Opinión y análisis

Jóvenes en lo público: ¿especie en extinción?

Tomado de Significado. com

Hasler Iglesias

Al mediodía del lunes de carnaval de 1928, se escuchó una comparsa. Prestando atención se podían entender los versos que recitaba un joven… 


” (…) el nombre de esa novia se me parece a vos! Se llama: ¡LIBERTAD! Decidle a vuestros súbditos-tan jóvenes que aún no pueden conocerla-que salgan a buscarla, que la miren en vos (…) “


— 
Salió, como todas las mañanas, a comprar el diario. Llevaba en su bolsillo remendado una moneda de medio para entregársela al muchacho que agitaba contra el viento el ejemplar de ese día. Revisando sus páginas, se encontró con un manifiesto que rezaba:

” (…) Fueron los jóvenes quienes primero conjugaron sus esfuerzos, quienes primero anudaron acuerdos para librar el combate común contra la tiranía (…). “

Era jueves hacia el mediodía. Apenas llegaban los niños de la escuela y escucharon en el televisor esa melodía que anunciaba un dolor de cabeza asegurado: el inicio de la cadena nacional. Sin embargo, ese día vieron algo a lo que no estaban acostumbrados: un joven, vestido de rojo, afirmaba: 

” (…) Hoy vinimos aquí a reivindicar los derechos civiles (…). “

No son pocos los momentos en que los venezolanos han dirigido la mirada, esperanzados, hacia los jóvenes. En los momentos más oscuros, cuando menos certezas hay, ha salido la voz como un trueno de los que arden de ganas de cambiar el status quo. El joven que recitó aquel poema el lunes de carnaval de 1928 fue José Pío Tamayo; el manifiesto que apareció en la prensa al cumplirse un año de la huelga estudiantil del 21 de noviembre de 1957 le presentaba al país los planteamientos de las organizaciones políticas de la juventud; y las palabras de aquel joven en cadena nacional, el 7 de junio de 2007 eran de Douglas Barrios, dirigente de la Universidad Metropolitana, ante un poder legislativo unicolor. 

En estos días muchos siguen buscando, angustiados, la voz de los muchachos. No la encuentran. “Se fueron”, dicen algunos. “Los mataron”, suspiran otros. La verdad es que aun cuando hablen, es difícil escucharlos en un país censurado. 

La juventud es casi como una emboscada: mezcla las energías con la inconformidad, la temeridad con la esperanza. No es extraño que los jóvenes sean la vanguardia de las transformaciones sociales. Ahora bien, es propicio entender qué ha pasado en Venezuela para que luego de tanto ajetreo algunos se sientan en un silencio sepulcral. 

Muchos de los jóvenes ilustres de nuestra historia luego fueron políticos. Fundaron los primeros partidos políticos, la democracia, fueron presidentes y líderes prominentes. Hoy cabe preguntarse si el camino de la política es atractivo para los jóvenes. Y me refiero a la política que empeña alma, vida y corazón para construir una sociedad más justa y libre, no la que se afana por acaparar poder aún, sin saber mucho cómo ni para qué usarlo. En Venezuela se han cerrado los caminos para el libre pensamiento y el libre liderazgo. Solo se permite competir a quien no es una amenaza para el poder -y nada que valga la pena no será una amenaza para el poder-. Partidos políticos mermados por la persecución y la barbarie, la carga de fracasos en la espalda que ha minado su credibilidad, y una situación social que empuja a todos a procurarse por lo básico antes de estar pensando en sueños y en el futuro, han desahuciado a muchos jóvenes que veían en la política el camino para ser útiles a la sociedad, poniendo al servicio de todos sus habilidades y destrezas. Pero ninguna destreza es útil cuando se encuentra encadenada.

Haría falta que retumbe de punta a punta aquel célebre: “¡Abajo cadenas!”. 

Por otro lado, muchos de los jóvenes insisten. No será por medio de la política partidista o institucional, pero han encontrado en las organizaciones de la sociedad civil, los emprendimientos y los proyectos sociales, el canal para servir -en sus dos acepciones, tanto para prestar servicio, como para funcionar correctamente-. Desde grandes organizaciones internacionales que han llegado a Venezuela a prestar asistencia humanitaria hasta pequeñas agrupaciones, que con las uñas ofrecen una esperanza a los más golpeados por la dictadura: llevan jornadas médicas, alimentación, educación, apoyo para la incorporación en el mercado laboral o el emprendimiento, innovan en las áreas de energía, agua, finanzas y comunicaciones. Me quedaría corto enumerando las múltiples iniciativas que han surgido, en su mayoría lideradas por jóvenes. 

Hace unos días leí a Arráiz Lucca, quien planteaba que uno de los efectos positivos de la situación actual es que la nueva generación no sabe lo que es depender de la renta petrolera. Por ende, se caracterizaban más por el emprendimiento, como un ejercicio de libertad para proveerse a sí mismo y a los demás de las cosas que nunca debió haber distribuido el Estado, y hasta de aquellas que son su -hoy abandonada- obligación.

También es una verdad inmensa que muchos jóvenes se fueron, y más doloroso aún es decir que también a bastantes los mataron. Eso no solo los afectó a ellos, sino a los demás que veían en esos ejemplos su posible destino si insistían en alzar la voz. Muchos callaron, y callan, por miedo. Y no solo jóvenes… el miedo es mucho más natural en los mayores.

Quizás “los jóvenes” y “los estudiantes” se convirtieron en la excusa favorita de los mayores para cuando no tenían más ideas, o medios, o gente que los siguiera. Quizás era más fácil ver a las nuevas generaciones que cumplir con sus responsabilidades. Y hoy, cuando una miríada de jóvenes apuestan por el país, desde la sociedad civil, desde la iniciativa privada, desde la academia y también, desde los partidos, se les anula y menosprecia porque no son Rómulo o Jóvito, porque no declaman poesía, publican en prensa -como si existiera- o aparecen en la televisora de la dictadura diciendo las verdades que más le duelen. Pero cientos y miles de jóvenes salen de sus hogares todos los días para ser parte de una red que lleva alimento, agua, medicinas, educación y sobre todo, esperanza a quienes más sufren. 

No, los jóvenes en lo público no están extintos, ni en peligro de estarlo. Es de alabar el trabajo que se desarrolla todos los días, sin centímetros en prensa ni minutos en radio y televisión, -y también ignorados en las redes que se recrean con el conflicto y la competencia de quién la pasa peor-. Hay que prestar atención a los jóvenes que sin megáfonos ni máquinas de escribir empeñan su propio bienestar para aliviar un poco el sufrimiento de otros. Quizás hoy sea eso lo que corresponda, y mantener viva la llama de la libertad, alimentarla y cuidarla para que pronto llegue el momento de declamar, gritar, anunciar y proclamar que un futuro mejor es posible, si lo construimos todos. 

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