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Estamos perdidos

EDITORIAL

Tomadode HOLA!

Benigno Alarcón Deza

Hace unos treinta años, tropecé con uno de esos libros de los que aprendemos lecciones importantes de vida, muchas veces no son por su densidad ni profundidad sino por su sencillez y sentido común. Este era un libro de Stephen Covey llamado “Los 7 hábitos de las personas altamente efectivas”, que llegó a ser un best seller en su época. De él aprendí algunas lecciones, entre ellas la de cultivar ciertos hábitos y principios que me han sido muy útiles en mi vida personal y profesional.

Una de las cosas que atesoro de estas lecciones es su definición de lo que son los principios. Para Covey los principios son faros, o leyes naturales, que no se pueden quebrantar. Cuando navegamos los faros sirven para orientarnos, para indicarnos hacia dónde movernos. Los faros no pueden moverse, son los barcos los que lo hacen, y si nos empeñamos en mantener el rumbo contra el faro (o contra los principios), lo único que puede pasar es que nos estrellemos para después hundirnos. Los principios no pueden ser quebrantados, y son normalmente las personas, las empresas, las organizaciones, los proyectos, los países, los que terminan quebrantándose cuando se empeñan en ir contra los principios.

Podríamos entender los principios como normas de carácter general y universal que orientan las necesidades de desarrollo y felicidad del ser humano, y es por ello que, en muchas ocasiones, tropezaremos con los mismos principios en culturas, religiones y sistemas que no guardan entre sí mayor relación.

Immanuel Kant, quien fundamentaba la ética en la actividad propia de la razón práctica, considera como principios aquellas proposiciones que contienen la idea de una determinación general de la voluntad que abraza muchas reglas prácticas. En este sentido, si consideramos los principios, como una creación humana, lo que no reduce en nada su valor intrínseco, estaríamos ante el enunciado de máximas que los hombres han descubierto y se han puesto a prueba en distintos momentos y circunstancias de su existencia, y han marcado la diferencia entre lo que resulta bueno o malo para su propia supervivencia individual y para la vida en sociedad. Pero además, al ser los principios un producto de la razón puesto a prueba reiteradamente por generaciones, terminan estando al alcance de todos y siendo tan visibles como lo es un faro en la oscuridad, a veces de manera expresa, tomando la forma de máximas, normas, constumbres, proverbios, y otras de manera menos evidente,  pero también al alcance de todos a través del ejercicio de lo que llamamos conciencia, que bien sea individual o colectiva implica el esfuerzo, a veces no tan fácil, de hacernos conscientes.   

Pero, ¿por qué dedicar este editorial, que normalmente trata de política, a este tema? Porque, tal como sucede con un barco cuando necesita orientación, cuando estamos extraviados es cuando más necesitamos de un faro que nos oriente, y ese faro está en los principios. Es obvio, que hoy en día, estamos perdidos, la gente se siente extraviada e intuye que no está sola. Muchos analistas, expertos, académicos, e incluso líderes políticos y sociales también podríamos estar perdidos y sin rumbo sobre cómo salir de una situación, contra la cual lo hemos intentando todo sin éxito, y que ha destruido progresivamente nuestra democracia, nuestra economía, nuestras instituciones, nuestra sociedad y nuestro futuro.

Es así como vemos pasar los días, semanas, meses, e incluso años, sin ver una salida, sin ver la luz al final del túnel y ni tan siquiera ver el túnel, mientras vemos las fórmulas y propuestas de los líderes de turno, incluso acompañados de aliados tan poderosos como los Estados Unidos o la Unión Europea, estrellarse una y otra vez, sin que se logre materializar el anhelado cambio.

Hoy, somos testigos de un nuevo intento de negociación, al que muchos expertos, académicos y opinadores de profesión apuestan con reservas pero sin fundamentos a que será distinto, a que ahora es el régimen el que necesita negociar, cuando la realidad es que si alguien necesita de un acuerdo porque no tiene otras alternativas fuera de la mesa de negociación, y el statu quo equivale a su derrota, es la oposición democrática.

No hay manera de que la sociedad y los liderazgo coincidan en una misma ruta por la causa democrática si no nos alineamos bajo principios que nos sirvan de referentes, de faros que orienten la acción de todos en una misma dirección.

En un esfuerzo por identificar algunos de los principios que la gente comienza a compartir en su comprensión sobre el actual conflicto político, y que deberían ser el fundamento de la narrativa y la acción de esta lucha por la democracia, el Centro de Estudios Políticos y de Gobierno de la Universidad Católica Andrés Bello ha continuado con un proceso de investigación que se inició hace algunos años, pero que no podemos dar por concluido, y para el que se han ejecutado una serie de grupos focales y encuestas nacionales de las cuales pueden extraerse algunas conclusiones sobre lo que la gente demanda y las respuestas en la que la mayoría de quienes reclaman un cambio coinciden frente a los dilemas actuales.

