin embargo, hubo todo un esfuerzos narrativo, probablemente más difícil y necesario que el esfuerzo bélico, de convencer a esa mayoría social de que el régimen republicano era lo más conveniente.

Así que tener el respaldo político, traducido en credibilidad social es imprescindible en cualquier cálculo político, tanto para lograr la transición como para mantenerla, sino allí está el reciente caso de Bolivia y de cómo se pierde fácilmente un logro. Por lo tanto si en algo coinciden los planteamientos políticos disímiles es en buscar y mantener el respaldo social. Incluso si hay que empujar acciones impopulares, solo se llevan a cabo porque se tiene el cálculo que en un corto o mediano plazo el respaldo popular se materializará.

El golpe de Estado que derroca al presidente Isaías Medina Angarita, en 1945 impulsado por logias militares y por el partido  Acción Democrática,  que cumplió 75 años este 18 de octubre y que la historiografía venezolana considera como el comienzo de la democracia venezolana, tiene una interesante enseñanza. Se sabe que ese  golpe fue tramado por los militares que  necesitaban una base de respaldo social para impulsar sus acciones, y buscaron justamente al actor político que, aun no teniendo las armas, contaba  con algo mucho más poderoso e importante,  el apoyo popular. De allí la importancia de ese actor en aquel golpe de Estado y en la posterior construcción democrática.

Recordemos también la dictadura militar brasileña, en la que  el respaldo social, paulatino pero masivo, como aquel movimiento de “Directas Ya”,  en la década del 80, fue el punto clave para lograr la transición. Lo que quiero entonces decir es que los planteamientos políticos que son verdaderamente efectivos- aunque no exentos de dificultades- son aquellos planteamientos que se abocan a construir una mayoría social cuando no la tienen o a mantenerla cuando ya la alcanzaron. Y las mayorías para que nos sean transitorias, es decir, producto de una coyuntura, tienen que ser organizadas. De allí la importancia vital de la organización social como medio para construir una mayoría  y una musculatura ciudadana para enfrentar al autoritarismo gobernante. No es lo mismo el respaldo hacia Juan Guaidó por un evento coyuntural como la juramentación como presidente interino, que un respaldo que encuentre canales para reforzarse y mantenerse.

Por lo tanto, mas allá de las diferencias en los planteamientos políticos hoy sobre la mesa de las fuerzas democráticas, lo imprescindible es que dichas acciones articulen, refuercen y construyan tejido y musculatura dentro de la ya golpeada ciudadanía venezolana. No olvidemos lo difícil de la realidad nacional y del desmembramiento social producto de las carencias económicas y la emigración masiva. Se tienen que crear narrativas que conecten con la realidad más cercana de la población, den identidad de proyectos compartidos y  brinden la esperanza de que el cambió es posible y depende justamente de nosotros. Y esto último no es y ni debe ser una consigna- aunque parezca- sino el resultado de un razonamiento sencillo: la lucha por la democracia solo es posible mientras se conserven los ánimos y la disposición de continuar adelante hasta vencer. Lo peor que le puede pasar a una dirigencia política es creer que se puede avanzar sin la gente, o peor aún, que se avanza cuando en realidad la población piensa lo contrario.

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