Opinión y análisis

El quiebre de la Venezuela democrática, de CAP I a Caldera II. Un año perdido en 1979

Tomada de El Diario

Andrés Cañizález

@infocracia

Era marzo de 1980. El gobierno del presidente socialcristiano Luis Herrera Campins cumplía un año. Doce meses atrás, cuando tuvo lugar su toma de posesión, el jefe de Estado exclamó: “recibo un país hipotecado”. No era mentira. El boom de la Gran Venezuela, como se bautizaron los años del primer gobierno de Carlos Andrés Pérez (1974-1979), dejaron endeudamiento interno y externo, grandes expectativas no satisfechas.

No sólo el país que pasó a gobernar Herrera Campins, entre 1979 y 1984, estaba hipotecado. A la luz de las décadas transcurridas, podríamos decir que Venezuela, como un todo, estaba hipotecada. Y no sólo era una situación económica comprometida, que lo estaba, sino las implicaciones sociales y posteriormente la resonancia política que terminó por generar la inviabilidad del modelo de extracción petrolera y redistribución de la renta.

En 1980 era claro que ya aquello no era la vía y que el país debía reinventarse. El diagnostico estaba claro, pero no hubo ni respuesta ni voluntad política para enrumbar al país en otra dirección. Herrera Campins recibió un país hipotecado y se lo entregó con una hipoteca en peores condiciones a su sucesor, el adeco Jaime Lusinchi (1984-1989).

Por otro lado, ya en 1980, cuando apenas tenía un año en el poder, la evaluación de la gestión de Herrera Campins era ya bastante negativa. Con una expectativa de que vendría una suerte de golpe de timón, efectivamente el nuevo gobierno introdujo medidas más liberales, para contrarrestar el estatismo desaforado que acompañó a la borrachera de los petrodólares, pero,  en general, la imagen que daba el poder ejecutivo de entonces era de improvisación.

Prevalecía la impresión “de la ausencia de una idea clara de hacia dónde va y, sobre todo, por dónde quiere ir”, resaltaba un editorial de los jesuitas del Centro Gumilla en marzo de 1980. Aquella administración adolecía de “capacidad operativa” para poner en práctica planes y proyectos, que en términos teóricos y filosóficos parecían adecuados. No tenía Herrera Campins, y eso ya salía a relucir al cumplirse sus primeros 12 meses en el poder, “la capacidad de convertir esos principios y deseos en planes concretos, realizables en el corto período de cinco años de gobierno”.

En su afán de marcar una diferencia, en relación con lo que había sido la gestión previa de Pérez, con un exacerbado presidencialismo, Herrera Campins delegó diversas decisiones en su gabinete. Decisiones que en el pasado tomaba el jefe de Estado pasaron a ser materia de ministros. Aquello que en el papel lucía saludable, para descomprimir el poder, terminó generando una situación caótica.

“La descoordinación e incluso los enfrentamientos entre unos ministerios y otros, y entre niveles de un mismo ministerio, ha sido otra característica de este gobierno”, comentaba la revista SIC en 1980. Estos enfrentamientos, unidos a la ausencia de planes específicos, de carácter global para la administración y de carácter específico para los distintos ministerios, agudizaban “una marcha descoordinada de la acción de gobierno”.

Un aspecto que entonces resultaba llamativo es que Herrera Campins inició su mandato sin tener un plan de gobierno consensuado y unificado. “Realmente no se hizo un programa de gobierno, se elaboraron y difundieron papeles de trabajo por sectores específicos”, cuestionaba un editorial del Centro Gumilla al hacer un balance del primer gobierno socialcristiano.

A esto se sumaba una ola de críticas no sólo de adversarios, sino desde el seno de su propio partido, COPEI, en torno a las decisiones especialmente económicas. Un ejemplo lo reseña Miguel Ignacio Purroy en relación con la política “neoliberal” -a los ojos de entonces-, de acabar con el control de precios, como una manera de dinamizar una económica que estaba estancada tras la ralentización que vivía el mercado petrolero.

Después del boom de mediados de los 70 vinieron varios retrocesos y algunos repuntes, pero ligeros en comparación con la primera y drástica subida de los precios del crudo en 1973-74.

El entonces secretario general de COPEI, Eduardo Fernández, lanzó una “crítica solidaria” a los ministros del área económica, pero les endosa optimismo o ingenuidad al creer que la sola liberación de precios haría a Venezuela de una economía de mercado. Sostenía Fernández que “en Venezuela el mercado no es perfecto, sino dominado por monopolios, roscas y presiones”.

Siendo Herrera Campins un católico fiel debió retumbar el cuestionamiento que también presentara la Conferencia Episcopal Venezolana (CEV), en febrero de 1980. Los obispos católicos cuestionaban “la subida inmoderada de precios”, en un momento en que se registraba un repunte inflacionario, producido en realidad por los controles artificiales que mantuvo Pérez con un plan estatista a rajatabla, apalancado en las vacas gordas de las ventas petroleras.

A Herrera Campins le tocó administrar las vacas flacas. Aun así, la CEV denunciaba que en aquel momento: “se profundiza  la brecha entre ricos y pobres en Venezuela y se extiende una corrupción que invade tanto al sector público como al privado”.

Aquel primer año del gobierno copeyano dejó claro que una vez acabada la danza de los petrodólares,  ya no había cómo financiar la fiesta y el derroche de los años de CAP I. Sin embargo, se habían generado compromisos y expectativas en diversos sectores que el nuevo gobierno tuvo que enfrentar.

De forma desorganizada y sin consensos, incluso dentro de su propio partido, como ya hemos reseñado, Herrera Campins se encaminó a lo que fue un punto de quiebre simbólico en materia económica en Venezuela, el llamado “Viernes Negro”, cuando se devalúa el bolívar por primera vez. La crisis que venía gestándose de forma agazapada en la sociedad venezolana,  tiene allí una primera fecha emblemática.

Fuentes:

Centro Gumilla (1980) “Bajo el signo de la improvisación”.  En: SIC. Vol. 43. N° 423. pp. 99-100. Caracas: Fundación Centro Gumilla.

Conferencia Episcopal Venezolana (1978) “Exhortación del episcopado venezolano. Cuaresma de 1980”.  En: SIC. Vol. 43. N° 423. pp. 132-134. Caracas: Fundación Centro Gumilla.

Purroy, Miguel Ignacio (1980) “Balance de un año”.  En: SIC. Vol. 43. N° 423. pp. 101-102. Caracas: Fundación Centro Gumilla.

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