Opinión y análisis

Crisis intersistémica

Tomada de Fundación Embajada Abierta

Félix Arellano

Se han efectuado procesos electorales en varios países andinos, en los casos de Bolivia y Ecuador, con  segunda vuelta ya realizada y, en el caso de Perú, aún en plena campaña electoral para la elección de la presidencia de la República y próximo a su segunda vuelta, el 6 de junio del presente año.

Al evaluar tales procesos, llama la atención que, no obstantes las especificidades de cada uno, se presentan interesantes coincidencias, que incluso caracterizan a la región en su conjunto, como es el hecho de enfrentar lo que podríamos definir como una crisis intersistémica compleja, que combina lo social, económico y político. En estos tiempos, repotenciada por las perversas consecuencias de la pandemia del covid-19 y, por otra parte, este grupo de países también enfrentan los riesgos de gobernabilidad dada las condiciones de los nuevos congresos ya electos.

Pudiéramos considerar que la crisis intersistémica compleja es de carácter  estructural, toda vez que se arrastra una larga historia de problemas sociales, económicos y políticos en nuestra región. No podemos desconocer que algunos gobiernos democráticos han realizado esfuerzos por enfrentar las condiciones de miseria de los sectores más vulnerables; pero, no ha existido continuidad en los programas y tanto la corrupción, como los cambios políticos e ideológicos, han limitado su efectividad.

Adicionalmente, debemos sumar en el marco de crisis intersistémica los efectos que emanan desde el contexto internacional, tanto por las inequidades que genera el proceso de globalización económica, con su naturaleza paradójica, pues si bien promueve crecimiento y bienestar, también conlleva perdedores y sectores afectados o excluidos.

Las transformaciones tecnológicas que caracterizan la 4ta Revolución Industrial, o el internet de las cosas y las cadenas globales de valor, dejan a los más vulnerables en una brecha tecnológica que  limita sus posibilidades de aprovechar las oportunidades que se desprenden de tales transformaciones.

Desde el contexto internacional también nos encontramos con las implicaciones de la geopolítica del autoritarismo, potencias autoritarias como China, Rusia e incluso Irán, están desarrollando creativas estrategias de expansión económica en los países en desarrollo, con el objetivo de controlar mercados y recursos, empero, progresivamente, van posicionando valores autoritarios que amenazan las libertades, la democracia y los derechos humanos.

Esta sumatoria de factores está generando consecuencias en el ámbito político. El malestar social estimula el rechazo a la política y los políticos. Una creciente población sometida a condiciones de miseria y exclusión y, en algunos casos, al menosprecio, se convierte en presa de radicalismos, populismos, violencia y la antipolítica. En este contexto, grupos políticos radicales han adoptado el camino de aprovechar las bondades de la democracia para tomar el poder, movilizando la desesperanza y el malestar de la población.

La narrativa de los grupos radicales combina un conjunto de factores como el nacionalismo, el proteccionismo del mercado, el cuestionamiento de las instituciones liberales, para atraer el voto de los vulnerables. Como parte del discurso oficial, prometen soluciones mágicas y rápidas; imposibles de llevar a la práctica, pero el objetivo fundamental es lograr poder, luego, inician un proceso de desmantelamiento de la institución democrática; incluso mantienen e incrementan la pobreza a los fines de controlar la población.

En los países andinos, y en la región en su conjunto, la crisis política se puede definir como una  crisis en la democracia, no de la democracia; particularmente, una crisis de la dinámica política y de los políticos. El deterioro del sistema político y, en particular, de los partidos políticos, ha sido manipulado como parte de la antipolítica, abriendo paso a las opciones radicales.

Entre los elementos que caracterizan la crisis política podríamos destacar los distanciamientos, los divorcios, el menosprecio, que se hacen visibles, entre otros, en la injusta conformación de oportunidades, la brecha tecnológica, la exclusión de los más débiles, los racismos, la xenofobia, el rechazo a la diversidad en sus múltiples expresiones.

