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Posibilismo y cancelación: La nueva forma de hacer la revolución

Tomada de Mo Fanning

José Ignacio Guédez Yépez

La agenda contra la democracia liberal en Occidente se hace evidente a partir de los fenómenos llamados “posibilismo” y “cancelación”, que actúan indistintamente y según convenga, tanto para normalizar tiranías como para desestabilizar democracias, respectivamente. Se trata de dos visiones que, a pesar de lucir antagónicas y contradictorias, provienen de un mismo sector, el mismo que hasta hace poco vendía la utopía comunista.

Jean-François Revel ya lo había advertido a finales del siglo pasado cuando escribió que ante el rotundo fracaso del comunismo en el mundo, sus promotores tuvieron que renunciar a vender el paraíso socialista para quedarse solo con la crítica al infierno capitalista. Su política ya no se basaba en ningún modelo alternativo, sino en la denuncia constante de la propia democracia liberal. Esta supuesta “autocrítica” devino rápidamente en una agenda para destruir desde adentro los modelos pluralistas y garantistas en favor de tiranías que algunos académicos potabilizan con el término “democracias iliberales”, olvidando que la democracia es liberal o no es. Lo que queda claro es que la nueva forma de hacer revolución en este siglo es a través de la siguiente fórmula: cancelación donde hay democracia y posibilismo donde no la hay.

La cancelación consiste en condenar a priori y sin necesidad de pruebas (sin presunción de inocencia ni debido proceso) a cualquiera que represente la cultura dominante en Occidente, no solo en la actualidad sino en cualquier momento de la historia. Es la posverdad convertida ya en sentencia firme, al margen de las instituciones democráticas, que le permite a cualquier persona con internet tener su propia guillotina digital. Es Occidente odiándose a sí mismo y cancelando su propia historia, es la masa tumbando estatuas y declarándose heredera de todo el sufrimiento humano que debe ser vengado por la fuerza. Pero todo esto pasa en países donde hay democracia con Estado de derecho, justicia independiente, alternancia en el poder, elecciones libres, libertad de expresión, legalidad, pluralidad, libertad, etc. Aquí la urgencia no permite esperar a la próxima elección ni a una sentencia del sistema judicial, que cuando llega ni siquiera importa porque ya se ha hecho justicia en la plaza.

Mientras tanto en los países sin democracia, secuestrados por caudillos que destruyen el Estado para someter a toda una población ya sin derechos, la actitud es la contraria: la tolerancia y el posibilismo. Los mismos que hacen la revolución en los países democráticos para desmontar esos Estados liberales, sirven de apaciguadores en países con regímenes totalitarios e iliberales. Se visten de sensatez para convencer de que hay que acostumbrarse a vivir sin democracia y conformarse con pequeños cambios cosméticos, que dependen siempre de la caridad y concesión del autócrata. Y quienes resisten en nombre de la democracia y la libertad terminan siendo etiquetados como radicales que no saben convivir con quien los oprime y son irresponsables por proponer la utopía de la pluralidad y la alternancia. En estos casos no hay urgencia y las víctimas deben conformarse con una institucionalidad inexistente o secuestrada, esperando pasivamente por un cambio que quizá llegue en un futuro remoto, o no.

En Latinoamérica el posibilismo se puede ver con total nitidez en Cuba, pero tiene también plena vigencia en Nicaragua y Venezuela, donde dicha agenda aboga por elecciones sin condiciones que legitimen las tiranías de Ortega y Maduro, respectivamente. En vez de condenar los crímenes de lesa humanidad de esos regímenes totalitarios cuya duración se cuenta por décadas, el posibilismo prefiere condenar a priori cualquier intervención o protesta interna por considerarla violenta, asumiendo como inevitable la continuidad indefinida de dichas tiranías. El objetivo es normalizar la dictadura de Venezuela y Nicaragua como ya lo hicieron con la cubana, en favor de una agenda económica que consigue en estos autoritarismos, incentivos que no se conseguirían en países con libre mercado y Estado de derecho.

Por su parte la cancelación se abre paso en Colombia y Chile, a pesar de que en el primer caso el período presidencial es de sólo cuatro años sin reelección y habrá elecciones presidenciales dentro de algunos meses, mientras que en Chile se ha dado una alternancia perfecta entre la izquierda y la derecha durante un prolongado período democrático que ha arrojado los mejores índices económicos de la región. En ambos países (a diferencia que Cuba, Venezuela y Nicaragua) hay democracia con separación de poderes, libertades políticas y elecciones libres. Sin embargo, aquí el posibilismo no aplica y por el contrario se legitima la violencia y los atajos. ¿Constituyente en la democracia chilena y elecciones regionales sin condiciones en la tiranía venezolana?

¿Se entiende la hipocresía, injusticia y hasta supremasismo de este esquema conceptual?  Mientras que en los países democráticos se prenden las hogueras para condenar a sospechosos de machismo, homofobia y racismo de todas las épocas; en los países sin democracia se le pide a las víctimas actuales que se conformen y esperen. Ambas visiones tienen un punto en común que evidencia su procedencia, ambas son antidemocráticas. La cancelación actúa al margen de la ley y las instituciones democráticas, mientras que el posibilismo normaliza la ausencia de democracia. La agenda es clara: la destrucción de la democracia liberal.

Estas agendas mundiales de normalización de tiranías y desestabilización de democracias convergen en un punto geográfico: Moscú. Putin es un emperador orgulloso de sí mismo que sin complejos oprime a su pueblo y además interfiere en otros países para debilitar sus democracias en favor de tiranos aliados, como sucede abiertamente en Biolorrusia y Venezuela, por ejemplo. Rusia es responsable de envenenamientos de disidentes políticos, laboratorios de fakes news, hackers que influyen en las elecciones de Estados Unidos, ataques cibernéticos a oleoductos y otras industrias básicas, y hasta el secuestro de aviones comerciales en Europa.  Y en la sombra trabajan incansablemente para ganar la batalla cultural y sustituir a nivel global el paradigma de la democracia liberal por el del populismo autoritario eficiente, con la fórmula infalible del posibilismo y la cancelación.

El eje oriental comunista se reiventó y le ha declarado de nuevo la guerra al Mundo Libre, pero esta vez el debate no es económico sino mucho más básico, el dilema es entre democracia y tiranía. Al parecer la democracia dejó de importar, no se valora donde la hay y tampoco importa que no la haya, olvidándose que la democracia es el único sistema que garantiza los derechos civiles de cualquier tipo, donde existe igualdad ante la ley y donde se puede hacer justicia verdadera. Lo que debería cancelarse cuanto antes es a los tiranos que se perpetúan en el poder y lo ejercen de forma ilimitada oprimiendo al pueblo, porque el verdadero “posibilismo” sólo puede darse dentro de una democracia con legalidad, alternancia y separación de poderes. 

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