  • ¿Democracia o cajas CLAP? La gran mayoría de la gente no confunde hoy en día el objetivo de esta lucha y al contrario tienden a alejarse de aquellos liderazgos que se ubican en una zona gris entre el gobierno y la oposición, o que tratan de confundirlos o comprometerlos a cambio de una caja de comida o pequeños favores. La gente, pese al enorme estado de necesidad y el miedo que les obliga a mimetizarse, cuando se sienten en confianza critican duramente a quienes tratan de comprometer su voluntad o su voto a cambio de una caja CLAP u otras dádivas equivalentes. Ello implica que, a pesar del miedo, que es real, de la necesidad que les hace anotarse en la lista para recibir una caja CLAP, la gran mayoría de la gente no tendrá dudas en ir contra el régimen, dándole la espalda, votando en su contra, o haciendo lo que sea para contribuir a su salida, si ven la oportunidad para ello. Hoy está claro que mucha más gente valora su independencia y prefiere un sistema en el que pueda trabajar, progresar y valerse por sí misma y no uno en el que dependa de los caprichos y favores del gobernante de turno.
  • ¿Pañitos calientes o cambios radicales? La gran mayoría de la gente está consciente de que el actual sistema no funciona ni funcionará y reclama cambios radicales, o como mejor lo expresan, “de raíz”. La gente aspira a una transformación profunda del país en el que se cambie el sistema político, el sistema económico, en el que se eduque a los jóvenes en principios y valores, donde se recupere la valoración por el trabajo y el esfuerzo individual. La gente está consciente de que la raíz del problema se encuentra en el régimen que nos gobierna y no en las sanciones ni en una oposición que no tiene mayor poder real y, aunque piensa que el régimen es todopoderoso, lo que lo hace también responsable directo de todos los males, se piensa también que el cambio inicia a partir de un cambio de gobierno.
  • ¿Unidad o todos contra todos? Cuando hablamos con quienes se oponen al régimen pero continúan apoyando a un liderazgo como el de Guaidó, nos dicen que no se logró el objetivo porque no hubo unidad en torno al mencionado dirigente. Asimismo, cuando hablamos con quienes también se oponen al régimen pero no apoyan a ningún liderazgo conocido, dirán que no lo hacen por decepción, porque los líderes de oposición no han logrado nada porque han estado divididos y “cada quien jala para su lado”. Ambos grupos de opositores no tienen dudas de que uno de los obstáculos que se interponen en el camino para un cambio político es la falta de unidad. También comprenden que un régimen que es minoría siempre tratará de buscar fórmulas para mantener divididos a quienes se le oponen, de manera tal que cada oposición sea menor, y por lo tanto menos poderosa que la coalición que controla el poder, por lo que ven con desconfianza y se apartan de aquellos liderazgos que dicen ser de “oposición” pero están más cerca del régimen, o que tratan de tomar provecho de la situación para dividirnos.La gente comprende que la unidad nos hace más fuertes y que la probabilidad de derrotar a un régimen que tiene el poder y está dispuesto a mantenerlo a como dé lugar es proporcional a la magnitud y el nivel de cohesión de quienes se le oponen. La gran mayoría de la gente comprende que las divisiones no nos fortalecen ni generan sinergia, sino que la sinergia se construyen sumando y multiplicando.
  • Quien vive de ilusiones muere con decepciones. La mayoría de quienes se oponen al régimen comprenden que la lógica de la negociación es lograr una salida con la cooperación del régimen, porque no hemos podido lograrla por nosotros mismos. Si bien es cierto que la gran mayoría del país querría una salida pacífica y negociada, también comprenden que la negociación tiene límites y quien tiene el poder nunca va a negociar su entrega, al menos que se vea obligado a hacerlo o tenga el temor de perderlo y quiera obtener garantías a cambio de facilitar el proceso de salida para todos. La gente también comprende que el régimen está dispuesto a negociar el retiro de las sanciones a cambio de algunas concesiones, pero no a cambio de su salida ni nada que, como por ejemplo una elección libre y democrática, ponga en riesgo su permanencia en el poder. Es por ello que la gente ve con escepticismo a aquellos que prometen acuerdos que nunca terminan por concretarse mientras se le permite al régimen terminar imponiendo sus condiciones, ganar tiempo y dividirnos aún más. Finalmente, la gente intuye que para que el régimen acuerde una solución política definitiva, es el mismo régimen quien debe necesitar negociar una salida a la crisis porque el statu quo ya no es sostenible, y es por ello que no es posible alcanzar acuerdos que se traduzcan en una solución definitiva a la crisis si se negocia desde una posición de debilidad en la que quienes representan a los sectores democráticos del país no tienen alternativas más allá de las concesiones que esperan que el régimen les conceda. Es por ello que para negociar exitosamente, es necesario identificar o cultivar fortalezas que se traduzcan en un cambio en el tablero de juego político.