En los tres países mencionados podemos apreciar coincidencias en el divorcio entre lo urbano y lo rural cargado de indigenismo y pobreza; el deterioro de las instituciones democráticas; el rechazo de la población, particularmente a los más débiles, a los políticos y sus organizaciones. Los críticos más radicales perciben la política como una vía fácil para la riqueza mal habida y, cuando un grupo logra el poder, asume una impunidad plena.

Se van conformando condiciones para la antipolítica, el populismo y el radicalismo. El falso discurso de “destruirlo todo”, esperando “un salvador” que, al llegar al poder, seguramente se concentra en perpetuarse, desmantelando progresivamente las instituciones democráticas, los controles, la crítica y violando sistemáticamente los derechos humanos fundamentales.

El caso boliviano confirma cómo las divisiones son el camino seguro al fracaso. La oposición democrática boliviana unida tenía la fuerza suficiente para lograr el poder nacional, es decir, la Presidencia de la Republica, como ha quedado demostrado al ganar la gran mayoría de gobiernos regionales, la oposición ha obtenido 6 de los 9 departamentos; empero, privaron las agendas personales.

Las divisiones permitieron que el MAS, partido de Evo Morales, con todo su expediente de corrupción y autoritarismo, pero con un candidato remozado,  lograra un triunfo contundente; empero, en corto tiempo, la dinámica está evidenciando que el poder real se encuentra en manos de Evo Morales, con su agenda de revanchismos y confrontación.

Por otra parte, el caso peruano se presenta como el más complejo, la fragmentación política que caracterizó la primera vuelta de las elecciones generales, con 18 candidatos, ilustra sobre el mar de fondo. Adicionalmente, que los radicalismos hayan logrado el triunfo en la primera vuelta, expresa la profundidad del malestar de la población.

En efecto,  Pedro Castillo, representante del partido Perú Libre, de orientación marxista leninista, ha logrado el primer lugar con apenas un 19%, y Keiko Fujimori, de Fuerza Popular, el segundo lugar con un 13%. Las cifras indican que un 70% de los votantes no comparten tales candidaturas.

El caso de Pedro Castillo y sus propuestas deberían ser motivo de reflexión. Representa una potencial amenaza para el futuro de Perú y de la región, pero tiene respaldo, estimula los sentimientos de los excluidos y marginados que son muchos, resulta atractivo en las actuales condiciones del país.

Descalificar y menospreciar a Castillo, con intrascendentes argumentos formales y banales, como por ejemplo, su presentación personal o su lenguaje, es desconocer la situación de los débiles y marginados, que encuentran en Castillo su visibilidad.  

No es descalificando las limitaciones de Castillo, que constituyen parte de sus fortalezas, pues lo identifican con los más vulnerables, que se podrá concienciar sobre la amenaza que representa su proyecto para el futuro del país. Debemos tener presente que al subestimarlo, se fortalece.

Pareciera que el pueblo peruano no está comprendiendo los colosales fracasos de Cuba, Nicaragua y Venezuela, donde los falsos discursos han llevado a la destrucción y la generación de pobreza para perpetuar camarillas en el poder. Los pueblos estamos viviendo a espaldas de los vecinos. Pero el caso es más complejo, toda vez que los pobres están sometidos a la asfixiante cotidianidad de sobrevivir y aspiran soluciones urgentes, que radicales y populistas manipulan.

Pero no todo es negativo y contamos con lecciones positivas desde el Ecuador, un país que también enfrenta los problemas de las asimetrías estructurales, pero el presidente electo, Guillermo Lasso, pareciera que al menos en la campaña electoral de la segunda vuelta, ha comprendido la importancia de la inclusión y de la sensibilidad social en el juego político democrático.

Esperemos que no sea una jugada táctica para lograr el poder y que su gobierno se oriente por la vía de la incorporación de todos los sectores, en particular del indigenismo y los más vulnerables. En términos tradicionales se podría definir como la conformación de un gobierno de amplia base, que incluya la participación de otros grupos políticos, lo que puede facilitar la gobernabilidad, en particular, con un poder legislativo adverso. 

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