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Socialismo, “cultura oficial”  y universidad autónoma

Tomada de El Nacional

Tulio Ramírez

Los autoritarismos son intolerantes al pensamiento independiente. Para estos regímenes el llamado “criterio propio” se considera  un peligro a la estabilidad de la autoridad y, eso que llaman “la verdad” solo será verdadera, cuando así lo pontifique el censor mayor o sus inquisidores del pensamiento.

Lo cierto es que desde que el más fuerte se impuso sobre el más débil, la humanidad ha pasado buena parte de su historia de hegemón en hegemón. El placer que brinda el ejercicio del poder, así como sus ventajas y privilegios, ha costado para millones de personas, la persecución, el destierro, la cárcel y hasta la vida.

La fuerza, si bien ha sido el recurso más utilizado por monarcas, caudillos, dictadores y líderes mesiánicos para mantener el poder sobre otros, no ha sido el mecanismo exclusivo de dominación. Estos esquemas autoritarios requieren de la legitimación de, por lo menos, una parte de la población. Son los que ayudarán a combatir a la otra parte.

La fuerza por sí sola puede llegar a ser desgastante y no suficiente para quien ejerce el poder absoluto. Se corre el riesgo de que se revierta en contra de quien la ejerce. Es necesario ganar adeptos e incondicionales, convencidos de la justeza del régimen, para que sean capaces de defender al líder y al proyecto político que encarna, aún a costa de sus propias vidas.

Se recurre entonces a la superstición, a la voluntad de las deidades, a la ideología, a la doctrina, a la herencia dinástica, al destino manifiesto, al supremacismo racial o moral o a cualquier otra narrativa metafísica o terrenal que justifique el estatus quo.

En pleno siglo XXI todavía conviven en el mundo sistemas de dominación política que apelan exclusivamente a la  fuerza para preservar el poder. Sin embargo, cada vez más, este expediente de violencia suele ser acompañado por discursos de diferentes facturas, usados para justificar, hacer natural y hasta necesario, el ejercicio de la represión. En nombre de una clase social, de una fe religiosa, de una doctrina política o un credo racista, se han cometido los más crueles actos de agresión a terceros.

Ahora bien, no solo los infieles, los enemigos políticos, los enemigos de clase o las “razas inferiores”, han sido objeto de “escarmientos ejemplarizantes”. Junto a ellos también han sucumbido las instituciones que representan la disidencia deslegitimadora del poder hegemónico.

Se pierden en el tiempo estas acciones. La Historia recoge el episodio de la destrucción de los templos aztecas para construir sobre ellos los nuevos símbolos arquitectónicos de los conquistadores españoles, otro ejemplo fueron los juicios llevados a cabo por la inquisición contra los que retaban el poder de la iglesia. Debían probar que no eran herejes, invirtiéndose la carga de la prueba. Algo muy parecido a la actual normativa que penaliza un novedoso delito llamado “instigación al odio”.  Más recientemente el mundo observó cómo los talibanes afganos dinamitaron construcciones religiosas de más de dos siglos, sin argumentos que vayan más allá de la consabida  “ofensa al islam”.

Pero el fundamentalismo de los regímenes autoritarios puede ser de matices diferentes al confesional. Por ejemplo, las doctrinas políticas omniscientes, tienden a ser excluyentes de todo pensamiento disidente. Estas doctrinas totalitarias permitieron justificar tantos desmanes, como los ejecutados en nombre  de las religiones. El nazismo y el comunismo son prueba de ello.

Ahora bien, además de las víctimas humanas, ha sido  la cultura en todas sus expresiones, el objetivo  militar por excelencia. La necesidad de implantar un aparato ideológico que cohesione a buena parte de la población en torno al proyecto político autoritario, ha devenido en el control por la fuerza, por vía jurídica, o por el chantaje, de toda la producción cultural no alineada con la orientación oficial. ¡Muera la inteligencia!, gritaba el Coronel franquista Millán Astray a la cara del Magnífico Rector Miguel de Unamuno en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca, aquel 12 de octubre de 1936.

Este proceso de apropiación y control se extiende no solo a los medios de comunicación, también a las artes, la educación y todo mecanismo de producción simbólica. La idea es consolidar en el inconsciente colectivo el pensamiento, la ética y hasta la estética oficial. El nazismo, la Revolución Cultural China, el socialismo norcoreano y el fundamentalismo islámico han sido de las expresiones más acabadas de ese inmenso poder de veto a la libertad que tienen los autoritarismos políticos, militares o religiosos.

Otra variante del mismo fenómeno es el de los experimentos autoritarios modernos que se arropan bajo las debilidades y tolerancia de los sistemas democráticos. En estos casos, el control sobre los medios de producción de cultura es menos atropellado y catastrófico. Las resistencias internas y una institucionalidad jurídica, aunque debilitada, han servido de precario muro de contención para evitar el tan deseado manotazo definitivo.

Venezuela forma parte de este grupo. Desde sus inicios el gobierno chavista ha avanzado en el control de los medios de producción de cultura. No solo han controlado por diferentes vías los medios de comunicación masiva, sino que han utilizado a la educación como el medio más idóneo para formar en el pensamiento socialista. Se han tratado de imponer diseños curriculares segados y adoctrinantes, además de elaborar y distribuir textos escolares a través de los cuales han reescrito la historia reciente de Venezuela, tergiversando hechos y omitiendo otros que afectan la imagen del llamado proceso revolucionario.

Con respecto a las universidades autónomas, durante los primeros 8 años en el poder, el gobierno chavista trató, de manera infructuosa, por la vía electoral y por la fuerza, controlar a las universidades autónomas. La posición asumida por los universitarios frente a la intención de convertirlas en apéndices ideológicos del proyecto socialista, ha resultado inconveniente al régimen.

Ante los fracasos reiterados, se asumió una estrategia diferente. Hacer que las universidades autónomas fueran disminuyendo su capacidad de resistencia por el cerco presupuestario y el acoso judicial.

El no proveer los recursos económicos que por mandato constitucional y legal les corresponde a las universidades autónomas, las ha llevado por el camino del languidecimiento institucional. Por otra parte, el cercenamiento de buena parte de sus atribuciones autonómicas, el pago de salarios que están por debajo del límite de pobreza extrema, la creación de sindicatos de empleados y profesorales paralelos y complacientes, la prohibición de hacer elecciones de autoridades, la desaparición de las providencias estudiantiles y los beneficios sociales de sus trabajadores, son las puntas de lanza que han sustituido la vieja práctica del allanamiento con tanques y bayonetas.

Hoy la universidad venezolana vive su peor momento desde la Guerra Federal. La presencia bajo la sombra de la noche del Presidente, con escoltas armados y el anuncio de un “protector” para la Universidad Central de Venezuela, es el aviso de que el “control total” de las casas donde se genera el pensamiento libre, estará muy pronto bajo la tutela de los vigilantes de la doctrina exclusiva y excluyente del socialismo del siglo XXI. Ya no nacerán mil flores desde las aulas universitarias sino “la Verdad Oficial” que no admite argumento en contrario. Veremos cómo reaccionarán los universitarios.

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