  •  ¿Entreguismo o economía de esfuerzo? Aunque ciertamente existe un porcentaje importante de la población que ha perdido la esperanza y no tiene expectativas de cambio, por lo que hoy centran sus esfuerzos en la supervivencia, traducida en adaptación para vivir en un país cada vez más hostil, aunque continúan renuentes a aceptar esto como una situación permanente y definitiva, o buscan irse para construir un futuro en otro lugar, la realidad es que un porcentaje muy importante de la población se niega a rendirse y continúa dispuesta a seguir luchando. Por ejemplo, hemos escuchado a muchos analistas diciendo que la gente se niega hoy a protestar, pero en nuestras propias investigaciones no encontramos evidencia de ello, y por el contrario vemos que la gente continúa protestando por motivos diversos, en espacios más localizados y bajo modalidades que consideran más eficientes par alcanzar sus propósitos. Lo que si hay, tanto en un caso como en el otro, es una actitud totalmente racional, que es la economía de esfuerzo. La gente no participa si no tiene expectativas de que los riesgos y el esfuerzo servirá para algo, y por lo tanto no continúa atendiendo a convocatorias cuando no creen en el convocante o en el objetivo por el que se les convoca. Es por ello que la gente no atiende a convocatorias para ver discursos en plazas públicas, y prefiere usar el tiempo para atender sus asuntos de trabajo, familiares o personales, mientras si atiende a la protesta de su comunidad por el restablecimiento de un servicio público, que por lo general si consigue resultados. De la misma forma la gente está dispuesta a atender aquellas convocatorias que sientan políticamente útiles, pero no a entretener tiempo y esfuerzo en las que no lo son. Esta lógica de la economía de esfuerzo aplica también al voto, a un referéndum, a una consulta, o a cualquier iniciativa que implique la participación de la gente. La gente participará en las convocatorias en la medida que tenga expectativas de éxito y sienta que la relación costo-benéfico justifica el esfuerzo, y las ignorará cuando no sea el caso.
  • ¿Dónde está el líder? El liderazgo no es un asunto de jefes y subordinados, ni de políticos y votantes, sino la consecuencia de otras cosas que hacen quienes terminan ganándose el honor de liderar. El liderazgo es un fenómeno esencialmente voluntario que se produce entre el líder y quienes le siguen. No es líder quien quiere sino quien puede, porque es la gente quien lo elige a partir de un fenómeno de resonancia emocional, una relación de confianza hacia quien la gente ha decidido seguir y apoyar. No es cierto que los líderes se hacen a partir de una elección, sino que, por el contrario, son electos por su liderazgo. No puede haber liderazgo en donde no hay confianza, porque no puede haber identidad, resonancia emocional, con aquellas personas en las que no confiamos. Es por ello que el principal activo de un líder es su credibilidad. Resultan tan absurdos como inútiles los conflictos entre figuras políticas de la oposición por liderar, y más aún las de aquellos que demandan “rotar el liderazgo”. El liderazgo no funciona así. Quien pretenda liderar, más que ser electo, luchar por ser reconocido como líder o negociar su turno de liderar por rotación, lo que debe es compartir su visión, convencer y ganar la confianza de la gente.
  • ¿Quién puede salvarnos? Si bien es cierto que cuando hacemos esta pregunta hay una gran confusión y diversidad de respuestas, también es cierto que la gente, con el tiempo y las decepciones, comienza a volverse más realista. La gente ya no cree en salidas mágicas, ve con desconfianza a quienes las prometen y comienza a reconocer su propia responsabilidad. Aunque respuestas como la comunidad internacional, los militares, etc. siguen allí, cada vez con menos frecuencia, aparecen otras que empiezan a apartarse de eso que los psicólogos llaman el locus de control externo y colocan la responsabilidad de producir un cambio en nosotros mismos. La gente, después de muchas frustraciones comienza a comprender que los cambios políticos son procesos sociales y no juegos entre élites internas o foráneas. Incluso mucha gente comienza a considerar, acertadamente, que cambiar al gobierno es necesario pero no suficiente, y no es posible cambiar nuestra realidad política, social y económica, sin cambiar a la sociedad. Nadie tiene la responsabilidad o la obligación de salvarnos. Todos y cada uno de nosotros somos responsables de nuestro propio destino.

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