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Vladimir Putin y Ucrania: escenarios (I)

Tomada de El Orden Mundial

Félix Arellano

Al nivel que ha llegado el conflicto promovido por Rusia contra Ucrania, podemos visualizar dos escenarios fundamentales. Por una parte, que Rusia complete la invasión de Ucrania, si bien la situación no es la misma que cuando Rusia logró la anexión de Crimea, Sebastopol e inició la secesión en Donbás en el 2014, las divisiones y debilidad de Occidente pueden facilitar el zarpazo del ejército ruso, lo que conllevará consecuencias impredecibles para todas las partes, especialmente al pueblo de Ucrania.

Por otra, el escenario de las negociaciones diplomáticas, para lograr una solución pacífica del conflicto, sigue avanzando y circulan propuestas novedosas y creativas que podrían garantizar la paz y la seguridad en la zona. En cualesquiera de los casos, el ego de Vladimir Putin juega un papel fundamental.

Desde que Vladimir Putin llegó al poder, como presidente interino en 1999, está tratando de reconstruir el liderazgo de Rusia a escala mundial y, en particular, su posicionamiento como un líder global, proceso que luego de años de perseverancia está dando frutos y, en estos momentos, se posiciona como un epicentro de la diplomacia y la geopolítica global.

Perpetuarse en el poder, al costo que sea necesario, constituye uno de los objetivos fundamentales en la racionalidad política de un gobernante autoritario y Putin lo está logrando exitosamente para el beneficio de su ego y, en detrimento del pueblo ruso y la humanidad en su conjunto. Recordemos que asume por primera vez el poder, como presidente interino en 1999 y se ha mantenido en la cúpula desde esa fecha hasta el presente.

Adicionalmente, con las reformas constitucionales que logró imponer, podrá permanecer indefinidamente en la presidencia hasta el año 2036, con amplios privilegios que le garantizan un poder absoluto y los beneficios de la impunidad.

Pero perpetuarse en el poder, asumiendo la aparente formalidad de un juego democrático no es tarea fácil. Al respecto, los gobernantes autoritarios recurren a la represión y la destrucción progresiva de la institucionalidad democrática, las libertades y los derechos humanos para consolidar sus objetivos, y ese libreto lo está desarrollando ampliamente el eterno Presidente de Rusia.

La lista de violaciones es extensa, podríamos mencionar dos casos recientes y emblemáticos, la sistemática persecución contra Alexei Navalni, uno de los líderes de la oposición, y los miembros de su entorno; por otra parte, la liquidación de la ONG Memorial, una prestigiosa institución defensora de los derechos civiles.

Al crecer la represión y también el deterioro económico de la población, -entre otros, por la mala administración a lo que debemos sumar las sanciones económicas que aplican varios gobiernos occidentales, desde la ocupación rusa de Crimea en el año 2014-, el apoyo popular decrece. En ese contexto, una de las primeras opciones del autoritarismo es recurrir a una mayor represión y eso está ocurriendo en Rusia.

Otra alternativa, ampliamente utilizada en el libreto del autoritarismo para lograr cohesión, tiene que ver con la clásica figura del enemigo externo, “la inminente invasión de una potencia enemiga”; narrativa que, por lo general, se acompaña con propuestas de nacionalismo y expansionismo.

Nos encontramos frente al clásico recurso del “trapo rojo o chivo expiatorio”, que Vladimir Putin, -formado en la vieja y tenebrosa KGB, la central de inteligencia de la vieja URSS- está utilizando desde que asumió el poder. El épico discurso de reconstruir el gran imperio que considera le corresponde por derechos históricos, para garantizar la seguridad frente al enemigo externo.

Ese ambicioso proyecto goza de apoyo en el pueblo ruso, que añora el esplendor del imperio de los Zares en el continente euroasiático, cuando Rusia jugaba un papel decisivo en la vieja balanza de poder del “concierto europeo”. Luego, como la URSS que logró un poderoso liderazgo mundial en el marco de la llamada guerra fría.

Desde que asume el poder, Putin se plantea como uno de los objetivos fundamentales de la política exterior, la transformación de la dinámica de seguridad que se construye en Europa desde el final de la guerra fría, con el liderazgo de la OTAN y los Estados Unidos y con la ausencia de Rusia. En sus primeros años de gobierno, dada la debilidad de Rusia, la posición de Putin se concentra en la crítica pasiva, pero sin resignación. En tal sentido, rechaza el papel de Occidente en el delicado caso de Serbia, donde Rusia quedó excluida.

En la medida que va fortaleciendo su poder va asumiendo un revisionismo activo de su espacio natural y un expansionismo creciente. Al respecto, se podría identificar la participación en la guerra de Georgia en el 2008, como el punto de inflexión, iniciando una escalada que registra diversos acontecimientos y el manejo creativo de recursos. En esa línea destacan los casos de Crimea, Sebastopol y zona de Donbas, todos en el territorio de Ucrania, hasta llegar a la situación actual donde está planteada la posibilidad de una invasión militar.

Entre los instrumentos novedosos incorporados en la estrategia expansiva destaca la llamada “guerra híbrida”, que contempla, entre otros, los ataques electrónicos a las instituciones y la utilización de las tecnologías digitales de las comunicaciones para promover las falsas noticias y descalificar, debilitar y desestabilizar a Occidente y sus valores liberales fundamentales.

Precisamente los valores libertarios representan uno de los mayores obstáculos para la expansión del autoritarismo a escala mundial, en consecuencia, su destrucción es necesaria. Una población empobrecida o ingenua resulta presa fácil de las campañas nacionalistas o xenofóbicas.

La guerra híbrida es compleja, dinámica, versátil; difícil de identificar y enfrentar; utiliza hábilmente las nuevas tecnologías, específicamente las redes sociales, que se van transformando en la arena del complejo debate político; estimulando racismo, nacionalismo o independentismo; todo lo que pueda dividir y debilitar a Occidente.

Con la ocupación de Crimea y Sebastopol en el 2014 y la campaña de secesión en el este de Ucrania, en la zona del Donbás, promoviendo las repúblicas de Donetsk y Lugansk; se dejó clara la firme decisión de Vladimir Putin de ampliar sus fronteras, con la tesis de garantizar la seguridad de Rusia ante la OTAN que se expande progresivamente.

La osadía de la anexión de Crimea, ganó sanciones de Occidente, pero fortaleció su papel en el marco de la geopolítica del autoritarismo, consolidando sus relaciones con actores fundamentales como: China e Irán; estableciendo la figura de una “Triple Alianza”, que, si bien tiene importantes diferencias internas, les une la coyuntura de enfrentar a su eterno adversario y sus valores libertarios.

La decisión de promover desde finales del año pasado una importante movilización de tropas frente a la frontera con Ucrania, que se calcula en más de cien mil efectivos, generando un clima de inminente invasión, le ha permitido al presidente Putin avanzar en el objetivo de transformar a Rusia, y en particular a su persona, en epicentro de la geopolítica mundial. En estos días todos los gobernantes de los principales países de Occidente se han comunicado o están visitando  Moscú para abordar la crisis. Hoy nos encontramos con un Putin fortalecido, que participa en los principales conflictos a escala mundial en primera línea, lo que contrasta con el gobernante débil y aislado de los primeros años en el poder. En la mayoría de las negociaciones que se desarrollan a escala global, Rusia es protagónica; incluso en nuestra mesa de negociación participa como observador. En estos momentos el caso de Ucrania lo ha fortalecido, pero los desafíos se complican.

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