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Cuba y Nicaragua: las olvidadas

Trino Márquez

@trinomarquezc

Los grupos y líderes que aspiran a ver algún día la democracia en Cuba y Nicaragua, fueron abandonados desde hace bastante tiempo por los gobiernos y agrupaciones internacionales que deberían ocuparse de brindarles apoyo.

La situación de la isla antillana, durante décadas no ha figurado en la agenda de los partidos socialdemócratas, socialcristianos y liberales que, en teoría, deberían alimentar la solidaridad con los activistas contra la tiranía castrista, quienes luchan en precarias condiciones por salir de ese régimen, cada vez más represivo e inepto. La Internacional Socialista, instancia que reúne los partidos socialdemócratas más importantes del mundo, desde hace años se desentendió en la práctica de la suerte de los demócratas cubanos. De vez en cuando emite algún llamado de atención formal, al cual el gobierno no le presta ninguna atención porque no se siente presionado. Ese desinterés, convertido en complicidad, se ha tornado aún más patético luego de las manifestaciones del 11 de julio de 2020.

Ese día, después de más de sesenta años del silencio impuesto por el despotismo, miles de personas salieron a las calles a protestar para reclamar por la falta de empleo, la precaria calidad de los servicios públicos, la escasez de alimentos, la crisis generalizada y la ausencia de libertades mínimas, como la libertad de elegir el Gobierno en comicios transparentes. La respuesta de Raúl Castro, verdadero amo del poder, y su marioneta, Miguel Díaz-Canel, fue brutal.

A partir de ese momento se desató una cacería implacable contra los promotores de la protesta pacífica. Esa persecución se ha mantenido casi sin variaciones hasta el día de hoy. Centenares de hombres y mujeres de distintas edades  han sido encarcelados, enjuiciados y sometidos a penas y tratos crueles. El propósito de tan desmedida reacción resulta obvio: impedir que la crítica se transforme en una rebelión poderosa que termine por provocar cambios en la estructura de poder de ese régimen anquilosado, reaccionario e incompetente para resolver incluso los problemas más elementales del país. La claque dominante en la isla es tan pusilánime y asustadiza, que hasta las Damas de Blanco y el rapero Yotuel Romero –intérprete de la canción Patria y vida, quien vive en Miami- los pone a temblar. Su  legitimidad no se funda en el ejercicio eficiente, inclusivo y democrático del poder, sino en la aplicación de formas primitivas de opresión.

Nicaragua es una dictadura más reciente, pero tan inhumana como la castrista. Daniel Ortega perfeccionó el estilo inaugurado por Hugo Chávez: inhabilitar y encarcelar a sus adversarios. Chávez, a decir verdad, solo dio los primeros pasos. Ortega convirtió el método en una guadaña  para decapitar a todo aquel que se le atraviese en el camino hacia su eternización como jefe del Ejecutivo.  En las elecciones del año 2020, encarceló a todos los oponentes con posibilidades de derrotarlo en los comicios de ese año: desde los que aparecían con un alto porcentaje en las encuestas hasta los que apenas se asomaban en la cartelera. La mayoría continúan en prisión acusados de ‘terroristas’. La dupla Ortega-Murillo instaló un régimen basado en el pánico. Además de sus contrincantes políticos, se ha cebado contra los jóvenes universitarios promotores de las protestas escenificadas en 2018. Entre las últimas medidas se encuentran el cierre de universidades y la eliminación del historial de estudiantes de educación superior, quienes ahora no podrán obtener su certificado de notas para continuar sus estudios en otros centros educativos de Nicaragua o en el exterior. Ese binomio, junto al resto del círculo familiar, implantó un modelo asentado en el sadismo.

Ni en Cuba ni en Nicaragua se respetan los derechos humanos fundamentales, ni siquiera esos que representan conquistas civilizatorias logradas por el género humano hace varios siglos, luego de la Revolución Francesa y del triunfo de la Democracia y la República sobre el Absolutismo.

Las dictaduras de esas dos naciones son respaldadas activamente por Rusia, China y Venezuela, entre otras naciones. Vladimir Putin y Xi-Jinping apoyan política y militarmente a Cuba y Nicaragua. Lo hacen de forma desembozada y desafiante, en nombre de la ‘soberanía y autodeterminación de los pueblos’, fachada utilizada para encubrir la persecución y aniquilamiento  de toda forma de protesta o disidencia. Existe una especie de pacto de las autocracias mundiales para apoyar todos los gobiernos que asfixian la democracia.

En contrapartida, la mayoría de las naciones, organismos, instituciones y partidos que dicen defender y promover la democracia, guardan un discreto silencio, adoptan tímidas sanciones o formulan críticas intrascendentes a los gobiernos de Daniel Ortega y Raúl Castro y Díaz-Canel. Las organizaciones democráticas ni siquiera se proponen protestar frente a las embajadas de esas naciones u organizar foros internacionales en los cuales se denuncien las atrocidades cometidas en esos países. Para esas satrapías no representa casi ningún costo político, salvo el que les aplica Estados Unidos, quebrantar los derechos humanos, aniquilar la oposición y destruir las libertades.  Los déspotas pueden dormir tranquilos porque en el mundo reina la indiferencia. Los demócratas se olvidaron de Cuba y Nicaragua. Esperemos que no lo hagan con Venezuela.

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