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Elecciones regionales: cambiar para que nada cambie

Tomada de Euroefe

Alonso Moleiro

@amoleiro

Los primeros que tienen claro que en la consulta actual no se está decidiendo nada son los políticos, que han decidido lanzarse a candidatos a cualquier precio, dividiendo conscientemente el voto disidente y fomentando la confusión del electorado con sus derroches de vanidad

En el estado actual de cosas, inhibida cualquier noción de transición política hacia la democracia,  y repletos ya de resultados electorales amañados, es evidente que las venideras elecciones de gobernadores y alcaldes será un evento que en ningún caso reflejará una correlación precisa del marco general de simpatías políticas vigente en Venezuela, y mucho menos, constituirá prueba de poderío de ninguna fuerza sobre otra en particular.

El contenido de fondo de la cita electoral de noviembre parece destinado a ser particularmente intrascendente. Puede que otorgue combustible retórico a las engañifas revolucionarias sobre la importancia del voto, y que esta se traiga al remolque a la prédica “participativa” compulsiva y banal de ciertos sectores de la acera opositora. Pero poco más.

Estas elecciones, como otras del pasado, no son precisamente una consulta: son un ballet  administrativo organizado por el status quo.

Los primeros que tienen claro que en este lance no está planteada  ninguna solución política de sustancia son los dirigentes, que han decidido lanzarse a candidatos a cualquier precio, dividiendo conscientemente el voto disidente y fomentando la confusión del electorado con sus derroches de vanidad. Estamos en la contienda por excelencia de las parcialidades.  La cita de gobernadores y alcaldes que se aproxima es materia de interés, sobre todo,  para los integrantes de los comandos políticos que la constituyen.

Las condiciones objetivas de 2021, y la propia obsolescencia de los despachos en disputa – debilitados hasta su límite por el vandalismo institucional del chavismo—impedirán que en torno a esta consulta se active un interés específico sobre plazas seguras o por conquistar; o a la existencia de un mapa político donde dos corrientes luchan con pasión y lealtad por hacerlo mejor; o a liderazgos que puedan ser proyectados a eventos futuros; o hegemonías que deben defender sus bastiones frente a figuras emergentes. La propia idea de promoción, emergencia y alternancia, está en una grave crisis en la política venezolana actual.

Concurrirá concienzudamente a votar, con razones que es necesario tomar en cuenta,  una franja de la sociedad democrática,  a encararse electoralmente con un chavismo menguado pero organizado políticamente, y sucederá algo parecido a lo que en 2017: nada.

Nada que le quite o le ponga una coma al naufragio administrativo y la ofensiva ilegitimidad política del madurismo.  Nada que constituya una amenaza para el modelo de dominación vigente.  Nada que permita suponer que está en desarrollo una nueva manera de hacer las cosas y relanzar plataformas políticas. Nada que permita a la Oposición iniciar una senda de recomposición luego de sus fracasos.

 Cuesta figurarse, después de todo, que un panorama institucional tan adulterado desde el poder pueda traducir cabalmente las gravísimas angustias cotidianas de la población, parte importante de la cual prefiere emigrar antes que consumir su vida en citas políticas sin contenido.

El chavismo retendrá la mayoría de las gobernaciones y alcaldías frente a una ciudadanía indiferente, y estas entidades seguirán hundiéndose en el atraso entre uno y otro arreglo floral, de la mano de una gerencia pública revolucionaria que combina, como en pocas, la mediocridad con la corrupción.

Las instancias que pueda retener la Oposición poco podrán hacer para modificar la cotidianidad de la ciudadanía. Cuando Maduro lo considere necesario les colocará encima un protector o un mandamás administrativo.

La cita electoral que se avecina no es ni buena ni mala: es. Se trata, sencillamente, de un evento que difícilmente puede segregar desarrollos políticos de fondo en el corto o el mediano plazo. Es una cita inevitable, que en cualquier caso iba a tener lugar, que era necesario atender, y que transita en un contexto de importantes concesiones y políticas del Consejo Nacional Electoral, enmarcadas en la apertura emprendida por Maduro en 2021. El Estado chavista sabe que tiene espacio para maniobrar en las iniciativas que procuren descomprimir la presión sin arriesgar el poder y esta cita viene con la plataforma ideal.

La apertura política del chavismo ha sido administrada con una enorme mediocridad por las fuerzas opositoras, desprovistas de un mensaje paraguas que permita traducir en resultados netos el enorme malestar existente y que pueda ser interpretado con claridad por la población. Una causa dividida en rivalidades intrascendentes, en luchas a cuchillo,  fraccionada hasta la banalidad en nombres y tendencias.

El resultado de las elecciones de alcaldes y gobernadores –una cita que tiene una morfología perfecta para asentar los intereses del chavismo en este contexto– , como otros en el pasado, será, acaso, materia de abono para escenarios políticos de mediano y largo plazo. Las fuerzas opositoras se aproximan a entrar en una etapa de colapso y descrédito, merecido en buena medida, y la zona de castigo se cocina en la cita regional, con candidaturas divididas en más de 10 entidades federales, maniobrando todas las tendencias una en contra de la otra. La tarea no se hizo. El liderazgo nacional se evaporó. Nadie ha conducido en la Oposición la estrategia nacional de las elecciones regionales.

El imperativo unitario hará que el desorden molecular interno tienda a aquietarse en el mediano plazo, y las facciones en pugna deberán, de nuevo, obligadas ante nuevas realidades, acordar alguna plataforma articulada que tenga capacidad de convocatoria, y que sea capaz de expresar en una dirección el consolidado interés mayoritario en forjar un cambio político pacífico y civilizado en el país. El discurso unitario deberá dirimirse en alguna cita primaria que formalice algo parecido a una conducción política y puede reanimar a la población.  

El dilema nacional que plantea la existencia de una nueva cita presidencial parece, de momento, la próxima costa a la cual pueden aspirar a desembarcar las pretensiones de las corrientes democráticas venezolanas. Aquellas que puedan presentarse para la cita.   

 De momento, incapaz de explicarse y fijar objetivos compartidos, con aparatos unitarios obsoletos e insuficientes, metida de nuevo en la zona de las disputas internas,  con sus líderes fundamentales enfrentados entre sí,   a la Oposición política venezolana le espera la zona más seca en su travesía en el desierto.

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