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Una mala noticia para América Latina

Tomada de Concepto

Andrés Cañizález @infocracia

El reordenamiento geopolítico que viene sucediendo en la región de Medio Oriente y Asia Central, a propósito de la desastrosa salida de Estados Unidos de Afganistán, la anunciada retirada de Irak y la reaparición de atentados del Ejército Islámico, conforman un cóctel explosivo que requerirá mucha atención y acciones por parte del gobierno de Joe Biden.

Un nuevo gobierno demócrata debiendo responder a lo que es su primera gran crisis, a pocos meses de iniciarse, seguramente se enfocará en atender lo que a todas luces constituye el principal foco de preocupación de cara a la seguridad de Estados Unidos. Sin tener una bola de cristal, se puede prever que América Latina seguirá en el segundo plano o incluso descenderá en la lista de prioridades de la política exterior de Washington.

Históricamente los gobiernos demócratas soslayaron la importancia de América Latina en la agenda de política exterior. A esta tradición se suma la actual coyuntura internacional, en la cual además Europa Occidental ha perdido influencia como contrapeso a lo que viene siendo el creciente, y no menos polémico protagonismo de China y Rusia.

Hace justamente 11 años, en la única ocasión en la que he pisado la Casa Blanca, junto a un grupo de periodistas y activistas de la sociedad civil de varios países, le pregunté a una funcionaria de alto rango del gobierno de Barack Obama, qué respuesta darían al autoritarismo y las violaciones a los derechos humanos en América Latina.

Ya en ese momento su respuesta fue tan transparente como poco diplomática. El verdadero desafío de Washington en materia de derechos humanos estaba en China, que, siendo una potencia comercial en crecimiento, era la mayor cárcel del mundo, en vista de que mil millones de personas no disfrutaban de derechos humanos básicos.

Cada cierto tiempo vuelvo sobre aquel encuentro, breve pero categórico de política real, al reflexionar en diversas coyunturas sobre lo que simboliza América Latina para Estados Unidos.

La región perdió interés para el gran vecino del norte como lo evidencian la ausencia de planes y acciones de enfoque regional como lo fueron en su momento el Área de Libre Comercio para las Américas (ALCA) o el polémico Plan Colombia. A fin de cuentas, lo que dejaba en evidencia aquello, de fines del siglo pasado, era una intención estadounidense de tener un programa sostenido en el tiempo, con unas estrategias (erradas o no) de actuar de la mano con países aliados de la región.

Han pasado ya largos años desde que un presidente de Estados Unidos no visita América Latina. El antecesor de Biden, Donald Trump, sólo estuvo en una ocasión en Buenos Aires y no fue una visita de Estado, asistió a una reunión con líderes globales del G20.

Como me recordó recientemente un analista de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina, Trump ni siquiera le hizo una visita de cortesía a presidentes que abiertamente se mostraron plegados a Washington como el colombiano Iván Duque o el brasileño Jair Bolsonaro. Esto, tal vez más que cualquier otra cosa, simboliza la pérdida de relevancia que tiene la región en la geopolítica. Los propios países latinoamericanos con peso específico en la escena internacional como México, Brasil o Argentina, parecen ensimismados en sus procesos políticos internos, con lo cual acentúan la falta de interés que rodea en general a la región.

América Latina vive, por otro lado, una crisis recurrente. Ciclos de democratización y liberalización económica, seguidos de otros períodos signados por gobiernos populistas con políticas estatistas. Se está casi siempre al borde del abismo, pero no terminamos de caer en él. A la vuelta de la esquina está un cambio o un reajuste, sea para avanzar o retroceder.

Incluso en el caso de países con autoritarismos abiertos como Cuba, Venezuela y Nicaragua, se observa un discurso antiestadounidense pero sin que ello represente una amenaza real para la Casa Blanca

Todo ello confluye en una suerte de vecindad problemática, pero que al compararse con lo que sucede en otros lugares o zonas geográficas, se le puede restar gravedad al menos para los ojos de la burocracia de Washington.

Cuando Biden llegó a la presidencia, no hace mucho en verdad, parecía encaminado a empujar un plan en pro de la democracia. Aquello, al menos en lo que se proyectaba, podía ser la respuesta al momento de América Latina en donde tenemos, por un lado, la instauración de autoritarismos ante la impasible mirada de la comunidad internacional, y por el otro, democracias frágiles que podrían ser socavadas por neopopulismos en el corto plazo.

Sin embargo, para la región es una mala noticia el recrudecimiento de una crisis en el Medio Oriente y Asia Central, en torno a Afganistán o Irak-Siria (donde ha venido operando el Ejército Islámico). Aquello le restará interés, en la agenda de Washington, a una ya poco priorizada región de América Latina y el Caribe.

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